
¿Qué es un niño? Podríamos definirlo de muchas maneras. Para Sigmund Freud había un solo criterio para pensar la patología infantil, que estuviera afectada la curiosidad.
Freud llama al niño “pequeño investigador” y le atribuye la creación de teorías (por ejemplo, en su célebre artículo de 1908). De este modo, el niño es quien quiere saber y, en más de una ocasión, atormenta al adulto con sus insistentes “por qué”.
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En 1964, Jacques Lacan reconsideró este tipo de pregunta infantil para plantear que, en los “por qué” del niño no solo está en juego encontrar la respuesta, sino también poner contra las cuerdas al adulto para qué diga por qué dice lo que dice, es decir, para que exponga algo de su deseo.
Por este motivo, siempre me gustaron los libros en que grandes pensadores le hablan a los niños y adolescentes; a veces sobre temas arduos, pero con vocación de hablar desde su deseo y con afán de transmisión más que de explicación.
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Así fue que hace poco conocí la colección En pocas palabras, de La Marca Editora, que reúne una serie de volúmenes que transcriben las conferencias que filósofos y escritores ilustres dictaron ante auditorios públicos.
Por cierto, es bien interesante que en la edición de cada conferencia se cuenta, por un lado, con el texto de la exposición, pero también, por otro lado, con las preguntas y respuestas del intercambio posterior.
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El efecto es muy logrado y, a veces, conmovedor; una bellísima interacción humana en la que, sobre temas complicados, junto al concepto está la vida personal, el pan de cada día y la cocina del pensamiento.
Hasta ahora la colección tiene seis títulos, que comentaré de manera secuenciada, como en una especie de resumen de cada libro. Solo agregaría que cada uno se lee en una tarde, en un viaje en colectivo, mientras se espera en la sala del dentista.
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Estos son los libros que mejor le compiten a la adicción al teléfono, los que son capaces de ponernos a reflexionar ahí donde, sin mucha vuelta, nos habríamos puesto a scrollear con el dedo sobre la pantalla.
Dejemos el dedo y pasemos al deseo.
El deseo
Esta es una conferencia del filósofo Jean-Luc Nancy, quien comienza con la afirmación de que entre la necesidad y el deseo hay un largo camino. De la primera, puede decirse que se la reconoce porque es “lo que no permite escapar”. El hambre, por ejemplo, no acepta sustitutos. Lo mismo ocurre cuando nos hacemos pis. Como dice el chiste, el tiempo corre para todos, pero según de qué lado de la puerta del baño estés.
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Luego de la necesidad vienen las ganas y el anhelo. En las ganas, se trata de una preferencia, de lo que quisiéramos recibir. En el anhelo, de lo que quisiéramos recuperar a pesar de la distancia. Ganas y anhelo tienen la intención de poseer.
Ahora bien, otra cosa es el deseo –cuya etimología viene de desiderio que significa contemplar las estrellas, en una lejanía que no se puede reducir. El deseo no se agota en la satisfacción, es la insatisfacción que empuja hacia una transformación personal.
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Leer esta breve conferencia de quien fuera uno de los últimos grandes pensadores de Occidente, me hizo reflexionar sobre qué poco lugar ocupa el deseo en nuestras vidas y en nuestros vínculos. Queremos satisfacciones, recompensas, garantías, no deseos.
“Se desea ser otra cosa además de uno mismo con sus cosas […]. Uno desea que suceda algo. Desear es desear que pase algo, no tener algo”, dice Nancy. A veces, paradójicamente, el modo en que más se expresa el deseo es a través de ya no querer algo.
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Desear no es querer ni un impulso que llama a la voluntad. Nancy ya era abuelo cuando dictó esta conferencia, que tiene como una destinataria a su nieta de 15 años. Es un texto bellísimo y muy bien planteado, con distinciones sutiles y una orientación: incentivar la vida.
Comprender el mundo
Este es el título de la conferencia de Delphine Horvilleur, una filósofa y rabina que se volvió muy popular en nuestro país a partir de su libro Vivir con nuestros muertos.
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Una persona religiosa no es la que cree dogmáticamente en un conjunto de principios, sino la que se plantea la pregunta por la comprensión del mundo en el marco de una tradición que se transmite de generación en generación.
