Viviana Rivero, escritora bestseller: “La palabra feminismo nos divide; lo que necesitamos las mujeres es la libertad de elegir”

La autora argentina bestseller acaba de publicar ‘Ellas’, una colección de cuentos construida a partir de testimonios reales de distintas edades y condiciones sociales

Viviana Rivero
Viviana Rivero: “En vez de unirnos, la palabra feminismo nos ha separado” (Fotos: Alejandra López)
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Viviana Rivero triangula el año entre Córdoba, Buenos Aires y Madrid. Córdoba, porque es su origen, su primera sede. Buenos Aires, el lugar donde atiende Dios. Y Madrid, el enclave de proyección internacional. A veces rompe la norma y pasa unos días en países como México —el seis de septiembre viajará para allá a presentar su nuevo libro, Ellas—, pero en general se mantiene en esa ruta. “Una parte de mi vida es introvertida, encerrarme a escribir el libro, pero después hay que salir a promocionarlo”, cuenta.

Ahora está en un hotel de Palermo, en una interminable jornada de prensa que dura una semana. El área de prensa de Penguin Random House le lleva la agenda: el cronograma con qué periodista, de qué medio y hasta qué hora. En ese trip de sonrisas y obligaciones protocolares, Vivana Rivero es experta. Pero este reportaje es telefónico. “Al principio eran ciudades cerca de casa, después empecé a ir por las provincias. Ahora voy por muchos países y eso lleva tiempo. La promoción es súper intensa”, continúa la autora que —no parece— acaba de entrar en la sexta década.

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“He llegado a hacer dieciocho notas en un día. Sobre todo cuando vas a otro país, que quizás vas una vez por año. Ahí te exprimen. Y no tenés tiempo, entonces no podés hacer gimnasia, no podés comer lo que quisieras comer. Hay un desgaste muy grande”, se lamenta. “Cuando voy a otros países no conozco los lugares, solo conozco el hotel” y larga una risa. “O sea, yo voy a México, pero no conozco la casa de Frida Kahlo. He ido con mi marido y él sí, se conoce todo. Pero yo no... Bueno, es parte de ser escritor”.

Portada de libro titulada Ellas de Viviana Rivero, con fotos instantáneas de rostros femeninos sobre un fondo azul claro.
"Ellas", el último libro de Viviana Rivero

En las librerías de cadena, su nombre se distingue en la mesa de novedades. Libros gruesos, tapas coloridas, títulos sugestivos. Secreto bien guardado, El alma de las flores, Y ellos se fueron, La magia de la vida, Apia de Roma... Novelas románticas, contextos históricos, tramas centelleantes. Desde hace un cuarto de siglo que Viviana Rivero tiene la fórmula de éxito editorial. Sus libros son bestsellers al punto tal que se venden en supermercados. Ellas, su nuevo título, parece seguir el mismo camino.

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El nuevo libro es un regreso al cuento. El mensaje necesitaba de este formato. “Historias breves y no tanto de mujeres como vos”, se lee en el subtítulo del libro, entonces sabemos que hay una intención de identificación con el lector. Los relatos son breves y están cargados de un dramatismo que se concentra mayormente en la vida cotidiana, sobre todo en las violencias naturalizadas que cargan muchas mujeres, pero también hay otros que se deslizan por la rampa de lo extraordinario. También hay cuentos históricos.

En el prólogo, donde explica el trasfondo y su motivación, dice: “Ha sido impactante compartir tantas situaciones por las que pasamos las mujeres en la vida por el solo hecho de ser mujeres, es decir, por pertenecer al género femenino. Pude sentir en carne propia ese dolor, el sufrimiento, pero también la alegría, la valentía y la resiliencia que nos caracteriza. Encontrarme con estas historias me hizo sentir orgullosa de ser mujer; porque a pesar de lo que sufrimos y seguimos luchando, no dejamos de ofrecer amor”.

Viviana Rivero
“Una parte de mi vida es introvertida, encerrarme a escribir el libro, pero después hay que salir a promocionarlo”

—Son historias de mujeres, de lucha y resistencia, sin embargo la palabra feminismo no aparece nunca. ¿Por qué esa decisión?

