
En septiembre de 2025, desde la tribuna de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente de Argentina declaró ante el mundo que el Estado no crea riqueza, sino que la roba y la destruye. Era una frase extraña para cruzar un océano y llegar hasta una sala llena de jefes de Estado, y aún más extraña porque, estrictamente hablando, no era suya. Una versión de la misma había sido plasmada más de un siglo y medio antes por Juan Bautista Alberdi, el abogado y panfletista tucumano cuyo proyecto de 1852 se convirtió en el esqueleto de la Constitución argentina. Alberdi había escrito, en 1854, que el robo privado es el más débil de los enemigos a los que se enfrenta la propiedad, ya que esta puede ser expoliada por el propio Estado en nombre del bien común. Pronunciada con un grito ronco en un programa de televisión nocturno, la idea habría pertenecido sin lugar a dudas a Javier Milei. Expresada en la prosa sobria de un economista del siglo XIX, pertenecía al hombre al que Milei ha elegido, con más insistencia que ningún otro presidente argentino de los que se recuerdan, como su precursor. Patricia Kolesnicov, periodista de Infobae, abre su nuevo libro con la colisión de esas dos voces, y el resto de la obra es un intento de averiguar quién, exactamente, está hablando.

Cuando Milei, recién elegido, anunció que Argentina volvía a las ideas de Alberdi, de los padres fundadores que en treinta y cinco años habían convertido un país de bárbaros en una potencia mundial, la frase quedó flotando en el aire de aquellas semanas desorientadoras, y varios periodistas, entre ellos Kolesnicov, se apresuraron a averiguar qué había dicho realmente Alberdi. Su libro es el relato de esa búsqueda, convertida en método. Leyó y luego entrevistó a los que sí han leído en profundidad a Alberdi, y las entrevistas son la columna vertebral de la obra. Fernando Devoto, Eduardo Zimmermann, Darío Roldán, Julio Djenderedjian, Marcelo Ramal, Alejandro Herrero, Félix Lonigro, Andrés Gil Domínguez y, en representación de lo que ella define como la visión libertaria oficial, Alberto Medina Méndez y Daniel Pereyra. Entre las entrevistas inserta breves interludios que denomina “textos de Alberdi”, pasajes del propio hombre. Es una estructura generosa y reveladora, porque lo que pone de manifiesto, capítulo tras capítulo, es que no existe un único Alberdi.
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En defensa del obrero que mató al patrón
Hay un Alberdi joven y otro mayor, un Alberdi de la república y un Alberdi tentado por una corona, y el verdadero drama del libro es el descubrimiento de que esta multiplicidad no es un defecto de la lectura, sino la verdad del hombre. En 1842, exiliado en Montevideo y ejerciendo como abogado, Alberdi defendió a un joven ayudante de panadero llamado José León, que había matado al hombre que lo había despedido y se negaba a pagarle lo que le debía. En la defensa, Alberdi recurre a los economistas de su época y escribe que el salario impone al trabajador una especie de esclavitud frente al capitalista, y que los partidarios de la libertad persiguen en todas partes una revolución en la distribución de la propiedad. Esto ocurre una década antes de las Bases, y no es la sentencia de un hombre que más tarde se convertiría en el tótem del anarcocapitalismo argentino.
Luego está el Alberdi que, al organizar un Estado mediante la Constitución, garantiza la enseñanza pública gratuita, financiada de forma irrevocable con fondos nacionales, y el Alberdi que, décadas más tarde, observa las sociedades sajonas y se maravilla de que, cuando quieren una obra pública, se reúnan, deliberen y la construyan ellos mismos, sin esperar a que un gobierno lo haga por ellos. En la conferencia de 1880 Omnipotencia del Estado, parece que les está diciendo a sus compatriotas que, si quieren puentes y cloacas, pueden construirlos ellos mismos, que es más o menos lo que diría un candidato llamado Milei desde un escenario ciento cuarenta años después.
