“Todo empezó buscando la voz de Alfonsina”: Gabriela Borrelli y su libro sobre el encuentro de las tres grandes poetas del Cono Sur

La autora de ‘Montevideo 1938′ cuenta el origen de su hermoso ensayo, en el que reconstruye apasionadamente un evento que reunió en Uruguay a Storni, Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou

Entrevista con Gabriela Borrelli portada
Gabriela Borrelli es una de las grandes divulgadoras de literatura de la Argentina. (Ale López)
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Gran divulgadora de la poesía en diversas plataformas, Gabriela Borrelli Azara es escritora y crítica cultural. Nació en Monte Grande, provincia de Buenos Aires, en 1980. Estudió Letras en la Facultad Nacional de Lomas de Zamora. Condujo varios programas dedicados a la difusión de la literatura en Radio Nacional, en Radio del Plata, en AM 750 y en Futurock. Escribió artículos sobre poesía latinoamericana y colaboró para diferentes medios gráficos de Argentina y Uruguay. Publicó libros de poesía, narrativa y ensayo como Océano, Lecturas feministas I y II, Vidrio, Hamaca paraguaya, Cartas a jóvenes poetas, La pura calma y Aquí, Argentina. Actualmente participa en el canal de streaming Gelatina.

Editorial La Libre publicó recientemente Montevideo 1938, El verano interminable, un ensayo delicioso que continúa una investigación sorprendente. Sucede que Gabriela logró reconstruir la génesis de un encuentro público, hasta ahora poco conocido, que mantuvieron en la capital uruguaya las tres grandes poetas del Cono Sur de su tiempo, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou, pocos meses antes del suicidio de Alfonsina.

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Con notable gracia y talento para desandar la información, en su libro Borrelli lleva de la mano al lector hacia una época, un evento y una forma de entender en vínculo entre la literatura y la política en sentido amplio. Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos semanas atrás durante la grabación de un episodio del podcast Vidas prestadas.

Entrevista con Gabriela Borrelli
"Montevideo 1938. El verano interminable" fue publicado por editorial La Libre.

— Tu nuevo libro es una vez más un libro sobre mujeres y lo que me gustó es ver cómo pudiste, de algún modo, traducir todo lo que te pasa en términos de la divulgación de la poesía y de la divulgación del trabajo de las mujeres en la literatura, en esta investigación y en este ensayo, como si hubiera habido una condensación de todos tus intereses. ¿Es así?

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— Es así. Mirá, lo leíste mejor que mi psicoanalista. Realmente ahí está cómo una buena lectura es una lectura psicoanalítica, siempre. Porque vos sabés que es el libro, le decía a mi psicoanalista, es mi libro más chiquito pero mis obsesiones están muy dispersas en todo lo que hago. Como en Vidrio, que tiene otro clima, más trash. Porque en la narrativa soy más trash. Pero bueno, tiene siempre las mismas obsesiones, que vuelven en diferentes formas, ¿no? El feminismo, la poesía, la literatura y qué hace la literatura en una vida. Y también las relaciones que se forman en esa literatura. Lecturas feministas es una antología pero surge de la militancia y de explorar cómo los libros nos unen, de alguna manera, aunque no nos conozcamos. Esa unión que me parece que es muy hermosa.

— Es una cofradía, la cofradía de los lectores.

— Exacto, la cofradía de los lectores, en la que compartís una emoción con alguien completamente diferente a vos. Y me parece que este tiempo político pide eso, ¿no? Esta idea de que todo el tiempo estamos pensando en lo que piensa el otro, en ir a lo que siente el otro. Y la literatura es un camino para eso y la poesía, sobre todo, también. Y vos sabés que este libro tan chiquitito, que forma parte de esa colección de libros chiquitos de editorial La libre y es un ensayito, condensa todo eso porque también condensa un poco mi vida en la radio. Porque todo empezó buscando archivos con la voz de Alfonsina y, entonces, es un poco traer todo lo que me pasé haciendo durante veinte años, que era buscar audios de escritores, de poetas, de cantantes.