—La palabra feminismo me tiene sin cuidado. Para algunos mi libro será feminista y para otros, que capaz que son muy extremistas, dirán que no. Pero a veces creo que la palabra feminismo nos divide a las mujeres, y terminamos discutiendo entre nosotras. Y decimos: ‘esta es feminista, esta no, esta es una exagerada’. Es como lo del aborto: hay cosas entre nosotras que nos terminan dividiendo en vez de acercarnos. Lo que necesitamos es la libertad de elegir lo que a cada una el alma le pide. Porque a algunas les piden para un extremo y a otras para el otro. Y una vez que tenés dieciocho años, todas somos grandes. Así como también hay algunas mujeres que quieren quedarse en su casa, no trabajar, que las mantenga un hombre, y hacer la comida y criar hijos, y otras no.

—En el relato “El aborto” aparece una aclaración al final: que no vas a dar tu opinión sobre el tema, sin embargo hablás de la libertad de elegir.

—Yo creo que es válido que cada una elija lo que quiera, y que no sea juzgada. Nos falta esa libertad para poder elegir. Cada una sufrirá las consecuencias que le toque de lo que elige. Yo considero que no existe una verdadera independencia sin independencia económica, porque una mujer que no gana dinero y sufre violencia no puede irse de su casa. ¿A dónde va a ir? Incluso una mujer que una noche discute en su casa y quiere irse a dormir a un hotel sola necesita pagar ese hotel. O una chica que dice que es independiente y los padres le compran un departamento, se lo compran en donde los padres querían, no donde ella quería. Estos ejemplos muestran claramente que sin independencia económica no tenemos verdadera independencia. Pero si alguna quiere elegir estar así, que lo elija ella. Por eso no puse esa palabra. Casi que me duele. En vez de unirnos, es una palabra que nos ha separado.

Viviana Rivero
"Yo considero que no existe una verdadera independencia sin independencia económica"

—En tu estado WhatsApp leo: “Por la mañana escribo, llamame por la tarde”. Tenés, imagino, una rutina bastante organizada, ¿no?

—Sí, la única manera de poder hacer todo lo que hago es ser muy organizada. Sí, sí. Soy mucho más productiva a la mañana que a la tarde, por ejemplo. Entonces trato de escribir por la mañana porque escribo el doble que por la tarde. Tengo las agendas así: cada cosa, cada día de lo suyo. Y funciona. Escribir es uno de los últimos trabajos cien por ciento artesanales que quedan. Porque es artesanal: elegir las palabras, ponerlas con la mano en un lugar, armar una historia: si lo hacés bien, con amor, sin inteligencia artificial, o sea, si lo hacés en serio. Yo doy clase en la Universidad de Valencia, doy Literatura, y a veces uno descubre que los alumnos usan inteligencia artificial. Y siempre les digo que se fijen si es lo que realmente les gusta, porque yo dejé una carrera que me iba bien, para escribir.

—Eras abogada. ¿Cuántos años ejerciste?

—Claro, era abogada. Hacía más de diez años que trabajaba, me había recibido súper joven, me iba bien. Dejé una carrera por otra. Entonces, el que estudia Letras y pone una máquina que le haga el libro... no te debe gustar tanto. A mí me encanta estar con las palabras, con las frases, inventar. A veces me escriben: ‘Yo sentí el olor de los duraznos, yo caminé por ese caminito’. Como escritor lo tengo que sentir yo primero para que luego lo sienta el lector. Eso es muy lindo, te hace sentir muy pleno, y el lector también lo disfruta. Entonces les digo siempre a los alumnos: ‘fíjense si es la carrera que realmente les gusta’. A veces me asusta pensar que las máquinas hagan todas las cosas que nos hacen bien al ser humano. Yo tengo una hija, que más allá de que es psicóloga, le gusta pintar y ha hecho las ilustraciones de varios libros infantiles. Ahora estaba haciendo uno de Borges para niños, y pronto no va a haber más eso. Y a ella le encanta, lo hace por gusto. Yo digo: ¿las cosas que nos hacen bien las van a hacer las máquinas y nosotros vamos terminar haciendo las cosas que no nos gustan?

—Al final de muchos de los relatos, decíamos, hay una aclaración sobre quiénes son los personajes. Hablaste con mucha gente para componer estas historias. ¿Cómo surgió este libro?

