
Peter Thiel, cofundador de Palantir, sostuvo en 2009 que libertad y democracia ya no eran compatibles, y esa tesis funciona como punto de partida de una discusión más amplia sobre la crisis de la democracia liberal que el economista Daron Acemoglu atribuye al alejamiento de la clase trabajadora por parte del liberalismo progresista.
Thiel formuló esa idea en un ensayo titulado The Education of a Libertarian. Allí escribió: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. El empresario argumentó además que, desde la década de 1920, “el gran aumento de los beneficiarios del bienestar y la ampliación del sufragio a las mujeres” había convertido la noción de “democracia capitalista” en un oxímoron.
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Pese a esa crítica, Thiel siguió beneficiándose económicamente de las democracias a través de Palantir, una empresa que recibió grandes sumas de dinero del NHS.
En What Happened to Liberal Democracy?, Acemoglu sostiene que incluso quienes se definen como liberales clásicos comparten rasgos con los liberales de izquierda. Entre esos puntos en común enumera la defensa de derechos y libertades individuales básicas, las restricciones al poder, sobre todo al poder político, y una amplia protección de la igualdad ante la ley.

El economista sostiene que, hacia mediados del siglo XX, la democracia con rasgos liberales había demostrado ampliamente su eficacia. Su descripción de ese período incluye una remuneración generosa para los trabajadores manuales y una sensación de prosperidad compartida.
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Su diagnóstico actual es distinto: la democracia liberal atraviesa una crisis en gran medida porque el ala progresista del liberalismo dejó de hablar de clase económica. En la Europa posindustrial y en Estados Unidos, afirma, la izquierda desplazó ese eje y lo reemplazó por la identidad.
La solución que plantea Acemoglu es un nuevo contrato de “democracia liberal de clase trabajadora”, centrado en mejorar el nivel de vida de quienes tienen menor educación o calificación. Para eso propone priorizar el crecimiento económico y reducir trabas regulatorias, como las exigencias para ejercer oficios como peluquero o masajista.
También plantea ampliar la toma de decisiones a escala comunitaria, con la posibilidad de imitar las asambleas ciudadanas utilizadas en la República de Irlanda. A eso suma una regulación de las redes sociales que las haga responsables, en calidad de editores, por los mensajes que promocionan a sus usuarios.
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Otro punto de su programa es legislar en favor de una “IA obrera”. Con esa fórmula se refiere al uso de sistemas expertos basados en aprendizaje automático para aumentar la productividad de los empleados, hasta el punto de que, por ejemplo, las enfermeras puedan tomar más decisiones médicas.
Acemoglu no informa haber consultado a médicos sobre esa idea. También destaca que una de las partes más sólidas del libro aparece cuando aborda terrenos en los que el autor tiene mayor autoridad técnica.
Entre esos pasajes, menciona una explicación sobre cómo el código tributario estadounidense incentiva de manera perversa la automatización y la destrucción de empleo. Añade además que la alta satisfacción social de Noruega y Suecia no respondería a una supuesta sabiduría nórdica innata, sino a reformas económicas deliberadas aplicadas tan recientemente como en la década de 1930.
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Acemoglu también reconoce que no existe una “respuesta prefabricada” para algunas tensiones del liberalismo. Entre ellas menciona el equilibrio entre la cohesión comunitaria y la apertura hacia quienes son diferentes.
Esa amplitud retórica, de todos modos, deriva en inconsistencias internas. A lo largo del libro denuncia a las élites progresistas liberales de un modo que la reseña considera similar al de los populistas contemporáneos, hasta el punto de afirmar que los problemas del liberalismo llegaron al “punto de ebullición”.
El contraste aparece cuando, después de repasar a pensadores como Rousseau, Hobbes, Locke, Mill, Kant y Voltaire, admite que el propio liberalismo fue una invención de una minoría ilustrada. Lo define como “una ideología creada por un grupo de filósofos altamente instruidos”.
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El libro de un economista ganador del Nobel termina siendo, por su forma y por su lugar de enunciación, un ejemplo de esos debates de élite y de arriba hacia abajo que el propio autor considera estériles. La reseña concluye que ese señalamiento no debería incomodarlo, y agrega que una objeción de ese tipo se parecería más a algo que diría un multimillonario de élite como Peter Thiel.
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