— Decís busco una voz y yo pensaba en Rubén Darío con su “Yo persigo una forma”, pensaba incluso en cómo incluso tu escritura, si bien en principio uno dice es una escritura mucho más llana, mucho más accesible, sin embargo está atravesada por la poesía.

— Sí, es lo que más leo todo el tiempo. Es lo que más leo, es lo que más me atraviesa, son mis obsesiones más profundas. Y sí, leo poesía constantemente. Todos los días. Y, además, me relaciono, doy taller de poesía y también el último programa que hice en radio fue un programa de poesía. Y la poesía tiene esa aparición fantasmal en la lengua de una. Aparece fantasmal un verso, queda en vos, y a veces... Mirá, nunca lo conté pero a Tom Lupo, con quien trabajé muchos años y que fue para mí todo, a él le encantaba Rubén Darío. Al final, él, bueno, sufrió un accidente automovilístico que lo dejó con un derrame cerebral, entonces tenía muchos problemas del habla. Y a veces hablaba y de repente decía un verso, un poema.

— Qué bárbaro.

— Entonces estaba hablando y de repente decía “buscar no es un verbo, no indica acción”. Y seguía hablando. Entonces, eso era Pizarnik. Claro, Tom tenía la obra de Pizarnik en la cabeza. Siempre me quedé con esa imagen como una metáfora de leer y escribir. Que aparece, se va incorporando a tu lengua de una manera no pensada. Una no piensa que va a citar, pero de alguna manera es una cita constante, ¿no?

Entrevista con Gabriela Borrelli
Gabriela Borrelli: "El poema tiene esa forma de impregnarse, de quedarse con vos. Se queda pegado".

— Sí, porque es imposible no estar atravesado por lo que leés.

— Y el poema tiene esa forma de impregnarse, de quedarse con vos. Se queda pegado.

— Siempre digo que soy como una especie de turista absoluta con la poesía. Para nada me pasa lo que te pasa a vos, que es lo que más leés. Por lo contrario, leo más narrativa y hasta ensayo. Pero sí hay poemas que me gustan, hay poetas que me gustan, hay poetas con los que me siento más cómoda. Pero me gusta mucho cuando los narradores cuentan que leen poesía como una manera de iluminarse a la hora de escribir. Como que la escritura no es sólo contar sino cómo.

— Y entra en un clima, ¿no? Bueno, como Selva Almada en Una casa sola. Pienso en Selva porque es muy lectora de Estela Figueroa, que es una poeta que a mí también me gusta.

— También, sí, sí.

— Y Selva no escribe poemas pero hay algo en su narrativa que está totalmente contaminada, impregnada; en Cabezón Cámara, también. No sé, en otras escritoras…bueno, acabo de leer una novela que me pareció espectacular, que se llama Amada Lesbia, de Elvira Orphée.

— Ah, sí, la acaban de publicar. Es un rescate que hicieron en Sur y después, una editorial nueva.

— Y es rarísima esa novela. Yo leo mucha novela; leo novela y poesía. Y esa novela es como un poema que no termina. Es como si Elvira Orphée estuviera tomada por un poema.

— Bueno, es sobre Catulo.

— Es Catulo, exacto. Está tomada por Catulo. Y es una novela. Pero la doy en el taller justamente para ver las diferentes formas que puede tomar el poema. Como decía Lamborghini, la forma de poema es una desgracia pasajera.

— ¿Lamborghini Leónidas? ¿El poeta?

— Lo decía Osvaldo, no Leónidas.

— Ah, mirá.

Osvaldo Lamborghini, que escribió narrativa pero también escribió poemas. Por eso, como él era narrador, decía: la forma de poema es una desgracia pasajera, ¿no? Porque ese pasaje entre poemas. Y a mí, la verdad, me gusta esa movilidad entre géneros. Me siento cómoda.

