Hay un documental que no explica el derrumbe de la Argentina en diciembre de 2001: lo reproduce. Diciembre, del director Lucas Gallo, construye su narración íntegramente con imágenes televisivas de la época, sin voz en off, sin entrevistas, sin análisis retrospectivos, confiando en que el flujo caótico de las transmisiones en vivo de aquel mes tiene, por sí solo, la densidad suficiente para restituir la experiencia del colapso. El espectador no percibe una interpretación del levantamiento popular: percibe el levantamiento popular. Esa apuesta formal —el archivo como presencia, no como ilustración— adquiere una dimensión particular en 2026, el año en que se cumplirán en diciembre, 25 años de las jornadas que dejaron decenas de muertos, cinco presidentes en poco más de un mes y la consigna “¡Que se vayan todos!” como síntesis de una crisis de representación, social, política y económica, sin equivalente en la historia reciente del país. Este sábado en Malba Cine y
La película prescinde de entrevistas, expertos y carteles explicativos intermedios. Su único material es el archivo televisivo restaurado de diciembre de 2001 —en su mayoría proveniente de Crónica TV y del archivo DiFilm—, reorganizado de manera impecable por el montajista Fernando Epstein con diseño sonoro de Daniel Yafalián. El film recorre el período comprendido entre el 1 de diciembre de 2001 y el 3 de enero de 2002, cuando la sucesión presidencial se estabilizó con la llegada de Eduardo Duhalde, sin más intervención externa que un cartel al inicio y otro al final que sitúan el marco temporal.
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El director Lucas Gallo no llega a este territorio sin antecedentes. Su documental anterior, 1982, ya trabajaba con parámetros similares: archivo televisivo, ausencia de análisis ex post, confianza en la potencia de las imágenes para articular sentido sin intermediarios. Pero Diciembre radicaliza esa apuesta al eliminar casi por completo cualquier intervención ajena al material original. En una entrevista con la revista Caligari, el director planteó que no cree que el documental deba “dar respuestas y certezas sobre lo sucedido”, y que su función puede ser, antes que eso, la de interrogar el archivo y abrir preguntas. Esa posición atraviesa cada decisión formal de la película y actúa en el beneficio de su impacto.
El relato arranca con el “corralito” —el decreto 1570 que el gobierno de Fernando de la Rúa y su ministro Domingo Cavallo implementó el 1 de diciembre para restringir las extracciones de dinero y contener la corrida bancaria— y avanza, sin pausas explicativas, hacia los cacerolazos, los saqueos, la represión y las renuncias en cascada. La acumulación de imágenes construye el retrato de una medida técnica que se transformó en detonante político: de la restricción al efectivo a la fractura del vínculo entre el Estado y los ciudadanos.
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Las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 ocupan el núcleo dramático del film. El anuncio del estado de sitio, decretado para frenar los saqueos, produjo el efecto contrario: una salida masiva a las calles de sectores que hasta entonces no se habían movilizado. Quienes vivimos esos días agobiantes -y no solo por las altas temperaturas propias de la época- no podemos dejar de sentir cierta incomodidad (¿A esto llegamos?) e incluso la incredulidad propia del paso del tiempo (¿Esto pasó de verdad?). Diciembre presenta aquel discurso del presidente De la Rúa como parte de la secuencia televisiva, seguido de inmediato por imágenes de las cacerolas como instrumento de protesta y multitudes desplazándose hacia plazas y avenidas de la ciudad de Buenos Aires, en un montaje que hace visible la correlación entre la palabra oficial y la respuesta de la calle.
Los cacerolazos que el film registra no eran un fenómeno nuevo en Argentina, pero en 2001 adquirieron una escala sin precedentes. Estudios académicos relevados por la hemeroteca digital Redalyc señalan que el bienio 2001-2002 constituyó el período de mayor presencia de cacerolazos en la historia reciente del país: mientras el promedio anual de la década previa fue inferior a los 100 eventos de protesta, durante esos dos años se superaron los 1.000 casos. El documental hace visible esa transformación al mostrar protestas en barrios de clase media (en el barrio de Belgrano por ejemplo, en “Cabildo y Cacerolazo” bromeaba por aquellos años Andrés Calamaro), en esquinas alejadas de la Plaza de Mayo y en plazas de distintas ciudades, conviviendo con escenas de saqueos y declaraciones de dirigentes luego de reuniones convocadas de urgencia.
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“¡Que se vayan todos!” no es solo un eslogan en Diciembre: es el eje que el montaje construye sin enunciarlo como tesis. La consigna aparece en carteles, pancartas, grafitis y declaraciones espontáneas captadas por la televisión, donde manifestantes expresan su rechazo a políticos “de cualquier partido”. La sucesión de cinco presidentes en poco más de un mes —De la Rúa, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Camaño y Eduardo Duhalde— se convierte en elemento narrativo poderoso: se suceden las imágenes de juramentos y conferencias de prensa con escenas de protestas que continúan pese a los cambios de personajes, transmitiendo la sensación de que el rechazo no se agotaba en la caída de un presidente.
El trabajo de montaje y diseño sonoro es, en ausencia de narrador, la escritura política del film. La edición de Epstein decide qué imágenes se suceden, qué fragmentos de sonido se superponen, cómo se construyen las transiciones entre escenas que en su emisión original podían estar separadas por horas. Al colocar el anuncio del corralito junto a escenas de ahorristas desesperados y cacerolazos, o al yuxtaponer declaraciones supuestamente tranquilizadoras de funcionarios con imágenes de represión, el film construye interpretaciones implícitas sobre la desconexión entre discurso oficial y realidad social sin necesidad de enunciarlas.
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Lucas Gallo planteó que su labor consiste en “interrogar las imágenes, ofrecerles nuevas conexiones y devolver al público la potencia original de un material que todavía hoy sigue interpelando”. Esa declaración describe con precisión lo que Diciembre hace: no explica el sentido de la crisis, sino que lo reactiva, dejando que sean las imágenes de 2001 las que formulen preguntas sobre representación, violencia estatal y legitimidad institucional que el tiempo no ha vuelto abstractas.
*Diciembre se proyecta este viernes 31 de julio a las 22 en Malba Cine (Av. Figueroa Alcorta 3415) y los viernes 21 y 28 de agosto, 4, 18 y 25 de septiembre a las 20 en Arthaus Central (Bartolomé Mitre 434).
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