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Y luego está el Alberdi que preguntó de qué le servía al hombre común saber leer. Este es el pasaje que da título a uno de los capítulos, y es el que debería hacer reflexionar a cualquier admirador. Alberdi quería educación, y educación pública además, pero una educación práctica, una educación para el trabajo, porque la enseñanza primaria impartida al pueblo había sido, en su opinión, más perniciosa que útil. La lectura solo acercaba al hombre del pueblo al veneno de la prensa electoral, que contamina y destruye más que ilumina. Kolesnicov no puede resistirse a señalar que esto lo dice un hombre que había formado parte de una revista con el moderado título de Muera Rosas, donde los colaboradores publicaban delicias en verso instando a hombres, niños y mujeres a gritar “¡Muerte al tirano!”. El fundador, que desconfiaba de un pueblo alfabetizado, había sido, en su juventud, una de las plumas más incendiarias de la sala.
Los demás historiadores profundizan en la multiplicidad en lugar de resolverla. Julio Djenderedjian plantea que Alberdi se formó con los sectores populares en armas, es decir, a través de la movilización y la violencia y la acción desordenada de esa misma gente que el mito ordenado prefiere dejar de lado. Fernando Devoto aborda la cuestión demográfica y afirma lo que realmente encierra la célebre fórmula de Alberdi de que “gobernar es poblar”: que el objetivo era importar a la Europa civilizada y anglosajona, y no a cualquiera. Aquí es donde reside el Alberdi más incómodo, aquel que clasificó a los pueblos de la tierra y consideró que la mayoría de ellos dejaban que desear, quien escribió sobre los indígenas, los negros y los chinos con un desprecio que un lector atento no puede disimular.
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Alejandro Herrero, en lo que respecta a la educación, recupera el núcleo utilitarista del fundador, la convicción de que la instrucción pertenece al mundo del trabajo, lo que replantea la famosa cuestión sobre la población lectora como algo más que una simple reacción: Alberdi quería un país capacitado para producir y desconfiaba de una alfabetización que, en cambio, generara opinión. Ninguno de estos Alberdis anula a los demás. Se acumulan, y la acumulación es la clave.
Lo que mantiene unidos a estos “Alberdis” no es la doctrina, sino las circunstancias, y es aquí donde los historiadores de Kolesnicov realizan su labor más útil. Eduardo Zimmermann, especialista en el pensamiento liberal del siglo XIX, le advierte contra el anacronismo de asignar etiquetas ideológicas bien definidas a los actores políticos del siglo XIX latinoamericano, cuya norma era la fusión de ideas procedentes de múltiples fuentes en algo ecléctico más que puro. Estos hombres no estaban construyendo sistemas para las aulas. Estaban improvisando la autoridad entre los escombros que dejaron el imperio y la guerra civil, intentando al mismo tiempo construir un Estado lo suficientemente fuerte como para mantener unido al país y limitar ese Estado para que no devorara la libertad que se suponía debía proteger. Alberdi vivió en medio de esa contradicción y nunca la resolvió, porque no podía resolverse, solo gestionarse. Zimmermann plantea que el duro núcleo anarcocapitalista del mensaje libertario habría horrorizado a Alberdi, quien nunca creyó ni por un momento que el Estado debiera disolverse. El fundador fue un constructor. Fuera lo que fuera además, intentaba hacer que existiera un Estado donde casi no había ninguno.
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Un salto hacia atrás
Patricia Kolesnicov recurre al ensayo Kafka y sus precursores de Borges, y el reflejo es totalmente acertado. La afirmación de Borges de que cada escritor crea a sus precursores, de que una obra modifica nuestra concepción del pasado tanto como modificará el futuro, no es aquí una mera decoración. Es el principio rector de todo el fenómeno. Milei no hereda a Alberdi. Le da poder y, al hacerlo, lo transforma. El Alberdi que ahora recorre el discurso político argentino el del Estado mínimo, las fronteras abiertas y la reducción de impuestos es, en un sentido real, una creación del presente, adaptado a posteriori para legitimar una ruptura situando su origen en un pasado glorioso. Milei da un salto hacia atrás por encima de lo que él llama el “fracaso” y aterriza en un fundador al que tiene que construir un poco para poder aterrizar en él.