— Volvamos un rato a Montevideo 1938, el verano interminable. Que como título, además, es divino. Y lo que me parece hermoso es imaginar a esas tres mujeres en 1938, en Montevideo. Pero en tu libro hay una previa también en Uruguay, que es Colonia, y que es donde Alfonsina se entera de que las otras dos están en Montevideo.

— Sí. Se entera en realidad de que está Mistral, ¿no?

— Con quien ya tenía un vínculo.

— Con quien ya tenía una amistad y se entera de que va a estar, obviamente, acompañada por Juana de Ibarbourou, que actuaba como anfitriona.

— Claro, lógico. Era la poeta uruguaya.

— Pero ahí aparece un personaje que, debo confesar, me quedé pensando: sos la única persona que me dijo que la conocía. La profesora que yo le digo Tabernig, Elsa Tabernig, tal vez por una cuestión de que me gusta mucho cómo suena el apellido.

Entrevista con Gabriela Borrelli
Imagen oficial del evento que reunió a las tres grandes poetas en enero de 1938. Rodeadas de funcionarios, en el medio, de izquierda a derecha: Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou.

— O porque sos feminista.

— Porque soy feminista también (risas). Elsa Tabernig de Pucciarelli (N. de la R.: su esposo era el conocido filósofo y profesor Eugenio Pucciarelli). Ella aparece con este texto que fue tan revelador. Porque yo sabía del encuentro y en todas las crónicas que encontraba aparecía que el Ministerio de Educación de Uruguay había tenido la feliz idea de armar una reunión en un verano, por eso lo del verano interminable. Reunir un verano, el 27 de enero de 1938, a Storni, a Ibarbourou y a Mistral en una serie de conferencias en el Instituto Acevedo, que pertenecía al Ministerio de Educación uruguayo. También hay que ver la época, ¿no? Era una época donde se formaba mucho a las maestras. Era la formación del Estado Nación. Bueno, más bien a poco de la formación del Estado Nación. Las escuelas eran muy importantes, entonces siempre todos los gobiernos hacían formación para maestras.

— Beatriz Sarlo siempre hablaba de sus tías maestras y que su formación le debía mucho a sus tías maestras.

— Exacto. Era ese momento en el cual la maestra se estaba formando en todo lo que resiste hoy.

— Qué respeto había por esa figura además, ¿no?

— Total. Y era formarse constantemente. Entonces la llevaban a Mistral específicamente para que diera una conferencia a maestras. E iban muchas profesoras y docentes. Y entonces doy con un texto que está en un libro perdidísimo, que yo había dado con ese libro porque estaba buscando información sobre María Granata, una narradora y poeta que murió a los 105 años, un texto que se llama La mujer argentina. Y ahí, en ese libro, había diferentes mujeres que hablaban: una arquitecta, una bióloga, una médica, una ama de casa y una profesora de literatura, la profesora Elsa Tabernig, que contaba el último verano de Alfonsina Storni. Y ahí, Tabernig cuenta que en 1938, en enero, ella estaba en Colonia veraneando con su madre y cree ver en la playa a Alfonsina Storni. Y se acerca y le dice: “Soy la profesora Elsa Tabernig, me encanta tu poesía, me gusta Rilke, leo poesía”. Y ahí empiezan a charlar en la playa.

— Me gusta que en tu libro hay mucha y muy buena información que se desprende de esa conversación y de ese cuchicheo entre las mujeres, ese chismoseo de playa.

— Sí, y además yo quería dar cuenta de esto, ¿no? Tabernig le dice: “Voy a ver a Mistral” y entonces Storni, es increíble lo bien que lo narra Tabernig que una se da cuenta de que Storni le dice: “Ah, ¿está Mistral? Yo no sabía nada”. Y unas simples palabras que me parecen clave (estamos spoileando pero en la literatura eso funciona muy bien). Le dice también: “Mándele mis saludos a Mistral”.

