
En el invierno de 1664, los jardines de Versalles fueron testigos de un cataclismo estético y político que cambiaría la historia de la literatura occidental. Jean-Baptiste Poquelin, universalmente conocido como Molière, presentaba ante el rey Luis XIV las primeras versiones de Tartufo, una comedia punzante que osaba desnudar a los falsos devotos, a los trepadores morales y a los directores de conciencia que utilizaban la fe como un trampolín hacia el poder absoluto. El escándalo fue inmediato.
La influyente Compañía del Santo Sacramento, una sociedad secreta de ultra-católicos, presionó al monarca hasta conseguir la prohibición de la obra. Molière tardaría cinco extenuantes años de apelaciones, reformulaciones y batallas retóricas para lograr que su creación volviera a los escenarios de forma definitiva en 1669. Es justamente en el tramo final de esa obra maestra, específicamente en el Acto V, Escena III, donde el dramaturgo desliza esta sentencia: “Los envidiosos morirán, pero la envidia jamás”.
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Para entender el peso específico de la frase, es fundamental analizar quién la pronuncia dentro de la arquitectura dramática de Tartufo. No nace del resentimiento del villano acorralado, ni de la ingenuidad de Orgón, el burgués cegado por el engaño. Quien la dice es Cléante, el cuñado de Orgón. En toda la obra, Cléante opera como el portavoz de la razón, el equilibrio y el humanismo secular. Es el personaje que se niega a polarizar la realidad, el que distingue la verdadera espiritualidad de la puesta en escena mediática.

Cuando el velo de la hipocresía finalmente se rasga y el impostor Tartufo es expuesto ante todos, la familia estalla en un festejo inmediato, creyendo que la caída del monstruo desactiva el peligro. Es allí donde Cléante frena la euforia con una lucidez casi sociológica. Su advertencia es un baldazo de agua fría: el individuo corrupto puede ser derrotado, cancelado o desterrado, pero la matriz psicológica que lo engendró permanece intacta en el tejido de la comunidad. Una frase demoledora, imbatible.
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Esta idea está en el núcleo filosófico que resume la cosmovisión de Molière. A diferencia de los moralistas trágicos de su época, como Jean Racine, o de los aforistas cínicos como el Duque de La Rochefoucauld, Molière no creía en la redención milagrosa de las sociedades ni en la pureza abstracta. Su teatro era un espejo cóncavo destinado a deformar los vicios para hacerlos evidentes, pero jamás bajo la ilusión de erradicarlos. La comedia moliereana funciona porque el público se ríe de su propia condena.

Sabemos que, al caer el telón, el tacaño seguirá contando sus monedas y el hipócrita buscará una nueva máscara en la siguiente esquina. Al afirmar que la envidia sobrevive a los envidiosos, el dramaturgo nos advierte que el problema no es meramente coyuntural, sino de la condición humana. Leída en pleno siglo XXI, la frase adquiere una tracción alarmante. En la era de la sobreexposición digital, los linchamientos algorítmicos en redes sociales y la cultura de la cancelación, el diagnóstico de Tartufo se resignifica.
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Cambiaron las plataformas de Versalles por las pantallas de silicio, pero las dinámicas del resentimiento colectivo siguen operando bajo la misma lógica. Hoy asistimos diariamente a la caída de figuras públicas, líderes políticos o referentes culturales que son devorados por la masa crítica tras un error o una impostura. Sin embargo, en la estructura que celebra ese desmoronamiento —muchas veces disfrazada de justicia o superioridad moral— está la vieja envidia democratizada de la que hablaba Cléante.
Cambian los nombres en las tendencias del día, pero el mecanismo del desprecio permanece inmutable. Por eso la inmortalidad de Tartufo no radica en haber retratado la Francia del Rey Sol, sino en haber descubierto que las sociedades humanas necesitan, de tanto en tanto, inventar un villano para purgar sus propias miserias. Al final del día, la obra de Molière nos sigue interpelando desde el foso del teatro con una verdad incómoda: las pasiones bajas que nos mueven siguen siendo las mismas.
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¿Quién es Molière?
Jean-Baptiste Poquelin, conocido por su seudónimo Molière, nació en París en 1622 en el seno de una próspera familia burguesa, donde su padre ejercía el prestigioso cargo de tapicero real. Aunque estudió derecho y estaba destinado al negocio familiar, su verdadera pasión lo llevó a fundar la compañía teatral El Ilustre Teatro junto a la actriz Madeleine Béjart. Tras quebrar y pasar un breve tiempo en prisión por deudas, pasó trece años recorriendo las provincias francesas como cómico ambulante.
Al volver a París en 1658, conquistó al rey Luis XIV y se convirtió en el dramaturgo oficial de la corte. Escribió, entre tantos éxitos, Las preciosas ridículas, La escuela de las mujeres, El misántropo, El avaro y Tartufo. El 17 de febrero de 1673, mientras interpretaba el protagónico de El enfermo imaginario, sufrió un violento ataque de hemoptisis producto de la tuberculosis. A pesar del dolor, Molière se negó a suspender la función: la terminó entre espasmos y falleció unas horas después. Tenía 51 años.
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