
Hebe Uhart, una de las voces más singulares de la narrativa argentina del siglo XX, construyó en “Del cielo a casa“, título homónimo del libro de cuentos del que es parte, un relato de viaje que no tiene nada de postal turística. La narradora regresa de Italia con los ojos puestos no en el Coliseo ni en el Vesubio, sino en los detalles absurdos, los encuentros fortuitos y las pequeñas verdades que el viaje deja al descubierto: dos malandras disfrazados de legionarios romanos, una perrita llamada Azteca bañada en el baño de un avión, una joven de pueblo que nunca vio el Coliseo aunque vivió siete meses a cien kilómetros de Roma.
Nacida en Moreno, provincia de Buenos Aires, Uhart estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y trabajó como docente en los niveles primario, secundario y universitario. Colaboró con el suplemento cultural del diario El País de Montevideo y dedicó gran parte de su obra a las crónicas de viaje y a los retratos de personajes cotidianos. Adriana Hidalgo editora publicó Del cielo a casa en 2003, y a lo largo de los años siguientes reunió su producción en volúmenes de cuentos, novelas y crónicas completas. En 2017, el Estado de Chile le otorgó el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas por su trayectoria literaria. Falleció en Buenos Aires en 2018.
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El relato que se reproduce a continuación pertenece al libro Del cielo a casa. En él, la escritora despliega su mirada característica: irónica sin estridencia, atenta a lo que otros descartarían, capaz de encontrar en el suelo oscuro de la cabina de un avión —sin plantas, sin luz, solo zapatos y vasos de plástico— una escena que dice más sobre el amor y el destino que cualquier monumento europeo.
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Del cielo a casa
En realidad, uno viaja para ver si son verdaderos el Coliseo, el Vesubio y el Papa en su balcón. Una vez superada la pequeña y pajuerana emoción: “¡Pensar que yo estoy acá!”, se observan algunas cosas: por ejemplo, que el Papa parece más joven desde su balcón; la televisión vuelve más viejos a todos. Viéndolo personalmente, se percibe que su bendición forma parte de una rutina matinal: hay movimiento de gente detrás de los otros balcones. El Coliseo está cerca de una estación de subte llamada Colosseo. Y es un coloso tan grande, tan pétreo y tiene tanta historia que me apabulla. Como no puedo saber toda su historia, lo que pasó en dos mil años a su alrededor, la poca historia que sé me la olvido y me dedico a mirar detalles absurdos, por ejemplo, a dos malandras disfrazados de legionarios o tribunos, que cobran para que los turistas se fotografíen con ellos; no caminan como legionarios: caminan como miserables; uno de ellos no lleva el calzado correspondiente: lleva unas sandalias actuales con medias tres cuartos. Es una zona en la que todo es vaticano; hay un local con un cartel: “Euroclero”; yo creía que era un centro financiero, pero no: era como un supermercado donde vendían sotanas, cálices, manteles y objetos sagrados para los curas de todo el mundo; uno puede ver a un tendero vaticano midiendo una tela morada para un sacerdote africano y, más allá, a otro vendedor envolviendo un cáliz para un religioso coreano. Cerca estaba la “Panadería benemérita del buen gusto”, con su decoración de ángeles sosteniendo pasteles y con pastoras del siglo XVIII entre los bombones. Eso sí, qué bien saben poner a volar a los ángeles, tanto en los cuadros de los pintores famosos como en las decoraciones de la panadería: parecen suspendidos en el aire con una ingravidez que sobrevuela todo, el bien, el mal y los pasteles. Y todas las pinturas de Beato Angélico tienen animales: palomas, unos cuervos, un león alado y, en otra, un hombre leyendo al lado de una vaca echada; apoya el libro sobre los cuernos. Sí, todo eso me gustó mucho, pero no sé distinguir un cuadro original de una reproducción: lo podría haber mirado en mi casa, todo el tiempo que quisiera.