Entrevista con Gabriela Borrelli
Durante su investigación, Borrelli encontró un dato clave: fue la profesora Elsa Tabernig la verdadera artífice del encuentro entre las tres poetas, aquel enero de 1938.

— Muy teatro, todo.

— Muy teatro, ¿no? Y, bueno, Storni era actriz, yo me la imagino toda espamentosa diciéndole: “¿Va a ver a Mistral? Dígale que Alfonsina Storni le manda saludos”. Y la verdad es que Tabernig es la que produce ese encuentro.

— Eso me encanta.

— Y entonces, la primera vez que Mistral termina su conferencia, que estaba Ibarbourou también, Tabernig le dice: “Le manda saludos Storni, que está en Colonia.

— Acá nomás está. La profesora cumplió

— Acá nomás, sí. Y, entonces, ahí se produce que Mistral la manda a buscar.

— Ahora, tu libro tiene detrás una investigación y algo de policial, de un ir tras las huellas. Está esta idea de que buscabas una voz y te topaste con el encuentro de tres luminarias increíbles. Y mientras lo leía y luego leía algunas entrevistas que te hicieron, pensaba en esta tríada y también en la tríada de los sesenta de Martha Lynch, Silvina Bullrich y Beatriz Guido. Pensaba en esos momentos en los que las escritoras tenían incluso mayor visibilidad que la mayoría de los hombres. Pero en el caso de estas tres grandes poetas de América, esto sucedía en un tiempo en el que la novela se convertía en el género literario por antonomasia. Las mujeres no publicaban tantas novelas. No es que no las escribían, no se las publicaban. Pero les otorgaron espacio en la poesía. Es algo así, ¿no?

— Sí, yo creo que la verdad es que siempre después del 2018 cada ola piensa y revé lo anterior, ¿no? Y siempre se dice “uy, poetas invisibilizadas”. Ellas no eran ningunas poetas invisibilizadas, ninguna de las tres. Lo que sí tenían, y explotaron ese lugar, es porque los tipos en esa época fomentaban mucho que ellas escribieran poesía. Así que yo acuerdo perfectamente con eso como acuerdo con lo que pasó en los sesenta, ¿no? Yo la literatura de esa explosión de bestseller de la década del 60 de Beatriz Guido la veo a la luz de la proscripción del peronismo.

— Bueno, en el caso de Beatriz Guido, claramente.

— Silvina Bullrich, también ¿no?

— Por una cuestión de clase, también.

— Una cuestión de clase y porque el peronismo proscripto es un caldo de cultivo. No es tan directo. Es decir, ¿qué se podía escribir o no? Como si la literatura dijera: bueno, de estos temas no vamos a hablar. Escribimos en la Argentina con una palabra que no se puede decir, sea cual fuera. Hay una prohibición de una palabra. Ese caldo de cultivo deja que se fugue la crítica a la propia clase social por tres mujeres de esa clase social. Y pasa lo mismo, creo, en la década del treinta, cuando a ellas tres como que se les da ese lugar y ellas, con esa literatura, también crearon una suerte de novela. Digo, porque las mujeres leían tanto, más a Storni sobre todo, ¿no? A Storni, esto lo dice Sarlo, se la leía como siguiendo una novela de la tarde. Y Mistral en algún punto también es muy ficcional. Mistral, hablando del hijo, de Dios, crea como una ficción. Las tres crean ficciones. Y bueno, Ibarbourou, con el erotismo. A Ibarbourou le queda la parte erótica, el primer poema de Lengua de diamante de Ibarbourou es un orgasmo.

Alfonsina Storni se suicidó pocos meses después del encuentro con las otras dos poetas en Montevideo.
Alfonsina Storni se suicidó pocos meses después del encuentro con las otras dos poetas en Montevideo.

— Vos decís que es la única que no era feminista.

— Sí, claro. Por eso digo: es femenina, no feminista.

— La frase durante mucho tiempo era: “Yo no soy feminista, soy femenina” (Risas).

