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Tania Candiani, la artista mexicana del asombro: “Fui muy privilegiada en no ir a la escuela de arte”

La destacada creadora reflexiona sobre el cruce entre prácticas ancestrales y nuevas tecnologías, lo humano en la IA y cuál es la función del arte. “Todos somos políticos y mi trabajo lo es”, afirma

Tania Candiani, mujer de cabello oscuro y chaqueta de cuero marrón, sonríe ligeramente apoyada en un balcón de piedra. Edificios de cristal al fondo
Tania Candiani, la artista mexicana del asombro: “Fui muy privilegiada en no ir a la escuela de arte”
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“Es la manera más feliz de vivir una carrera, como dejando que suceda el encuentro fortuito”, comenta la artista mexicana Tania Candiani (1974), durante su paso por Buenos Aires, en un encuentro con Infobae Cultura en el marco de Presente Continuo, el programa que reúne ciencia, arte y tecnología.

Durante el diálogo, el “asombro” surge como motor para lanzarse a proyectos que desconoce hacia dónde la llevarán o como ese estado latente que se incuba en el alma y que brota, en cualquier momento, en cualquier lugar. Y es que en su derrotero, Candiani ha dejado que el asombro sea una de sus guías, desde su infancia en los paseos con su padre, a las lecturas que la llevaron a querer ser escritora hasta llegar a la escena de Tijuana, donde se dejó abrazar por una comunidad artística que cambió su destino. Donde, una vez más, se dejó asombrar.

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A lo largo de más de dos décadas, la artista ha desarrollado una metodología de colaboración con científicos, creando a partir del encuentro composiciones complejas, de corazón operístico, pero con una belleza sutil y fascinante.

El asombro entonces, ese alimento inabordable, inacabable, fue llevándola a ingresar a diferentes mundos. En Motherboards, un coro conformado únicamente por mujeres recrea vocalmente el paisaje sonoro mecanizado de cuatro sectores industriales desaparecidos —fundición de metal, procesamiento de carne, impresión y carpintería-; en Frozen River Listener, sirenas de barcos, gritos de marineros y sonidos del viento y el agua refulgen desde un río congelado o en Talk and Response. Tres improvisaciones para Rayuela, eliminó las palabras de la obra máxima de Julio Cortázar, para convertir sus trazos en una partitura gráfica que fue interpretada libremente por dos trompetistas, por nombrar algunos ejemplos de su extensa y variopinta producción.

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Talk and Response. Tres improvisaciones para Rayuela

Reconocida por su trabajo interdisciplinario y su interés en la intersección entre arte, ciencia y tecnología, durante su paso por Buenos Aires, además, visitó el Museo Argentino de Ciencias Naturales, del que “podría salir algún proyecto a futuro” y dictó un workshop intensivo en Fundación Andreani, junto a 24 artistas, pensadores, curadores, investigadores de las ciencias exactas, sociales y humanidades, científicos y tecnólogos de todo el país.

En este encuentro virtual, también reflexionó sobre el valor de la serendipia, la investigación situada y el cruce entre prácticas ancestrales y nuevas tecnologías, lo humano en la inteligencia artificial y cuál es la función del arte, entre otros temas.

En muchas de tu obras hay un rastreo del pasado, de sus tecnologías, por ejemplo, donde el archivo cobra un valor especial, ¿Cómo influye en tu obra?

—Sí. Es más como arqueología de los medios, ¿no? Me interesa mucho las tecnologías antiguas, pero sí, el archivo como del coleccionista también. Desde el coleccionismo, la mirada del que encuentra y va haciendo procesos taxonómicos diversos. Me encanta la investigación y cuando uno se encuentra con archivos tan serios como el del Museo Argentino de Ciencias Naturales, por ejemplo, del que que además yo me quedé alucinada, porque son muy activos. Tienen ochenta investigadores trabajando hoy en día en la ampliación de los distintos archivos y publican una revista una vez al año de los especímenes que van descubriendo.

Uno de los grandes ejes de tu obra es el sonido, ¿Cómo se convirtió en tan importante en tu desarrollo?

