
No se trata de las Invasiones Inglesas del siglo XIX, ni del tema de Charly García en el que en su título - y letra- pedia que “no bombardeen Buenos Aires” a los británicos suponiendo que eso podía ocurrir porque ”.. no nos podemos defender”, en alusión a la Guerra de Malvinas. Hay hechos históricos que concluyen cuando terminan los disparos. Hay otros que continúan viviendo durante décadas bajo formas inesperadas. Cambian los protagonistas, los lenguajes y los escenarios, pero la herida permanece abierta. En la Argentina contemporánea, pocos acontecimientos poseen esa capacidad de persistencia como el ciclo iniciado por el bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955, continuado por el golpe militar de septiembre del mismo año y consolidado por la persecución y proscripción política que marcó buena parte de las décadas siguientes.
Aquel día de junio, aviones de la Armada y de la Fuerza Aérea bombardearon el centro político del país. No atacaban una posición militar extranjera ni una fuerza invasora. En su bautismo de fuego, las fuerzas al mando de los bombarderos North American AT-6 Texan, los Beechcraft AT11 o los hidroaviones Catalina y cazas Gloster Meteor, bombardearon a sus compatriotas civiles. Las imágenes de lo más de 300 cuerpos mutilados sobre la Plaza de Mayo, de trolebuses destruidos, a fin de cuentas ciudadanos de a pie convertidos en blancos de guerra, inicio de la autoproclamada Revolución Libertadora, inauguraron una experiencia inédita para varias generaciones de argentinos: la sensación de que el enemigo podía encontrarse dentro de las propias fronteras.
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Esa ruptura no terminó con el cese del ataque. Continuó durante los meses siguientes mediante más persecuciones, encarcelamientos, fusilamientos y la exclusión política de millones de ciudadanos identificados principalmente con el peronismo. El país ingresó entonces en una larga etapa de confrontación que atravesaría gobiernos civiles, dictaduras militares, crisis económicas y transformaciones culturales. Lo que hoy suele denominarse de manera simplificada “la grieta” posee allí una de sus raíces más profundas.
Resulta llamativo observar que tres de las obras más influyentes de la cultura argentina de la segunda mitad del siglo XX eligieron precisamente entre 1956 y 1957, posteriores al golpe como escenario de sus relatos. No se trata de tres obras semejantes. Por lo contrario, pertenecen a géneros distintos, fueron concebidas por autores de trayectorias ideológicas muy diferentes y apelan a lenguajes completamente disímiles. Sin embargo, todas parecen girar alrededor de una misma perspectiva histórica. En el año que comienza estos días se cumplen 70 años de aquellas verdades o fucciones.
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Se trata de Operación Masacre, de Rodolfo Walsh; El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López; e Invasión, concebida por Jorge Luis Borges junto a Adolfo Bioy Casares con la participación clave del director Hugo Santiago.

Literatura, historieta y cine
Las tres obras en cuestión hablan, de una manera u otra, de una invasión. Las tres tuvieron un correlato audiovisual importante que las hizo trascender más allá de la propia literatura (escrita o dibujada) que le dieron forma inicial y hablan de una resistencia, intentan responder quién ocupa legítimamente una ciudad, una comunidad o una nación y nacen bajo la sombra de aquel 1955.
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Cronológicamente, la primera en aparecer fue la opus de Walsh, que comenzó a reconstruir los hechos vinculados con los fusilamientos clandestinos en los basurales de José León Suárez ocurridos el 16 de junio de 1956 (hace 70 años), cuando un grupo de civiles fue detenido y ejecutado ilegalmente tras una sublevación militar encabezada por el general Juan José Valle contra la dictadura instaurada por la Revolución Libertadora.
La investigación de Walsh constituyó un acontecimiento extraordinario en el periodismo argentino. A partir del hallazgo de sobrevivientes logró demostrar que algunas de las víctimas habían sido fusiladas antes incluso de la declaración formal de la ley marcial o después del término de la misma. El Estado había asesinado ciudadanos fuera de cualquier marco legal.
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Aquí no hay alegorías ni metáforas. No hay extraterrestres ni ciudades imaginarias. El enemigo tiene uniforme, jerarquías, nombres y apellidos. La invasión es la ocupación del Estado por un poder dispuesto a eliminar físicamente a quienes considera adversarios políticos. Sin embargo, incluso dentro de su carácter documental, Operación Masacre comparte elementos estructurales con las otras dos obras. Hay perseguidos, clandestinidad, organización, resistencia y una lucha desigual contra fuerzas aparentemente superiores.
La eternidad y un día
La siguiente aparición, gestada en forma contemporánea, fue El Eternauta, publicado inicialmente entre 1957 y 1959, el año de la Revolución Cubana.
A primera vista parecería tratarse del relato más alejado de la realidad política argentina. Una nevada mortal cae sobre Buenos Aires. Millones de personas mueren. Comienza una invasión extraterrestre y un grupo de vecinos intenta sobrevivir.
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Pero esa lectura superficial se desvanece rápidamente.