— Soy femenina. E Ibarbourou era así, porque ella amaba ser mujer. Bueno, es más, el libro de Lengua de diamante de Ibarbourou fue muy criticado por cómo ella exploraba su sexualidad. Pero en toda la poesía de Ibarbourou no hay una sola crítica a los hombres como sí la hay en Storni, sobre todo. Por eso yo digo que son dos, que Gabriela Mistral no se quería quedar con la “femenina” y llamó a una compañera feminista.

— Claro, en términos de elecciones sexuales eran bien diferentes las tres.

— Absolutamente.

— Una era lesbiana, siempre tuvo parejas mujeres. La otra siempre era abandonada por los hombres, era de la novela sentimental de la época. Y Juana de Ibarbourou vivía bastante bien con el señor marido, ¿no?

— Sí, estaba casada con un coronel que, además, le dio su apellido. Ibarbourou es la única que tiene el apellido de su marido.

— Bueno, creo que es la única que tuvo marido.

— Es la única que tuvo marido.

La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou era de las tres la más alejada del feminismo.
La poeta uruguaya Juana de Ibarbourou era de las tres la más alejada del feminismo.

Apellidos y feminismo

— Te quería preguntar por tus apellidos. Sos Borrelli Azara. Pero si te dicen Gabriela Borrelli, ¿está bien?

— Sí, sí. Mi mamá nos anotó con los dos.

— Eso quería saber.

— Sí, sí, mi mamá, una feminista sin marco teórico, nos anotó en los 80.

— Por eso, muy temprano.

— Sí, muy temprano nos anotó así. Y es muy llamativo porque yo me llamo solo Gabriela Borrelli Azara, no tengo segundo nombre, tengo dos apellidos pero no tengo un segundo nombre. Mis hermanos varones tienen dos nombres y dos apellidos.

— Y era inusual. En general tenían así solo de clase alta.

— Eso es verdad y no era el caso. Pero mi mamá, si hubiera podido, nos habría puesto solo el apellido de ella.

— ¿Ah, sí?

— Sí, sí. Se ve que hizo hasta lo que le permitió la ley.

— ¿Entonces el feminismo viene de ahí?

— Yo creo que sí. Mi mamá, digo e insisto, sin marco teórico y además ella era muy crítica de muchas posturas feministas actuales.

— ¿Vos no?

— Yo sí, pero en otro sentido.

— Vos querés todo más radicalizado todavía, claro.

— Ella es muy crítica. Pero sí, siempre practicó un feminismo sin marco teórico. Fue una mujer que no estaba atenta a la mirada de los varones, que se realizó, tuvo una carrera.

— ¿Qué estudió?

— Abogacía, es abogada. Y fue toda la vida profesora universitaria de la Facultad de Derecho de Lomas. Es una gran lectora, también

— Ese concepto es interesante porque una conoce a muchas mujeres que realmente lo han hecho muy bien, en muchos sentidos, sin saber qué estaban haciendo.

— Bueno, un poco podríamos encuadrar en ese feminismo con otro marco teórico a Mistral y a Storni.

— Con un marco, en todo caso, más literario.

— Sí, bueno, Mistral es la más radical en ese sentido. Ella piensa mucho en la mujer, en el sentido de la mujer en una sociedad, en la función que debería tener.

Gabriela Mistral
"Mistral piensa mucho en la mujer, en el sentido de la mujer en una sociedad, en la función que debería tener", dice Borrelli.

— Como docente, además.

— Como docente, claro. Y Storni era una militante feminista y anarquista, eso es claro. Es más, cuando Storni va por primera veza Uruguay, yo lo digo en el libro, va convocada por el diario La idea, que era un diario anarquista, en el que Juana de Ibarbourou era la que curaba la sección literaria y la invita a Storni a hablar de Delmira Agustini, otra poeta uruguaya que es como la antecesora de ellas tres.

— Una maldita, también, claro.

— Sí, maldita y víctima de un femicidio.

