
“No soy historiador”, dice Adrián Pignatelli. “Siempre me gustó la historia, siempre leí historia, desde muy chico, pero no: no soy historiador de profesión”, aclara del otro lado del teléfono. Sin embargo, su tarea consiste en bucear entre documentos, reconstruir biografías extrañas y episodios opacos, para ensayar un texto que traiga del fondo del pasado una verdad sólida. Su último, Temerarios, idealistas y aventureros, editado por Crítica, sello del Grupo Planeta, es, en sus propias palabras, una “galería de personajes”.
“Yo soy periodista. Me recibí en diciembre de 1983 en la Universidad Nacional de La Plata. Con lo de historiador trato de ser cuidadoso. Cursé un doctorado, me falta la tesis”, comenta. El 1992 publicó su primer libro: Balbín, el presidente postergado. “A partir de ahí empecé, en paralelo a mi profesión de periodista, a incursionar en la historia: colaboraba en revistas como Todo es historia, pero hace unos años que publico de forma sistemática en Infobae, donde tal vez encontré un estilo más popular".
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En Temerarios, idealistas y aventureros emerge la historia que no pasó el filtro de la masividad, que no llegó a nuestras retinas con la pulcritud de los grandes próceres. Figuras como Cayetano Silva, hijo de madre esclava, autor de la Marcha de San Lorenzo; Encarnación Ezcurra, la ”Negra Toribia”, esposa de Juan Manuel de Rosas; Juan Bautista Thorne, el “Sordo de Obligado”; Edelmiro Mayer, el “cowboy argentino”; o María Remedios del Valle, niña de Ayohúna, “Tía María”, Madre de la Patria.

“Debajo de los sí o sí de la historia argentina (Moreno, San Martín, Belgrano, Roca, Sarmiento) había todo un cúmulo de gente que hizo muchísimas cosas. A algunos se los recuerda, sí, con calles y plazas, pero no son del todo valorados. No solo a militares o políticos. En el libro trato de hacer un recorrido, que está muy limitado porque sino sería una obra de no sé cuántos tomos, de todos esos hombres y mujeres", dice. En el libro habla de “los que hicieron la patria a caballo, a la luz de una vela y a puro coraje”.
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“Son hombres y mujeres, todos del siglo XIX y principios del XX, que se pusieron la patria al hombro. Más allá de las batallas de San Lorenzo, de Chacabuco, de Maipú, de la Vuelta de Obligado, hay otros hechos más cotidianos de gente que dio la vida, que también merecen la pena contarse”, dice. Por eso el libro tiene esta dedicatoria: “A los que pelearon por un país y ya no están. A los que soñaron con un futuro que nunca vieron. A los que siguen peleando y soñando. Y a los que esperamos”.
“Lo que hizo Tomás Espora, la hazaña de los tres sargentos de Belgrano, el Coronel Pringles que prefería ahogarse antes que rendirse. Gente que estaba dispuesta a hacer todo por la patria. El mismo Laprida, que hasta impugnó su propia elección porque decía que no habían votado todos los que tenían que votar en su provincia. En el primer censo que hace Sarmiento en 1869 la viuda de Laprida se ganaba la vida como planchadora, ¡y era la viuda de un exgobernador! Hoy sería impensado", asegura.
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Es triste el olvido, pero ahí adentro, en el fondo, late un coraje muy singular: el de jugarse la vida por transformar aquella realidad. “Y luchaban por un futuro mejor, aun sabiendo que no lo iba a ver. Así vivieron y así murieron”, dice Pignatelli. “También aparecen personajes que fueron muy criticados, algunos bastante sanguinarios”, y alejándose de la postal cerrada, de la etiqueta concreta, de la estandarización fácil, este escritor y periodista afirma que “todos hicieron nuestra historia”.
Ahora, sobre el final de la conversación, recuerda una escena suya. Hace unos años, no tanto, una tarde cualquiera: corta con el zapping televisivo y se queda en un concurso de preguntas y respuestas. Un muchacho de mediana edad, treinta y cinco años, tenía que adivinar el nombre del prócer. “El de las escuelas, el presidente”, le decía el conductor. No había caso: nunca logró decir Sarmiento. “Yo creo que nuestra sociedad tiene poca relación con la historia”, concluye Pignatelli, reflexivo.
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“El boom de los libros de historia y de la novela histórica —sostiene— forma parte de un descubrimiento que está haciendo la gente de la historia a partir de su propio desconocimiento. Si vos salís a la calle y preguntás qué pasó el 25 de mayo de 1810 y cuál es la diferencia con el 9 de julio de 1816, mucha gente no sabe. Igual es el único país que tenemos estas dos fechas. Pero creo que la gente no conoce tanto de la historia. Por eso ocurre este descubrimiento, este nuevo interés por leerla”.

¿Por qué una sociedad tiene que conocer su historia, qué posibilidad habilita ese viaje al pasado, ese entendimiento con lo que el país fue, con lo que quiso ser? “La historia sirve para no repetir los errores, para saber qué hicieron nuestros gobernantes, para poder copiar lo bueno. Y también, dentro de esos errores, dejar de vivir el país como un Boca-River: morenistas contra saavedristas, unitarios contra federales, autonomistas contra nacionalistas, conservadores contra radicales. Todo es contra de, nunca a favor de”.
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“La palabra grieta se puso de moda hace unos años, pero nosotros siempre estuvimos en una eterna grieta que te impedía avanzar. Es muy triste porque no les importa, incluso les conviene para sus proyectos personales”, dice Pignatelli. Está bien que la historia tenga distintas miradas, que haya historiadores de distintas vertientes, porque da para el debate, da para reflexionar. Pero otra cosa es el uso político, cuando se falsea la historia, cuando se cuentan las cosas como no fueron. Ese es el problema”, concluye.
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