
(Desde Ginebra) “Si usted quiere saber qué pasó entre Borges y yo después de que, cuando yo era adolescente, le leía, la respuesta es muy corta: nada”, dice Alberto Manguel y la gente se ríe. Se están cumpliendo 40 años de la muerte del gran escritor argentino y acá en Ginebra, donde murió y donde está enterrado, termina una serie de homenajes.
En la librería de la Maison Rousseau, donde nació Jean-Jacques Rousseau, la asociación borgiana Los conjurados, junto con los coleccionistas Alejandro Vaccaro y Alejandro Roemmers, han organizado una serie de charlas, entre las que están esta de Manguel y una de Annick Louis, profesora argentina que enseña en la universidad francesa Marie et Louis Pasteur.
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Lo que Manguel cuenta es parte de su vida: era un adolescente que trabajaba en la librería Pigmalion, en Buenos Aires. Borges solía ir a buscar libros allí. Pero la vista se le apagaba al escritor y un día le pidió al muchacho de la librería que fuera a leerle a la casa. Así empezó todo.
Pero el muchacho no se quedó ahí. Leyó, estudió, escribió, se volvió autor y traductor, terminó siendo -como lo había sido Borges mucho antes- director de la Biblioteca Nacional argentina. Ahora conversa con el escritor colombiano Camilo Bogoya.
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“Él no sabía quién era yo, yo era una voz. La lectura no fue nunca fue interpretativa: él simplemente quería que le dijera qué palabras estaban en la página. Interrumpía para hacer comentarios, pero eran comentarios para él“, cuenta. “Jamás me preguntó cómo me sentía, cómo iba en la escuela, qué pretendía hacer. La única vez que me hizo un comentario personal fue cuando le dije que me iba de Argentina para ir a Canadá. Y él me respondió: ‘Ah, Canadá está tan lejos que apenas existe’”. El público, otra vez, ríe.
¿Cómo era la biblioteca de Borges? Bogoya indaga en la intimidad, alguien que tuvo tan cerca al autor de El Aleph. Manguel cuenta: “Borges no se aferraba al objeto físico del libro. Si cuando alguien venía a verlo, hablaba de Aristóteles, le decía: 'Ah, tengo un Aristóteles aquí, sáquelo, sáquelo y léalo. Y regalaba sus libros a todo el mundo’“.
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Pero ojo, dice Manguel, se podría hacer una historia de la literatura con los autores que a Borges no le gustaban. Y enumera: “Balzac, Zola, Lorca, Dostoievski, Tolstói, Pérez Galdós”. Y tiene una anécdota: “Una vez estaba con un español que le dijo: ‘Borges, usted elogia a Eça de Queirós como el gran novelista de la península ibérica. Nosotros teníamos a Pérez Galdós’. Y Borges dice: ‘¿Le gusta Pérez Galdós?’ Él dice: ‘Sí, claro’. Y Borges: ‘Mis condolencias’“.

Bogoya le pregunta si hay que tomarlo en serio a Borges cuando dice cosas como que no tiene una estética. Manguel dice que sí y explica: “Cuando dice que no tiene una estética, lo que hay que entender, creo yo, es que no suscribe a ninguna escuela particular de estética, sea el romanticismo, sea el clasicismo, sea el prerrafaelismo. No quiso pertenecer a ningún club, a ninguna escuela estética. Pero al mismo tiempo es muy claro. Uno de sus más grandes poemas, Arte poética, es una declaración de los principios de su estética que al mismo tiempo inventa una forma poética para explicar su estética“.
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El poema habla de una manera de entender el arte: “Cuentan que Ulises, harto de prodigios,/ lloró de amor al divisar su Itaca/ verde y humilde. El arte es esa Itaca/ de verde eternidad, no de prodigios”.
El arte como verde eternidad, quién pudiera. “Toda Borges, dice Manguel, nos dice ”que la literatura nunca es un catecismo. Que la literatura no da respuestas de sí o no. Que la literatura nos está diciendo algo o quiso decirnos algo que no hemos escuchado. Y en esa ambigüedad reside el hecho estético".
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Pero hay un texto, dice Manguel, uno, que cambia a literatura “para los escritores y para nosotros”. Ese texto es Pierre Menard, autor del Quijote. En él, un autor francés escribe palabra por palabra el Don Quijote de Cervantes, pero en el siglo XX. Entonces, aunque el texto es igual, es otro libro, porque el autor es otro, el contexto es otro y será leído de otra manera.