— Sí, claro, fue asesinada.

— Y es también como otra que exploró el deseo sexual femenino. Pero bueno, Storni es una feminista declarada.

— Tuvo un hijo sola.

— Sí, pero además ese, por haber tenido ese hijo sola siempre la historia la deja como víctima, como abandonada. Y no, leyendo una realmente encuentra que Storni, como anarquista, creía en el amor libre. Estaba atravesada por esas ideas. Ella sabía que estaba con un hombre casado. Decidió tener el hijo. No quiso ninguna ayuda del tipo. No quiso ni que tuviera su nombre, hablando de apellidos. No es que el tipo la rechazó. No es el caso de Eva Perón, de la madre de Eva Perón. No, no. Es el caso de una mujer al estilo de Salvadora Medina Onrubia, la mujer de Botana, y amiga de ella. De la misma generación y de Rosario y feministas las dos. Ellas decidían tener un hijo porque pensaban que era parte de esa militancia feminista criar un hijo solas. Bueno, y además, como dice María Moreno, nadie más queer que Alfonsina. Llamaba a su hijo “hermano”. Pero lo llamaba hermano al hijo por una cuestión política, también. Alfonsina era increíble en ese sentido. Y estaba muy decidida a que su poesía funcionara un poco como novela romántica, lo que pedía la época, pero por otra parte como una inversión de los géneros, ¿no? Esta mujer deseante que aparece en Alfonsina.

— Te quería preguntar por la obra poética de las tres. Tengo claro que Juana de Ibarbourou nunca sería tu favorita. Pero entre Gabriela Mistral, que sabemos además lo que significa para Chile, no solo por el Nobel que trajo unos años después, sino como la maestra, la poeta, la gurú. Pero a vos, ¿la poesía de Alfonsina es la que más te interesa de todas?

— Y es la que me sigue resultando más reveladora. El domingo volví a un poema de ella que lo había leído pero no le había prestado atención y que se llama “Inútil”. Ella dice soy una inútil, soy torpe, pesada, odio el invierno. Podría ser un poema de Giaganti. En otra forma, podría ser un poema de Giaganti. Y, después, tiene toda la primera parte que es muy Rubén Darío. Pero, después, los últimos poemas de Alfonsina, de Mundo de siete pozos, me siguen pareciendo aún reveladores. Y Mistral la encuentro en algunos lugares como de una ternura… A mí el poema de Mistral que más me gusta es “Todas íbamos a ser reinas”, que es un poema hermoso en el que ella vuelve a su pueblo y piensa en las compañeritas, sus amigas del pueblo, las vecinitas, ¿no? Ifigenia. Entonces dice: todas íbamos a ser reinas e íbamos a llegar al mar. Desde ese pueblito en la cordillera, al mar. Y me parece que es muy tierna en algunos puntos. Pero sin lugar a dudar la poesía que más me conmueve, la que leo y digo: guau, este poema, y no para, es Storni.

— Otra cosa que aparece en tu libro y que tiene que ver, imagino, también con tus ideas, es esto de pensar en el presente pero también en las mujeres del futuro. Acá estamos hablando de un poema de Gabriela Mistral en el que habla de sus compañeras, sus mujeres, su pasado. Pero todas ellas hacían cosas pensando en las mujeres que iban a venir. Es muy alucinante.

— A mí eso me emociona, por eso me gusta que las poetas jóvenes, que también me interesan muchísimo, sepan que estaban pensando en ellas. A veces lanzarse a una escritura o a escribir es un momento de soledad en el cual alguien te tiene que decir: “Che, vos podés hacer esto, vos podés escribir un poema, vos podés escribir una canción”. Y a veces encontrarlo escrito tiene otro valor. Entonces, en esta conferencia de 1938, Storni dice algo emocionante. Dice: le quiero dedicar estas conferencias a nuestras muertas, a las que ya no están, y a las que vendrán. Es muy hermoso eso que hace Alfonsina, como una militante política y feminista también, de decir se lo quiero dedicar a las que ya no están pero también a las que vienen, como diciendo: nosotras escribimos también para que otras sigan escribiendo. Y ese acto me parece muy humano.