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Después están el pino europeo y las cornejas; yo sabía de su existencia por mis lecturas; nunca me preocupé por saber cómo eran. Y entonces viene la pajuerana emoción: “¡Estoy escuchando a las cornejas!”. Pero después viene otra idea; uno se despide de la plaza pensando que no volverá nunca más; entonces hay que ver muchas cosas que faltan, como un condenado a muerte que come y bebe todo por última vez. Por eso se quieren ver cosas nuevas, pero a los dos o tres días, uno se funcionaliza y dice: “Detrás del Coliseo” o “al lado de las termas vespasianas”, como algo ya asimilado y dejado de lado. Pero uno no viaja para estar como Pedro por su casa, que para eso se queda en su barrio. También me puse a pensar en que yo me podría quedar a vivir ahí, cuando me había acostumbrado a tomar un café en la Mercellina, la estación anterior a la terminal de Nápoles. Ahí leía y el café estaba justo sobre la entrada y salida de trenes; no había casi nadie en las mesitas y del tren bajaban uno o dos, ahí cerca. Esos trenes con compartimientos que tienen algo de salón. Y el cartel de la estación decía: “A Reggio Calabria”, de donde venía. Me dieron ganas de volver a Reggio Calabria para revisarla bien. Yo podría vivir en Reggio Calabria, trabajar en Nápoles; eso sí, una vez por mes, a Roma. Más aún: podría hacer todas esas combinaciones de trenes para aparecer en lugares desconocidos, sin saber ni que me importe adónde llegue. Y también esa inercia que me agarra a veces, que cuando salgo quiero seguir adelante y no volver a casa. Y casa es cualquier parte del mundo donde uno se echa a dormir.

En el aeropuerto la mente descansa de todas esas explicaciones y rectificaciones de frases históricas, por ejemplo, eso de que no es cierto que todos los caminos conducen a Roma porque en realidad parten de Roma. ¿Cuál es la diferencia? Si los caminos están hechos para ir y volver. O esa otra de que no es cierto eso de “ver Nápoles y después morir”, que se trata de Mori, una localidad. Pero en realidad, Mori ¿dónde está? Nadie, absolutamente nadie va a Mori. En el aeropuerto, nadie tiene ganas de dar explicaciones históricas o sociales: no es un lugar para hablar de temas importantes (salvo que uno sea un espía). Y todos los viajeros quieren las mismas cosas, chequear el boleto, ir al baño, tomarse un café en la tierra, mirar vidrieras, comprando algo con aire dudoso como para hacer algo, y si uno llama a alguien por teléfono, tiene la sensación de que habla desde Marte. Ese lugar acolchado que borra todos los pensamientos y los recuerdos me hizo bien, como si en realidad no hubiera viajado. Por primera vez en mi vida revisé bien todo el aeropuerto y me puse a hablar con una vendedora de boletos de cualquier aerolínea, que me dijo: “¡Qué bien habla usted el italiano!”. Y, como se ve, estábamos en un lugar de Marte o en algún sueño; en agradecimiento por el elogio, le regalé una pastilla. Y me agarró un ataque de comedimiento; quise ayudar a la monja uruguaya que había comprado ropa para los pobres del Uruguay en Nápoles y estaba excedida en su carga: no podía pagar el exceso. Le dije a la señora que controlaba las cargas que ella era una verdadera monja y una persona de bien. “Lo sé, lo sé”, me contestó la señora con una sonrisa. Me reconcilié para siempre con los aeropuertos pensando que, después de todo, son un lugar humano. Sí, me sentía comedida y llena de vida cuando hacíamos la enorme cola para entrar en el avión, como si en vez de volver, comenzara mi viaje. Pero empecé a darme cuenta de que volvía cuando escuché las voces de los litigios del Río de la Plata: “Señora, es usted la que se puso delante mío”, dicho a otra señora con tono altanero. Era una mujer tan pálida que parecía desangrada, con su pelo tan lamido y liso (ella debía pensar que era un ejemplo), pero era una bofetada a las ilusiones de rulos de todas las demás. Y también una adolescente furiosa, furiosa porque viajaba con los padres, que trataban de bajarle el tono; ella no se había propuesto ser ningún ejemplo: se había recogido un solo mechón de pelo hacia arriba, muy alto, como un mohicano.