El estribillo que surge una y otra vez es que cada uno tiene su propio Alberdi. Un historiador le dice a la autora que acabará teniendo su Alberdi, como todo el mundo, porque el hombre escribió tanto y cambió de opinión tan a menudo que se le puede hacer decir más o menos lo que uno quiera. Y Andrés Gil Domínguez, el constitucionalista, brinda la frase que podría servir de epígrafe para toda la obra: “Desentierra a Alberdi”, le dice, “y el fundador se levantará, echará un vistazo a Milei y lo matará”. Su razonamiento no es retórico. La contribución central de Alberdi, sostiene, fue un sistema representativo, republicano y federal, y cada una de esas tres palabras choca con el presente.
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Frente a este coro, la autora presenta los argumentos a favor de la defensa, y es escrupulosa a la hora de citar sus fuentes. El propio Milei rechaza su invitación para debatir el asunto, diciéndole por mensaje que no puede atreverse a tener una opinión, ya que hacerlo implicaría que se considerara a la altura de un gigante. En su lugar, el presidente la remite a Alberto Medina Méndez, a quien considera la voz libertaria oficial, y Medina Méndez acude acompañado de Daniel Pereyra, que dirige una organización privada dedicada a difundir las ideas del fundador. Su Alberdi es un punto de inflexión en la historia argentina, el hito de un rumbo natural que el país abandonó y al que ahora debe volver a sumarse: más federal, más libre, más próspero, purificado de los caudillos. La formulación de Pereyra es la más audaz: las ideas de libertad, dice, significan volver a la fuente, al camino de la Argentina próspera, el camino del gran Alberdi, el primer Milei. Llamar a Alberdi “el primer Milei” es admitir, con una franqueza inusual, que el objetivo nunca fue comprender al hombre del siglo XIX en sus propios términos. El objetivo era encontrarlo ya con el rostro del siglo XXI.
Hay un momento, cerca del final, en el que el libro confiesa discretamente sus propias simpatías. Uno de los entrevistados desestima a Alberdi con la frase “era un periodista”, dando a entender que sus ideas no eran sólidas, que escribía en el fragor de los acontecimientos y cambiaba de postura según cambiara el tiempo. Kolesnicov, periodista ella misma, reconoce en ese insulto una descripción de un parentesco. La disposición de Alberdi a revisar, a escribir para el momento más que para la eternidad, a tratar las constituciones no como catedrales sagradas erigidas en el vacío, sino como herramientas al servicio de un proyecto de país en un momento concreto, es precisamente lo que lo hace comprensible para una escritora en activo e incomprensible para un movimiento que necesita que sea inmutable.
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Este libro viene a reforzar la idea de la importancia de la lectura de los pensadores nacionales en primer lugar, y ahí es donde se gana su lugar más allá del ciclo de noticias que lo generó. Un país que no lee a sus propios pensadores no se libra de ellos. Simplemente los entrega a quien sea capaz de citarlos a voz en grito. Reconocerse a uno mismo como argentino es ser capaz de leer a estos hombres en sus propios momentos contradictorios, como intelectuales en activo que improvisan una nación, más que como santos o villanos reclutados para las disputas del presente. La idiosincrasia de un pueblo está escrita en los pensadores que elige y en los que malinterpreta, y una ciudadanía que no sabe leer a los originales ha cedido la redacción de esa idiosincrasia a sus presidentes.
[Fotos: Cleo Bouza / Verónica Bellomo para Fundación El Libro y Wikipedia/ William George Helsby]
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