— Estamos hablando de literatura pero también de derechos. Porque yo pensaba en algo más cercano para nosotras, que tiene que ver con el Ni Una Menos o con la discusión por el aborto legal. Todo el tiempo aparecía esa idea de “para las que van a venir”.

— Todo el tiempo. Todo el tiempo. Y si una denuncia, en el amplio abanico de lo que es el feminismo, con estos desacuerdos o no, una está pensando en que las pibas no sufran lo que una sufrió.

— Exacto. Sí.

— Es decir: a mí en la calle me decían de todo y me sentía mal. Bueno, yo no quiero que las pibas vivan lo mismo. Yo quiero que vivan mejor. Yo quiero que no las maten, que no la violen, que no abusen de ellas. Y, después, que tengan una vida más plena. Me parece que la militancia siempre es ese acto humano no individual. No para una sino para otras. Y, si se está pensando en Argentina, siempre esa imagen de “para mis hijos o para mis nietos”. Siempre se está pensando que es para los otros y no solamente para cómo vive una. Una ya vivió y lo superó, no lo superó, o lidia con eso, como en la vida. La vida es lidiar con eso, pero siempre es para las otras. Y ellas, las tres, tenían esa conciencia. La más radical era Storni. Mistral tenía por ahí otra idea. Mistral estaba muy obsesionada, creo yo, con sentar un precedente de adónde podía llegar una mujer. Una mujer Nobel, una mujer diplomática, una mujer que hablara de política y de humanismo también. Acaban de salir unas conferencias de ella sobre el humanismo.

Entrevista con Gabriela Borrelli
Tres leyendas: Mistral, Storni y De Ibarbourou.

— Eran tres atrevidas, cada una con sus limitaciones.

— Absolutamente. Storni y Mistral, sin marido, tenían más espacio.

— Sí, sí. Ahora, a Juana de Ibarbourou la leímos en la escuela todos los chicos de varias generaciones. “La mancha de humedad”, de Chico Carlo.

— Es espectacular.

— La mancha de humedad: qué metáfora increíble para la literatura que creó esa mujer, ¿no es cierto? Todo lo que uno puede ver ahí.

— Y, además, dejar esa imagen en generaciones y generaciones. Eso es lograr algo. No, Juana de Ibarbourou era un cerebro increíble. Es la poeta con la que estoy menos relacionada pero mi mamá siempre me hablaba de Chico Carlo, era muy fanática y me acuerdo de ver el librito de Chico Carlo.

— El de Kapelusz. Lo tuvimos todos. Mi generación y, para atrás, todas.

— Me parece que ese librito era muy importante. Ella fue la que más vivió. En el 38 murió Storni: la conferencia la da en enero y ella se suicida en octubre. Ese año Mistral saca Tala, que es un libro que la hace mundialmente famosa, pero Juana de Ibarbourou vive hasta los 70 años y es como que se va apagando su figura. La tiene a Mistral como confesora y le habla pestes del marido cuando él se muere. Que estaba enferma, que el marido no la quería, que le decía puta porque era poeta, y bueno, está todo en la correspondencia. Ibarbourou fue la que más vivió pero también la que más se fue apagando. Y Mistral no se olvidó nunca de Storni. Mistral muere en el 54 y en el 52, en Roma, da una conferencia sobre Alfonsina. Y habían pasado muchos años desde el 38.

— Habla del suicidio de Alfonsina porque también habla del suicidio de su propio hijo, ¿no?

— Sí. Así que me parece que la relación entre ellas fue intensa y eso también me emociona.

— Gaby, te quería preguntar por algo que tiene que ver con el modo que elegiste para escribir este ensayo. No lo había pensado hasta recién, cuando te escuchaba hablar y advertí que el tono del libro tiene mucho de la mujer de radio que sos porque le hablas al lector como uno le hablaría al oyente. ¿Lo pensaste eso?