La ciudad ocupada es Buenos Aires, los combatientes son ciudadanos comunes, la resistencia surge desde abajo y el enemigo actúa mediante complejas cadenas de mando donde los verdaderos responsables permanecen invisibles. Los cascarudos, los Gurbos y los hombres robot obedecen, pero todos responden finalmente a unos misteriosos “Ellos” que jamás muestran su rostro. La dominación aparece como una estructura distante, abstracta y despersonalizada.
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Resulta difícil no advertir allí una reflexión sobre las formas modernas del poder. El invasor puede encontrarse lejos, puede actuar mediante intermediarios y controlar sin mostrarse. Pero quizás el aspecto más revolucionario de la obra de Oesterheld no sea la invasión sino la respuesta. No existe un héroe individual, no existe un salvador ni existe el genio excepcional que resuelve el conflicto: el héroe es colectivo, la resistencia surge de la cooperación y la supervivencia depende de la solidaridad.
Décadas más tarde, cuando Oesterheld profundiza su compromiso político entra en la acción directa, esa lectura adquiere una resonancia aún mayor. Sin embargo, incluso en la versión original ya estaba presente la idea fundamental: frente a una amenaza de escala histórica, nadie puede salvarse solo.
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Ficción sin ciencia
En el 16 de octubre de 1969, en vísperas del 24 aniversario del Día de la Lealtad peronista (el 17 de octubre), y producida por Goar Mestre, empresario cubano dueña de Proartel (Canal 13), prófugo de la revolución castrista se estrenó Invasión, dirigida por Hugo Santiago a partir de un argumento básico propio y de un boceto de guion (solo 10 páginas) de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.
La acción transcurre en Aquilea, 1957, una ciudad imaginaria que cualquier argentino reconoce inmediatamente como Buenos Aires, donde un pequeño grupo de hombres organiza una resistencia clandestina contra fuerzas invasoras cuyo origen nunca termina de explicarse. Desde el comienzo sabemos que la derrota es inevitable. Los resistentes luchan porque consideran que es su deber hacerlo, no porque crean que pueden vencer.
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La ambigüedad de la película, hoy merecedora de una muy legítima categoría “de culto” por su excelencia narrativa y su impacto visual, ha generado interpretaciones diversas durante décadas.

Borges y Bioy pertenecían a una tradición intelectual marcadamente antiperonista y probablemente el director también. Ambos observaron con desconfianza el ascenso de las masas populares durante el peronismo y recibieron favorablemente, al menos en un primer momento, la caída de Perón. Esa posición vuelve particularmente interesante a Invasión, porque allí los invasores aparecen como una fuerza colectiva que avanza tipo masa a bordo de camiones o a caballo, sobre una ciudad defendida por una minoría organizada. Los hombres de la ciudad de Aquilea representan una cultura, una tradición conservadora y una forma de entender el mundo que parecen destinadas a desaparecer.
Vista desde cierta perspectiva, la película puede interpretarse como la expresión de un temor frente a la irrupción de nuevos actores sociales en el escenario histórico. Lo que para unos constituye una conquista democrática, para otros aparece como una invasión. Lo que para unos es liberación, para otros es amenaza, y allí radica precisamente la riqueza de la obra. No ofrece respuestas sencillas, expone una percepción, expresa un miedo. registra una sensación histórica.
Observadas en conjunto, las tres parecen abrir un diálogo involuntario sobre el mismo acontecimiento fundacional.
¿Quién resiste y quien ocupa?
Operación Masacre muestra la violencia estatal posterior al golpe; El Eternauta transforma esa experiencia en una gigantesca alegoría de ocupación y resistencia; Invasión representa la ansiedad cultural de sectores que perciben amenazadas su zona de confort y su autopercibida superioridad intelectual, sintetizada en su líder, un maestro estoico.
Las tres hablan de invasores y de resistentes, lo único que cambia es la identidad del enemigo. Quizás por eso conservan una vigencia extraordinaria, porque la discusión que las atraviesa continúa abierta. Y surgen las preguntas. ¿Quién invade realmente? ¿Quién representa a la nación ¿Quién posee legitimidad para ejercer la fuerza?, ¿Quién resiste y quién ocupa? Son preguntas que la Argentina se sigue formulando 70 años después.
Resulta igualmente significativo observar el recorrido posterior de estas obras hacia el lenguaje audiovisual.
La primera en llegar al cine fue Invasión en 1969 y no deja de ser simbólico que haya sido precisamente la visión de Borges y Bioy, según tres líneas del propio director, la primera en ser trasladada a imágenes cinematográficas. Apenas catorce años después del golpe en medio de una nueva dictadura con las mismas proscripciones, la cultura argentina ya estaba intentando procesar aquel conflicto mediante una compleja alegoría urbana.
Entre la memoria y la ficción fantástica
La segunda -del cine- fue Operación Masacre. La adaptación dirigida por Jorge Cedrón, con un elenco encabezado por Walter Vidarte, Norma Aleandro y Julio Troxler, entre más, rodada poco antes de la breve -y conflictiva- vuelta de la democracia de 1973, eliminó cualquier distancia metafórica. El relato recuperó los fusilamientos de 1956 y los convirtió en una denuncia política explícita. La historia dejaba de ser investigación periodística para convertirse también en memoria audiovisual. Mientras Invasión sugería y El Eternauta sería cuatro décadas más tarde una manera de representación simbólica, Operación Masacre nombraba. Fue prohibida durante la dictadura.