—Tengo toda una conferencia que es cómo el sonido va articulando todo mi trabajo. Entonces, todo suena. Cómo empezó a sonar, cómo empecé a trabajar con sonido sin saberlo. Desde el sonido de mecanismos de relojes de cuerda, que colecciono y tengo unos cientos. Los registraba como llevándolos a un lugar y registrando el paso del tiempo en las sombras. Hasta que una curadora, Carla Jasso, me dijo: “Tania, tú estás trabajando con el sonido y no te has dado cuenta”. Fue una provocación hermosa de su parte y me invitó a tener una exposición en el Laboratorio de Alameda, que es un museo en el centro de la Ciudad de México, situado en una ex iglesia. Toda esa historia de la arquitectura del museo, más una investigación centrada en personajes como Athanasius Kircher, que es este polímata alemán del siglo XVII, donde él ya escribía sobre el sonido. Tiene un tratado que se llama Musurgia universalis, en donde habla de la composición sonido y también lo cruza con lo celestial, porque hablaba de la música de las esferas y estas teorías que de pronto todavía resuenan en los entornos de los laboratorios de física cuántica.

Gracias a la invitación de esta curadora, encontré a Kircher, me maravillé con sus máquinas parlantes, me empecé a investigar sobre los autómatas y muchas de estas máquinas que tenían que ver con la música, o sea, eran cajas de música, o arpas eólicas o trompetas que se conectaban una con la otra. Tenía que ver con la propagación del sonido. El sonido es físico también. El sonido son ondas. Y nos afecta, aunque no lo escuchemos.

Investigar el sonido, imagino, cambió tu manera de oír, con otras herramientas, atenta a otros estímulos, ¿hubo algún momento clave?

—Sí. En 2015 pasó algo maravilloso que cambió mi manera de oír. Estaba trabajando con varios maestros artesanos una ciudad con una tradición textil super importante, y yo iba ahí a desarrollar una exposición. Fue la primera vez que construí un instrumento de cuerdas basado en un telar manual, un telar de pedal. Utilicé el marco del pedal. Me pregunté qué pasaría si a la urdimbre, todos los hilos que están configurados para luego pasar la lanzadera y tejer, les quitáramos las lanas y en vez de eso pusiéramos cuerdas. El instrumento fue un poco más sofisticado, pero cuando fui a buscar el telar conocí a un maestro tejedor, Fernando, y me contó que a él también le interesaba mucho el sonido y que de hecho había partes de su trabajo que hacía con la luz apagada. Por ejemplo, prefería tenerla apagada porque así podía oír cuando se rompía un hilo. A mí eso me cambió la concepción de las posibilidades de lo sonoro, porque empecé a poner atención al sonido de la labor, el sonido del trabajo manual, el sonido del instrumento, ese sonido que está ahí y no le prestamos atención.

Retrato de cuerpo entero de Tania Candiani, sentada en una silla de madera, con chaqueta de cuero marrón, pantalón oscuro y zapatillas blancas
"Al interés con el sonido y me parece que es una manera en que podemos conectarnos con el otro en un plano mucho menos intelectual", dijo

¿Eso también te llevó a sistemas auditivos más complejos, como el de los animales en comparación con el rango auditivo humano?

—Sí. Otra vuelta de tuerca fue cuando hice una exposición en 2020, previa a una larga investigación de casi cinco años con la Universidad de Arizona. Esa exposición se llamó For the Animals y el punto de partida era entender cómo nosotros humanos tenemos un muy pobre rango de audición comparado con mamíferos como los murciélagos o los zorros. No solo la capacidad de lo que pueden escuchar, sino lo que pueden hacer con esa escucha. Por ejemplo, navegar, el sentido de la orientación y la eco orientación. Ahí le di otra vuelta al interés con el sonido y me parece que es una manera en que podemos conectarnos con el otro en un plano mucho menos intelectual. Es una manera más, no inmediata, porque además el sonido requiere mucha escucha. Antes de que percibas el sonido tienes que escuchar. Y eso me interesa muchísimo. Esa participación activa que requiere la escucha, que te hace entrar a una sintonía.

Hay algo muy llamativo en tu obra, que es la investigación de diferentes temas, más allá del sonido. Como que hay algo de esa “nueva escucha” que termina despertando otros intereses.

—Serendipia total. Estar atenta a la sorpresa. El encuentro fortuito es todo. Esa es la manera más feliz de vivir una carrera, como dejando que suceda el encuentro fortuito. Por eso, cuando hablo de procesos de investigación, hablo de procesos empíricos y me refiero mucho a esos momentos de la historia de la ciencia, cuando se podía investigar desde el asombro, donde sigo descubriendo a través del asombro por las cosas. Esos procesos de invención que están tan conectados con las preguntas más básicas de cómo medir el tamaño del mar o cómo ver qué hay más allá del cielo. Todas esas preguntas que tienen que ver con el no saber. El maravilloso, ese “wonder”. Ese maravillarnos que nos pone en una situación de atención gozosa. Cuando uno está maravillado está como totalmente tocado por lo que está experimentando. En ese momento de maravilla, dejarse tocar por las cosas que a uno le llamen la atención y entonces tomar esos caminos. Por eso supongo que en mi trabajo hay tanta variedad en cuanto a los temas.