— Sí, lo pensé. Mira, yo vengo escribiendo ensayos. Escribí Cartas a jóvenes poetas y Aquí, Argentina, y en todos intento probar una forma del ensayo. En Cartas, bueno, son cartas que les escribí a mis alumnas de taller. En Aquí, Argentina es la transpolación, un ejercicio que no sé cuán bien salió, pero eran los programas de radio, los programas de stream que hacíamos con Pedro Rosenblat y fue como traducirlos a un libro. Y en Montevideo 1938 quise trasladar como si yo lo estuviera contando en la radio, ¿no?

— Porque no es solo un “querido lector”, le vas anunciando cosas.

— Voy vendiendo, voy vendiendo.

— Sí, sí, exacto, hacés la venta.

— Hago la venta, les digo: “bueno, ustedes van a descubrir hoy por qué…” También digo: “después van a entender por qué…”

— Es que me da la sensación de que es esa elección, más el tema, por supuesto, lo que hace el combo perfecto de que un libro tan pequeño sea tan enorme.

— Me encanta que te hayas dado cuenta porque es un programita de radio. Sería como un especial Montevideo 1938. También es una suerte de exploración que hago, exploración de estéticas, de probar siempre en la radio. Aquí, Argentina fue un programa en stream, fue un libro y fue también un cabaret en vivo. Y ahora Montevideo quiero hacer, no sé si espectáculo, pero sí algo presencial. Es como yo contando esto, leyendo.

— Es que es muy para contar, sí, porque además, por si fuera poco, en tu libro decís que en aquel encuentro del 38 estuvo Berta Singerman.

— Sí, sí, sí.

— Ya te veo recitando.

— Sí, sí, sí. (Risas) Berta era muy amiga de Mistral y de Storni y en el 52 viaja a Roma específicamente para recitar los poemas de Storni. Así que quiero hacer algo presencial recitando los poemas de las tres. Y sí, hay algo de eso. Además, Storni era una gran recitadora, le encantaba.

Entrevista con Gabriela Borrelli
Borrelli: "Cuando encontré la voz de Storni no me imaginaba que ella hablaba así".

— ¿Te emocionaste cuando finalmente escuchaste su voz?

— Sí, sí. Cuando encontré la voz de Storni no me imaginaba que ella hablaba así.

— Como Mistral, que se la imaginaba más fea, según dijo.

— Son muy divertidas las tres, también. Tienen mucho humor, que creo que es parte del genio que tenían. Las tres tenían mucho humor porque Mistral hace una crónica cuando la conoce Alfonsina y la titula “Me habían dicho que Alfonsina era fea”. Es un chiste, en realidad, ¿no? Es como un chiste. Y Storni también tenía mucho humor. Muchos de sus poemas yo creo que son grandes chistes.

— ¿Qué es lo más importante que te dio Montevideo 1938?

— Bueno, como decías al principio de esta charla, encontrar un lugar donde se reúnen las cosas que me interesan. Y encontrar ese lugar es siempre agradable porque es una manera de conocerse.

— Y de llegar a casa.

— Y de llegar a casa, totalmente. De encontrarte y decir: bueno, en esto estoy cómoda, me gusta, podría repetirlo o no, o abandonarlo, no importa lo que se hace después. Lo importante es llegar a ese lugar y disfrutar ese momento. Yo lo estoy disfrutando mucho. Especialmente, te lo debo confesar, lo disfruto con vos, que conociste a Elsa Tabernig.

— Que para nosotros en la facultad era, en realidad, Elsa T. de Pucciarelli. El “Tabernig” en ese momento no era tan conocido.

— Sí. A veces las obsesiones se vuelven enemigas y en ocasiones se vuelven amigas. Lo más importante para mí es eso: encontrarme con mis obsesiones jocosamente, felizmente.

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