Y finalmente en 2025 llegó la adaptación más prometedora y postergada. Durante ese paréntesis la historieta pareció imposible de llevar a la pantalla. Diversos proyectos fracasaron (Gustavo Mosquera, Adolfo Aristarain, Lucrecia Martel). Sin embargo, más de sesenta años después de su publicación original, Netflix respaldó, finalmente, una versión de la primera parte con formato de miniserie, dirigida por Bruno Stagnaro, protagonizada por Ricardo Darín. Y ocurrió algo notable.
La historia nacida en la Argentina a finales de la década del 50, cuyo autor y parte sustancial de su familia fueron desaparecidos durante la última dictadura, fue comprendida por espectadores de todo el mundo. La nueva versión trasladó la acción a una Buenos Aires mas contemporánea, como siempre en crisis. Ya no transcurre en la temporalidad original de la historieta sino en un presente reconocible para las nuevas generaciones. Los teléfonos celulares, los automóviles, las relaciones sociales y las referencias culturales corresponden a la Argentina más reciente.
Sin embargo, aquello que permanece intacto es precisamente el núcleo conceptual de la obra. La solidaridad, la cooperación, la organización colectiva, la necesidad de actuar en comunidad, son las frases que más resonaron entre los espectadores esas que no estaban vinculadas a la tecnología ni a los efectos especiales, las de los valores humanos, la reivindicación de la experiencia de los mayores sintetizada en expresiones populares como “Lo viejo funciona”, la importancia del conocimiento acumulado. lo imperioso de construir vínculos, y sobre todo, la idea central que atraviesa toda la obra de Oesterheld: “Nadie se salva solo”.
Tal vez allí se encuentre la conexión definitiva entre las tres producciones.
Tres historias, una historia
Walsh muestra cómo la supervivencia depende de que alguien cuente la verdad. Los hombres de Aquilea sobreviven mientras son capaces de permanecer unidos en la resistencia. Los personajes de El Eternauta sólo pueden enfrentar la invasión actuando colectivamente. Las diferencias ideológicas entre sus autores son enormes. Las conclusiones políticas también, pero las tres obras comparten una misma intuición: los grandes conflictos históricos nunca son enfrentados individualmente, siempre exigen comunidades, organización, memoria.

Por eso resulta posible leerlas como tres respuestas culturales distintas a una misma herida histórica inaugurada en 1955, que atravesó generaciones, produjo fusilamientos, proscripciones y exilios, crímenes de lesa humanidad, una herida que dividió y divide a intelectuales, artistas y movimientos políticos, y que todavía hoy continúa proyectando su sombra sobre la vida pública argentina.
Quizás la paradoja más fascinante sea que la obra aparentemente más fantástica terminó formulando la respuesta más universal. Operación Masacre denunció un crimen. Invasión retrató un temor y finalmente El Eternauta propuso una ética. Y esa ética, nacida en la Buenos Aires traumatizada que siguió al golpe de 1955, terminó convirtiéndose décadas después en un mensaje comprendido en todo el planeta, porque las invasiones cambian de forma, a veces llegan en bombarderos, otras en camiones, incluso bajo una nevada imposible. Pero la respuesta que sugieren estas tres obras sigue siendo sorprendentemente parecidas.
La resistencia comienza cuando una comunidad decide reconocerse como tal. Y cuando comprende que, frente a cualquier forma de ocupación o de violencia, nadie puede salvarse solo.
La patria de los que dejan señales
Las grandes historias argentinas suelen narrar algo más que una época o un conflicto: cuentan, como bien podría decir Borges abstrayéndose de lo ideológico, el recorrido de hombres y mujeres que avanzan dentro de un laberinto cuya forma alambicada nunca terminan de comprender. Los personajes de Operación Masacre, Invasión y El Eternauta, leídas en cualquier orden, apenas alcanzan a ver unos pocos pasos por delante. Sin embargo resisten, testimonian y siguen adelante, como si supieran que la dignidad no consiste en encontrar la salida sino en no abandonar la búsqueda.
Hay algo del ser argentino en esa obstinación. Una mezcla de esperanza y melancolía, de derrota y persistencia. Como en Borges, el laberinto parece interminable y acaso nadie sepa quién lo construyó, o peor: que aún resolviéndolo el que lo logre y paradójicamente vuelva a quedar atrapado, esta vez caminando por una cinta de Moebius. En todo caso, caminantes que siempre dejan una señal para el que viene detrás, sea un sobreviviente, un cronista o un centinela, esté advertido. Tal vez esa cadena de voces sea nuestra verdadera patria.
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