—En realidad empiezo escribiendo unos cuatro relatos de mis vivencias, de mis tragos dulces y amargos como mujer en este mundo. Hay cosas que me han hecho decir ‘qué lindo que soy mujer’, y otras que me han hecho decir ‘qué bronca que soy mujer’. Entonces empiezo a escribir los míos. Pero claro, cuando ya van cuatro, digo: ‘Ya he dicho lo que quiero decir... voy a ficcionar’. Pero ficcionar también corría el riesgo de que me digan: ‘Eso lo inventaste, las mujeres no sufrimos eso’. No quería hacer solamente literatura en esta oportunidad, quería contar las cosas que nos pasan a las mujeres. Entonces le pido a mi círculo más íntimo, dígase amigas, sobrinas, hermanas, que me cuenten, y después lo amplío a periodistas conocidas, a distintas mujeres que hacía mucho que no veía, madres de colegio, y me empiezan a contar sus vivencias, sus tragos dulces, sus tragos amargos. Para mí fue impactante, no podía creer lo que me estaban contando. De golpe surgió que muchas tenían trastornos alimenticios y lo habían mantenido en secreto. Eso puntualmente se repitió mucho. Yo tengo una profesión, soy escritora, he sido abogada, pero necesitaba que me cuente también la empleada doméstica, la vendedora de ropa, una chica de veinte años, una mujer de setenta, distintas edades, distintas condiciones sociales, cuáles son los tragos dulces, los tragos amargos. Entonces abro el juego y recibo tantas cosas que superó totalmente mis expectativas.

Viviana Rivero
"A veces me asusta pensar que las máquinas hagan todas las cosas que nos hacen bien al ser humano"

A su primer libro Secreto bien guardado lo publicó El Emporio Ediciones, un sello cordobés, en 2009. El Grupo Planeta olfateó la repercusión, compró los derechos y en 2010 relanzó la novela a nivel nacional. “En esa época era raro escribir lo que yo hacía, una novela histórica con mujeres fuertes. Me preguntaban hace poco: ‘¿Vos escribís de mujeres fuertes porque está de moda?’. Cuando empecé la novela histórica típica tenía mujeres ingenuas y virginales con un tipo de hombre experimentado, un machote".

Veintisiete años pasaron. “Yo vivo de la literatura”, dice ahora, del otro lado del teléfono. (El año pasado se pasó de Planeta a Penguin Random House.) ¿Cuánta agua corrió bajo el puente? Rivero navega en los recuerdos y dice: “Escribo un primer libro que se empieza a vender muy bien. Escribo un segundo que gana un primer premio de novela histórica a nivel nacional. Entonces, con el tercero me encierro a darle lo mejor de mí y se hace bestseller. A partir de ahí veía que podía ganar lo mismo que como abogada”.

La figura de su padre, el novelista Pedro Adrián Rivero, fue una influencia: “Él tenía que trabajar de otra cosa. ¡Y había ganado premios! Escribía de noche, los sábados, los domingos. O sea, nos criamos en la casa con que se podía vivir de la literatura, por eso elegimos otras carreras. Tal vez nos gustaba a los tres hijos. Mi madre nos decía: ‘Nadie va a seguir carreras que tengan que ver con la literatura, para loco está tu papá’. No nos animábamos. Pero las vocaciones nos persiguen, las traemos grabadas en el ADN”.

"Las vocaciones nos persiguen, las traemos grabadas en el ADN”."
"Las vocaciones nos persiguen, las traemos grabadas en el ADN”."

—Sé que tenés un trato frecuente con adolescentes y chicos, que solés tener encuentros en aulas de escuela, incluso en otros países. ¿Qué tan dura es la batalla de promover la lectura?

—Las maestras tienen que elegir libros y muchas veces eligen los míos, porque saben que los va a atrapar un poco, por lo menos, entonces voy a escuelas y comparto. Por ejemplo, el libro que habla de la Segunda Guerra Mundial, de las primeras maestras que hubo en Argentina, que las puso Sarmiento. Son libros que pueden leer los chicos. Entonces, se hacen debates y todo. Y... es difícil. Ya en un adulto es difícil, porque tenemos que luchar nosotros mismos contra las pantallas para que no nos atrapen completamente. A veces te dicen: ‘Sí, antes leía más, ahora me quedo con el Instagram a la noche’. A mí me pasó en el verano que fuimos al campo y de repente en el lugar no llegaba ni siquiera la cobertura de mi compañía de teléfono, ni la de mi marido. No había Netflix ni nada. Fue muy simple: pusimos unos veladores, trajimos libros y leímos. Estamos a un paso de poder revertir eso. Es tomar la decisión. Hay que ver si tenés ganas. El adulto tiene que ser el que enseña. El otro día estaba haciendo un Zoom con una chica de Ecuador que dirige setenta grupos de lectura y en lugares como hospitales. Y me contaba de que había ido a Nueva York a hacer un curso sobre esto y le habían conectado a los niños unos cablecitos en la cabeza, y cuando un humano le leía un cuento objeto, o sea de papel, las neuronas, se mostraban en la pantalla, se estiraban hacia arriba. Cuando el mismo cuento se lo relataba una pantalla, las neuronas quedaban chatas. Evidentemente hay algo que es mejor todavía para el ser humano. Pensemos en China, que iba a la vanguardia de pantallas en clases: las han quitado, no se usan más. Y han hecho una inversión enorme en libros. Lo mismo pasó en Bélgica. Por primera vez el ser humano está menos inteligente que la generación anterior. Esto preocupa. Algunos países se animen y hacen el cambio que se necesita.