La transmisión se hace a través de relatos, que cuentan una historia en un tiempo particular (“Había una vez”) según el cual lo que pasó todavía pasa y pasará. En cada vida se juega tener que liberarse de la esclavitud, deambular hasta llegar a casa, perderse y regresar, etc.
El mundo es lo que cambia permanentemente y gracias a los relatos es que podemos comprenderlo, sin la nostalgia de que todo tiempo pasado fue mejor —ilusión que hoy explota la política, para justificar el odio y las rivalidades, para poner en otros la causa del Mal.
En esta conferencia para adolescentes, a partir de una interpretación que hace de Star Wars, Horvilleur hace una introducción fantástica a la pregunta más humana de todas.
Animal amor
“El peor de los sentimientos no es el miedo sino la culpa”, dice Hélène Cixous en este breve relato, en el que cuenta el pasaje de la relación con un perro en la infancia al vínculo actual con sus gatas.
En el animal descubrimos nuestra soledad. Ante el animal, paradójicamente la última compañía, se descubre que uno está absolutamente solo. Quizá por eso en el animal proyectamos una parte de nuestra vida y, por ejemplo, podemos pensarlos como amigos, hijos, etc.
Fips fue un perro que vivió con la familia de Hélène cuando ella era niña en Argelia. Un día atacó al cartero y tuvo que ser atado. Esta situación despierta una hermosa reflexión sobre la libertad, que solo se conoce al perderla.

Otro día la mordió a ella y algo de su amor se resintió. Así nació también la culpa. El amor humano es más endeble que ese otro amor, el animal amor, que también podemos conocer como humanos cuando nos buscamos en nuestras zonas más oscuras.
Balzac tiene un cuento que narra la historia de un soldado y una pantera que, durante un tiempo se acompañan, hasta que se desconocen y uno mata al otro. ¿Qué amor no se estrella con el malentendido y la posibilidad de la muerte?
El texto concluye con el recuerdo de la vez en que hubo un incendio en el edificio de la escritora y solo había chance de salvar a una de las dos gatas. No les cuento más.
Lo finito y lo infinito
Este es el turno del gran filósofo Alain Badiou, que presenta estos dos conceptos desde una perspectiva muy simple: finito es todo lo que tiene medida y puede compararse, mientras que lo infinito (tal como el prefijo –in lo requiere) niega la limitación.
Ahora bien, aquí cabe hacer una distinción entre dos formas de lo infinito: el virtual y el actual. Mientras que el primero es el que se refleja en la serie indefinida de los números, a la que siempre puede agregarse otro, en el segundo caso se trata de lo infinito en un sentido absoluto.
En este último caso es que lo infinito, en matemáticas, fue representado por el conjunto de los números y los números infinitos. Más allá de la cuestión técnica, lo relevante para este caso es cómo la de infinito es una idea con la que se puede pensar.
En este punto, Badiou plantea que el ser humano es el único animal que puede contener lo infinito dentro de sí. Dos frases de Pascual acompañan el recorrido de esta exposición: por un lado, “El hombre es un junco, el más frágil de la naturaleza, pero un junco que piensa” y, por otro lado, “El silencio eterno de esos espacios infinitos me espanta”.

A partir de esta reflexión, Badiou llega a la conclusión de que “somos los amos de lo infinito a partir del pensamiento. Podríamos decir que las matemáticas con más fuerte que la muerte [que la finitud] y por eso es preciso aprenderlas”.
Así Badiou estimula a los niños a que aprendan matemáticas. Las preguntas de los niños al final de esta conferencia son exquisitas. Mencionaré tres a modo de ejemplo: “¿Por qué Dios programó a los hombres para ser finitos?”, “Si Dios es perfecto e infinito, ¿cómo pudo crear seres imperfectos y finitos?”, “¿Cuándo surgió el comienzo?”.
A estas preguntas inquietantes, Badiou responde sin desperdicio.
¿Por qué obedecemos?
Volvemos ahora a Jean-Luc Nancy, a otra conferencia que, esta vez, comienza con el pedido a los asistentes de que se levanten. Luego, de que se sienten. Los niños y los adultos que los acompañan obedecen. ¿Por qué?
De un modo discurrido y divertido, Nancy recurre a la etimología de obedecer (en el latín audire) que remite a oír. Entonces, plantea que obedecer no es simplemente ejecutar, sino escuchar. Quien obedece, debe pensar por qué lo hace. En última instancia, no existe la obediencia sin captar el sentido de un orden.