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En el avión me tocó un asiento vecino al de una chica de unos veintitrés años, que era de un pueblo cercano a Arrecife; ahí se preparaban caballos de polo. Ella y el marido (que estaba sentado adelante) eran cuidadores de esos caballos en Italia, a 100 km de Roma. Un señor italiano amigo del “patrón” los pidió para llevárselos y “el patrón” les dio permiso. No, no habían viajado nunca antes; volvían para visitar a su mamá y caían de sorpresa, por la puerta de atrás de la casa. Sí, sí, hablaba por teléfono con su mamá una vez por semana, y ahora le llevaban un regalo de Italia: una perrita; su nombre era “Azteca”. La llevaba él adelante, junto a sus pies, en una jaulita, porque en la bodega del avión hace mucho calor. No, no había visto el Coliseo; estuvieron los siete meses en el campo y en ese tiempo fueron una sola vez a Roma. Sí, había extrañado mucho la primera semana; pero veía los teleteatros italianos, porque les dieron una casita, un televisor y una motoneta para ir a comprar al pueblo. Eso sí, se le había pegado “Santa Madonna”. Él era irlandés, sí, había ido hasta tercer año, pero dejó; ella no: no había hecho el secundario ni pensaba hacerlo; a los dos les gustaba el campo y cuidar a los animales. Cuando el avión empieza a moverse, ella pensaba en voz alta las mismas cosas que pienso yo: “Carretea mucho, da muchas vueltas... ¿Será que no puede levantar vuelo?”. Después el avión empezó a subir y yo lo apisono siempre con mis pies para que sortee ese momento crucial, donde ya sube sin retorno, para que suba como debe ser. Ella estaba pálida y decía:

–Me mareo un poquito.
Y yo dije:
–Es que no entiendo cómo es que vuela. ¿Vos?
Calurosamente, me dijo:
–Eso, yo tampoco.
Le tomé la mano mientras subía; yo me hacía la comedida, pero en realidad lo hacía por mí. Cuando el avión ya hizo piso en el cielo, nos quedamos tranquilas. Pusieron la televisión y su marido se puso a mirar, bien atento, con la perrita a sus pies. Ella lo llamó y él no contestaba; dijo:
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–Está embobado ahora.
Pero no lo dijo en tono de reproche o enojo: ya sabía ella que él se embobaba, ya lo llamaría de nuevo en su momento. Y de tanto mirar el televisor, él se olvidó de que había dejado suelta a la perrita, que se fue caminando hacia delante, atravesando los zapatos de casi todos, que se los sacan para comodidad del pie. Y en esa oscuridad del suelo del avión donde no hay ni una plantita, en esa mónada donde no hay ninguna luz, solo zapatos y algún vaso miserable de plástico del que ni siquiera se siente el ruido, la perrita hizo su camino y la trajo de vuelta al asiento un azafato, gallardamente, con una sonrisa.
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Le dije a ella:
–Quiero tenerla un ratito, decile que te la dé.
Y la tuvimos en la falda un buen rato; le dimos jamón, pasta de galletitas remojadas en agua y queso bien cortadito. Y esa comida del avión, que uno come por hacer algo, se mostró totalmente eficaz para alimentar a una perrita hambrienta y tímida. Después él, que tenía el pelo rojo un poco largo, con grandes rulos, dijo:
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–Dénmela.
Ella se la pasó –confiaba en lo que pudiera hacer él–. Nos pidió los vasos vacíos de café y se fue al baño: ahí la bañó, en ese baño del cielo, y la trajo envuelta en su pulóver; hizo también otra provisión de agua que no volcó.
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Pensé: “Cuando esté seca se la pido de nuevo”. Y ella me contó su historia: sí, se habían conocido de chicos y él entonces tenía el pelo casi blanco. “Qué cosa, ¿no?” Sí, los dos tenían tres hermanos. Estaba tan incorporado a su vida como su mamá, como los caballos de polo, como el patrón que parece que el año que viene los mandaba a España. No necesitaban sentarse juntos. Ella posiblemente engordara un poquito con el tiempo; lo tomaría como algo de la naturaleza o del destino. Sí, él era muy lindo y se iba a poner en su punto cuando fuera un poco más grande. Sí, las mujeres lo irían a buscar, pero ella pensaría que era una locura pasajera, como el embobamiento por la televisión, o tal vez se debería a que era irlandés de Irlanda o a cualquier cosa. Pero no se iba a separar de ella; juntos iban a cepillar caballos de polo por siempre jamás en Europa, en Australia o en el África.
No nos dimos las direcciones. Ni falta que hacía.
Fotos: gentileza prensa Adriana Hidalgo editora.
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