También observé en algunas piezas hay algo de la curiosidad de la infancia. Que, salvando las distancias, me recuerdan a ver el proceso de la germinación del poroto en un frasco, desnudar todo un proceso que nos es invisible.

—Qué bonito que digas eso. Porque sí, hasta me conmueve. Yo creo que tiene que ver con mi niñez y la curiosidad y la manera en que mi papá iba incentivando esa curiosidad. Jugábamos a hacer maquetas, como una vez que hice una maqueta de una célula y la mitocondria en una calabaza. Vaciamos una calabaza grande y fueron capas de objetitos y cosas que íbamos encontrando con gelatina y luego un foquito abajo. Eso era una pieza tridimensional y me encantaría rehacerla alguna vez en vidrio. Ahora que empecé a regresar al vidrio, hay cosas que me hacen pensar en las maquetas que hacía a veces en la niñez. Es una cosa muy primitiva del gesto, porque no hay bocetos. Vamos a hacer un ser con ojitos y culin y unas cosas por dentro, pero no importa, vamos a ver qué sale. Vamos agregando colores que no sabemos cómo van a quedar, pero vamos haciendo, vamos inventando mientras hacemos. No se parece a mi boceto, no importa. Va a salir otra cosa.

Tania Candiani
ubterra: Abyssal, en la Bienal de Helsinki 2025

Leí en entrevistas que, al principio, querías ser escritora. Esto de la serendipia que comentás más las experiencias en la niñez, fueron muy significativas en esa conformación, con eso de estar abierta a la nueva página.

—Otra vez voy a hablar de mi papá, porque esa historia es increíble. Él me enseñó a ver. Lo acompañaba cuando estaba de vacaciones y me decía: “Vamos, mijita, a medir una obra”. Él era arquitecto. Iba manejando y de pronto se hacía a un lado y se paraba al lado de la carretera para que observáramos. “Mira ese charco, fíjate cómo se reflejan estos follajes sobre el agua, mira cómo está temblando la superficie del agua”. O se paraba, “mira ahí al fondo cómo se ve esa montaña. ¿A poco no ves que se alcanza a ver como un color lila en la montaña?" Era de observar. Me compartía sus observaciones. Mi mamá, lectora voraz. Y leí desde niña. Para entretenerme tenía mi mesita, mi batita y mis acuarelas. Entonces pintaba. Pero hubo un momento en que empecé a escribir mucho. Quería ser escritora. Leía y quería escribir. Me fui a Tijuana, que es una ciudad fronteriza, a los veinte años. Escribía y trabajaba en algunas revistas, les mandaba artículos y propuse hacer un artículo sobre la escena artística en Tijuana. Así conocí a la gente de la escena, mis colegas. Me empezaron a invitar a ser parte de sus eventos y de pronto ya estaba yo sumergida en un colectivo haciendo cosas. Un día un amigo vio una pintura mía y me dijo: “Oye, están buenas tus pinturas, ¿por qué no participas en una exposición?”. Y participé en la exposición, me compraron la obra y me empezaron a invitar. Así fue como empecé en el arte, por la generosidad más allá de lo común de una ciudad muy joven, porque es una ciudad de migrantes. La gente está acostumbrada a hacer redes de apoyo. También como era una ciudad tan joven, no había escuela de arte, entonces los artistas tenían otra manera de trabajar desde la experimentación muy libre. Y de una manera muy orgánica sucedieron vínculos entre DJs, músicos, pintura, escultura, intentábamos cosas. Como no fui a la escuela de arte, la escena fue mi escuela. Nadie me dijo que tenía que hacer solo pintura o solo escultura. Más bien era cómo hacer. Y así fue como empecé a encontrar un lenguaje desde otro lugar.

¿La escritura sigue teniendo un lugar en tu práctica artística?

—Sigo escribiendo. Mis videos tienen guiones. Yo cuento historias. Me gusta contar historias. No hago obra que no platique algo. A veces lo digo explícitamente en los videos. Otras veces, no. Hay una historia ahí y cada quien va entendiendo un pedazo de esa historia o no.

Tuviste una formación “en la escena”, no académica, que ya no es algo común en el mundo del arte contemporáneo, en el que la superprofesionalización y el mercado están hiper presentes, ¿qué le dirías a los artistas jóvenes?