—Te manifestaste en contra de la derogación de la Ley del Libro. Uno podría inferir que esa derogación te beneficia, porque tus libros tienen tal nivel de masividad que incluso se venden en cadenas de supermercados. Sin embargo, vos te manifestaste a favor de esa ley que protege las librerías de barrio. ¿Por qué?

—Porque es como abrir una puerta que me lleva a un cuarto, que tal vez me va a llevar a otro cuarto, y que yo no sé en qué cuarto voy a terminar. Primero vendrían por la librería pequeña, pero eso no deja fuera a las grandes cadenas. El último eslabón va a ser Internet: Mercado Libre o Amazon probablemente irán comiendo a las cadenas también. ¿Y qué sigue? Yo tengo amigas que ya editan directamente con Amazon: les hace la tapa y les corrige el libro... todo. Entonces, después se comerían a las editoriales, y después probablemente a nosotros, los escritores, y tendríamos que ir a negociar con ellos. Podrían decirnos: ‘Vamos a hacer todo con inteligencia artificial, nos sale más barato, ustedes nos cobran muy caro’. A los escritores que ya estamos instalados nos van a pedir: ‘dame algo’. Pero alguien que recién empieza no sé si la tendría la oportunidad, porque van a preferir vender lo que hace una máquina. Juan Flores, digamos, es una máquina, pero a la gente le gusta, lo lee. Entonces no sé a dónde terminamos. Me preocupa por eso la ley, porque no sé en qué terminamos. Ya sabemos que el eslabón más débil de la gran industria es el escritor, que siempre gana el diez por ciento. Como a veces pierde ante una editorial, terminaría perdiendo mucho más con estos monstruos que manejarían todo... Por esa razón, porque no sé en qué termina.

Viviana Rivero
"La literatura es la razón de mi vida" (Fotos: Alejandra López)

—Te hago las tres últimas. Quisiera definiciones. La primera: ¿qué es la fama?

—Es bastante subjetivo. Para algunos será una cosa y para otros otra. En mi caso, la fama es que mucha gente te conozca, pero a veces también se puede tener una fama mala. La fama puede ser buena, porque te puede ayudar a que ganes más. No la veo que sea cien por ciento buena ni cien por ciento mala. Es algo abstracto.

—¿El dinero?

—Un medio para alcanzar buenos momentos. Yo tengo un lema y se lo digo a mis hijos: ‘Usen el dinero para poder alcanzar buenos momentos, no objetos’. No necesitamos tantos objetos, tanta ropa, tantos zapatos, relojes tan caros ni autos caros. Usemos el dinero para tener buenos momentos. A veces se paga caro una cena linda, unas vacaciones. Si es verdad que tenemos un alma, que es inmortal y que nos vamos a seguir acordando de los buenos momentos, si pasamos a otro plano los objetos no van a quedar. Creo que eso el dinero: un medio, no un fin.

—¿La literatura?

—La razón de mi vida. Tengo un solo tatuaje: un libro. Ya escribía mi papá, escribía mi abuelo y escribía el padre de mi abuelo: todos han ido como mejorando un poquito. Yo por lo menos puedo vivir de esto, pero ellos no. Un día vino mi hija, que tiene varios tatuajes, y me dijo que se iba de viaje, que no la iba a ver por dos años por lo menos. Y me dice: ‘Nos hagamos un tatuaje’. ‘No, yo no me hago tatuajes, no quiero, no’. ‘Mirá lo que quiero que nos hagamos’, y me mostró el libro y no pude decir que no. La literatura es la razón de mi existencia.

[Fotos: Alejandra López]

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