Si la cuestión girase en torno al cumplimiento eficaz de lo indicado, estaríamos más bien en el campo del adiestramiento. Por esta vía, interroga lo que ocurre en una estructura como el ejército, pero también en la escuela. El niño que estudia, ¿hace la tarea solo como un reflejo de lo que se espera de él, o porque entiende?
Asimismo, también hay desobediencias sensatas, como cuando nos piden algo que no tiene sentido. Podríamos decir que obediencias valiosas, tanto como desobediencias con las que algo se aprende. Y aquí hace un mini-elogio del “hacerse la rata” –práctica hoy más que en desuso.
Voy a citar un fragmento un poquito más extenso para ubicar dónde está el problema actual para este filósofo:
“Aquel que no hace sus deberes y juega a la PlayStation puede corresponder a dos casos. O bien lo hace porque se ha forjado reflejos distintos de los escolares, es como un idiota que ya no puede despegarse de su consola. Sabemos que un poco nos idiotizamos ahí dentro, pero a pesar de todo seguimos, es terrible porque eso puede crear una adicción de la que ya no se puede salir. Lo importante no es que desobedezcamos el orden escolar y social, sino que obedecemos de manera aún más terrible a la consola. [Aunque] también podemos imaginar un caso donde el que permanece en su consola inventa cosas.”
Como puede notarse, para Nancy el tema no está en la consola, sino en el vínculo que se establece con ella. El énfasis está puesto en buscar esa desobediencia (que también tiene cierta obediencia, ya que oye) que pone en relación con la libertad.

Además, es muy bello cómo en este texto transmite a los jóvenes que cualquier acto en el que se quieran realizar, supone algún tipo de disciplina. Por lo tanto, la cuestión no es tanto obedecer o desobedecer, respecto de instancias externas, sino en relación a uno mismo.
Desde afuera uno puede parecer muy libre y, sin embargo, vivir sometido en su interior, incluso sometiéndose a sí mismo.
¿Qué emoción? ¡Qué emoción!
Por último, un libro de Georges Didi-Huberman (un especialista en reflexionar con y a través de imágenes) que parte de la fotografía de un bebé que llora. ¿Por qué necesitamos llorar? ¿En qué momento lo hacemos?
¿Somos conscientes de que las emociones no solo nos toman, sino que también son una buena parte de la relación que tenemos con nosotros mismos? Para la filosofía tradicional, se trató siempre de privilegiar la razón, el pensamiento, la reflexión, pero ¿cuál es lugar para el sujeto emocionado?
Por su parte, Darwin recondujo las emociones hacia la animalidad. No obstante, para experimentar ciertas emociones es preciso hacer un trabajo de refinamiento de la sensibilidad, así como conocerse desde lo más profundo.
Para devolverle todo su valor, Didi-Huberman recuerda que, desde el punto de vista de la etimología, la palabra “emoción” remite al movimiento. La emoción es más que una pasión o un sufrimiento, es un traslado que nos transforma.
Incluso, de acuerdo con un conjunto de pensadores (Nietzsche, Freud, Deleuze) podría decirse que antes que un Yo que se emociona, lo que hay es un moverse (impersonal, también inconsciente) que nos convierte en quienes somos al final de recorrido.
Por esta vía, la emoción tiene un gesto propio que, antes que tener una raíz natural, hace presente una historia cultural. De un modo muy bello, Didi-Huberman nos cuenta aquí cómo fue el duelo de su padre y cómo los rituales encarnan emociones a través de las cuales nos revelamos en nuestra humanidad.
Para concluir, leamos un breve pasaje:
“Esta tarde quise encarar la emoción a partir de las lágrimas. Con seguridad, hubiera podido hacerlo a partir de la risa […] Pero lo que dije, ante todo, es que las emociones tienen un poder –o son un poder– de transformación. Transformación de la memoria hacia el deseo, del pasado hacia el futuro, o bien de la tristeza hacia la alegría.”
En el momento de las preguntas, un niño (o joven) consulta: “A veces uno llora y no sabe explicar por qué, ¿es normal?”. La respuesta es “Sí”. Entonces, la consulta sigue: “Es extraño porque nos preguntan por qué lloramos y uno responde ‘No sé’”; pero ya no diremos qué responde Didi-Huberman.
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