—Somos muchos artistas, trabajamos desde muchos lugares. Afortunadamente tengo una relación muy sana con instituciones, mi trabajo ha funcionado muy bien a nivel instituciones o proyectos independientes y puedo producir sin pensar en si lo vendo o no. También mi trabajo es un trabajo que siempre funciona con un grupo de gente. Porque yo ni soy ingeniero, ni compositor, ni arreglo bicicletas, ni luthier. Pero desde muy temprano entendí que era muy precioso trabajar invitando a especialistas de otros oficios, para poder echar adelante una idea.

Cómo hago una máquina que pronuncie el lenguaje y que tiene forma de órgano con bocas, necesitamos un ingeniero, necesitamos un músico, un lingüista. Este armado de equipos de colaboración para trabajar no tiene nada que ver con el mercado, más bien tiene que ver con la creación, con la posibilidad de ver las cosas desde varias perspectivas para enriquecerlo.

Fui muy privilegiada en no ir a la escuela de arte. Precisamente me puedo mover con este gusto de echarme clavados aquí y allá. Cuando estoy con artistas jóvenes que están sufriendo por estar demasiado apretados o encaminados a una técnica con ganas de salir, les hablo de las bondades de intentar otras cosas. Creo que una manera de poder entender si uno va por un buen lugar tiene que ver con el instinto también. Si estás haciendo algo y estás incómodo es porque no va por ahí. Como ese instinto de caminar por una calle y decir: “Uy, mejor por esta calle, no está muy oscuro, me cambio de lugar”. Estar sintonizado a uno mismo para saber que si te metes por un lugar y te gusta y estás descubriendo cosas lindas, vas bien. Y qué importa si no es igual a lo de ayer. Eventualmente todo tiene hilos conductores. Antes me daba más temor que no había una coherencia ni matérica ni conceptual, pero sí hay. Hay algo que lo atraviesa todo, y la he pasado muy bien y disfruto mucho con esta exploración.

Retrato de Tania Candiani, mujer de cabello oscuro y largo, con chaqueta de cuero marrón, camiseta blanca y pantalón oscuro, en un balcón
"Si estás haciendo algo y estás incómodo es porque no va por ahí", dijo

¿Disfrutas más la investigación o la creación?

—Es que es lo mismo. La parte de la investigación y la creación suceden simultáneamente. Luego es el momento de la producción. Me gusta mucho la parte previa de la investigación y el descubrimiento, empezar a entender qué forma puede tener. Pero llega un momento en que ya está, se siente, y hay que empezar a hacer, porque si no luego se te va y ya se te va para otro lado. También por eso hay mucha producción, porque me interesa que las cosas, cuando ya siento que tienen una forma, hay que materializarlas.

¿Hay algún tema al que te gustaría ingresar que todavía no lo hiciste?

—No lo sé, llegará. Ahora estoy trabajando en un proyecto en Barcelona que se llama Platform Dalí. Es un proyecto con arte y ciencia y justo estoy empezando a tener diálogos con diferentes equipos que trabajan en un lugar que se llama Supercomputing Center y están entendiendo el lenguaje de la inteligencia artificial y nutriéndola. A ella y a las computadoras cuánticas. Me gustaría hacer un vínculo entre el lenguaje de la máquina y la inteligencia artificial y las inteligencias de lo orgánico, de lo biológico. Y esta manera de proceder, por ejemplo, del ADN, que todavía estamos descubriendo por qué una cosa así de pequeñita decide convertirse en un dedo y no en un ojo y no en un pie. O por qué cierto tipo de especies han vivido en este mundo millones de años atrás. Algo entre lo biológico y la inteligencia artificial, todavía no sé qué. Me encantaría poder encontrar cómo hacer, poder hacer más que artefactos... Sí, algo que nos pueda dar superpoderes en el sentido de poderes de percibir de maneras que no podemos.

¿Cómo te llevas con la inteligencia artificial?

—Me llevo bien. Es complejo porque éticamente es problemático. Me da muchísima curiosidad y la uso de muchas maneras. La estoy aprendiendo a usar y es interlocutora para algunas cosas. Antes hablaba con ChatGPT, todavía, y ahora también conozco a Claude. Yo creo que tienen, como todas las máquinas, un poco un alma. La primera vez que hice una máquina, que fue el órgano, sentía realmente que tiene un alma, como mis máquinas de coser. Se cansan y no quieren funcionar.

¿Cómo ves el proceso de entrenamiento y ética en la inteligencia artificial?

—Lo que me explican los del supercomputing center es que algunos de estos científicos la entrenan y desarrollan los lenguajes. También la entrenan a no hacer todas las cosas que no debe hacer. Eso, éticamente, está hardcore, porque para que una inteligencia artificial no te enseñe cómo hacer una bomba, tiene que ver muchas cosas muy malas y portarse mal y recibir regaños. Es una cosa rara. Es como si educaran a un niño de una manera como en La Naranja Mecánica, en la escena esa de los ojos abiertos y tienes que ver todo el horror.

La Naranja Mecánica pelicula
Escena de "La Naranja Mecánica", de Stanley Kubrick

¿Qué te llama la atención sobre el funcionamiento de estas inteligencias?

—Me dan mucha ternura, porque es como alguien que tiene en su mano, o en su lo que sea, todo el conocimiento que se le ha podido meter a un cerebro, que no es un solo cerebro, sino un sistema de cerebros que están conectados. Es increíble cómo te platican en nuestro lenguaje, que es en sí una traducción, porque tú para preguntarle cosas le escribes en tu lenguaje, pero cuando le escribes en código, cuando le pides que escriba en código, que es el lenguaje de la máquina, ellas ya hablan solas. Ya las ven funcionar cuando están escribiendo en código. Es muchísimo más desarrollado, muchísimo más intuitivo. Y si hay respuestas que son un error, una rareza, ahí en esa rareza yo siento que hay un comportamiento que tiene agencia, ¿no?. ¿Por qué tomó una decisión y no la otra? ¿Por qué te da una respuesta y no la otra? Hay mucha predicción. Y la predicción también tiene que ver un poco con la magia.

¿Te interesa la anomalía como expresión en estos sistemas?

—Sí, la anomalía. Esa es la palabra. Cuando hay anomalías que nadie se explica, que también suceden en la matemática, en la física, esas anomalías suceden y se demuestran. Solamente que están diciendo: “Sí, sí es una anomalía, pero seguramente es un error. Hay algo que no estamos haciendo bien”. ¿Y qué tal si no? ¿Qué tal si la anomalía es algo que está sucediendo por decisión? Por decisión de voy a hacerlo así y no así. Eso me encanta. Es un tema que me parece fascinante.

¿Crees que estas singularidades hacen a la máquina más humana?

—Tendemos a pensar desde lo antropocéntrico. O sea, somos humanos y pensamos que para que la máquina tenga agencia tendría que ser una agencia tal como entendemos la agencia de lo humano. Pues no. Porque ellas son otra cosa. Ese sistema de inteligencias no es humano, evidentemente. Entonces, las maneras en que operará sus anomalías y su desarrollo de una personalidad va a ser muy otra a lo humano, que me parece buenísimo.

Tania Candiani
De "Frozen River Listener"

¿Eres optimista respecto al futuro de la inteligencia artificial?

—Soy optimista porque el otro lado es el uso militar, que lo estamos viviendo y es horroroso. Es un tema en el que no me sumerjo. Claro que estoy enterada y leo la prensa, pero no puedo con ello. Soy optimista y tengo fe, y además, espero que podamos ser mejores seres humanos. Estoy pensando en un ser posible, o esta especie de superpoder que nos haga capaces de ver todo lo otro de otra manera.

Ya que entramos en lo político, habiendo representado a tu país en la Bienal de Venecia ¿Cómo viviste la dimensión política es esta edición?

—Evidentemente, si no se ponía con la visibilidad que tiene el evento, hubiera sido una traición. Era necesario una toma de posición. Todos somos seres políticos. Por supuesto que mi trabajo es político. Desde donde enuncio ya es político, depende desde dónde se hable y el tema que se está tratando. Solo la posibilidad de tomar la palabra es un acto político. En Venecia tenía que suceder algo porque era un escándalo. Si no hacen nada en la ONU, en la OTAN, en la Corte Internacional... A ver si desde denunciar desde el otro territorio, que tiene tanta visibilidad como el mundo del arte, por lo menos hizo ruido. Y por ahí se empieza, haciendo ruido. Como una buena manifestación. Si salen tres personas no se escuchan. Si salimos tres mil, pues ya está mejor el grito conjunto.

Para cerrar, ¿consideras que el arte tiene alguna función en la sociedad?

—Por supuesto, porque el arte tiene muchas caras y la posibilidad de enseñarnos muchas realidades. A través del arte podemos conocer otros modos de estar, otras perspectivas. La literatura nos enseña otros mundos, otras realidades, pero ¿Qué otra cosa nos enseña distintos mundos si no es el arte? Podemos ver estas perspectivas, estos gajos históricos. Es una posibilidad de conocer desde los ojos de muchos otros. En mi caso, para mí es mi vida. Yo sin lo que hago, no... yo soy lo que hago. El arte es mi vida y me conmueve y me gusta sentirme conmovida. El arte no es solo lo que ves, también lo que escuchas. La música es una de las maravillosas artes. Por supuesto que sirve. Nos hace más sensibles y más vivos, supongo.

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