“Ese texto muestra hasta qué punto el lector interviene para cambiar el propio texto dejando las mismas palabras. Así, nos hizo comprender que también leemos un texto por lo que hemos oído de ese texto”. Por ejemplo, dice Manguel, sabemos que cierta obra es de Shakespeare, “entonces es importante”. Y, dice, “conocemos las lecturas que la comunidad negra de Estados Unidos hizo de Dante. Retoman ese texto para su propio uso, pero así lo transforman en algo que el autor no siempre estaría de acuerdo ni podría comprender”.
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Manguel piensa en “la lectura que hoy hacemos de Hamlet. ¡Shakespeare no conocía a Freud! Hay una recuperación que nosotros, los lectores, hacemos de la literatura. Y eso se hace consciente a partir de Pierre Menard“.
¿Algo más? Pregunta Bogoya.
Sí. Manguel va hacia quienes creen que Borges es demasiado mental. Eso, asegura, no es verdad. Y recita una parte del poema Al que está solo: Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
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Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
Una rosa te desgarra y te puede matar una guitarra, definitivamente, parece algo del corazón. Aunque con Borges nunca se sabe.
Fascinados por Borges
Un rato antes de Manguel, Annick Louis -que adelantó los temas de la charla en una entrevista con Infobae- hace su presentación partiendo de una pregunta: ¿qué es lo que nos fascina de Borges a lectores tan diversos, a gente tan diferente en lugares tan distantes?
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Y tiene una respuesta inicial: esa fascinación “no proviene solamente de la obra, sino de la figura que él construyó como escritor y que difundió en la cultura“. Hoy dice, usar los medios, difundir una imagen, es algo habitual “pero en los años 60, 70 del siglo pasado, lo era mucho menos”.

Como anécdota, quien hoy es una especialista cuenta -en diálogo con Juan Michel- que descubrió a Borges en francés. Ese era el idioma en la escuela a la que iba en Buenos Aires y “había un texto, El espejo de tinta, en uno de los volúmenes. Y lo leí antes de descubrirlo en español“. Un poco, recuerda, es como lo que Borges dice que le pasó con el Quijote, que lo leyó primero en inglés. Pero Alejandro Vaccaro, uno de sus biógrafos, duda que haya sido así.
A los 11 años Louis lo leyó en francés, a los 14 en castellano. Es que, dice, Borges no escribe en una lengua complicada. Lo hizo en los años 20, después no.
Louis repasa: Borges hizo su obra trabajando sobre todo con géneros considerados menores y con formas breves, como el cuento. E hizo lo que se llamaba “literatura de imaginación”, lo que “en los años 1960-70 quería decir literatura de evasión, literatura que niega la realidad”. Para Borges, subraya Louis, esto no era así. “Hay un texto donde dice: ‘Debemos aceptar que la realidad no pertenece a ningún género literario’, cuenta.

Pero toda literatura, sostiene Louis, da cuenta de la realidad, aunque no siempre porque la nombre. Y Borges “va a apostar por una literatura que no habla de forma directa de la realidad. Es lo que he llamado ‘una estética oblicua’”.
Borges, dice, “es antifascista y antinazi, y será también antiperonista”. Pero no cree que haya que abandonar estéticas más sofisticadas para dar un mensaje directo. Durante la Segunda Guerra Mundial, dice Louis, Borges escribe relatos como Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Tema del traidor y del héroe y El jardín de senderos que se bifurcan. Que tienen que ver con la teoría del complot. Y esta es su manera de referir a la realidad.
Dice Louis: “Saben que el antisemitismo de la época y la persecución de los judíos se basa en parte en la teoría del complot. Los judíos tienen un complot para dominar el mundo, etc. Esta estructura mental,-y él la considera así- la teoría del complot, está por todos lados. Y lo que dice, y creo que para la época, es extremadamente lúcido, es que esta manera de pensar es compartida por la gente que apoya el fascismo y por los aliados”. Entonces su manera de intervenir no es hablando de hechos sino de estructuras detrás de ellos.
En 1946, dice Louis, Perón gana las elecciones y eso es importante para la carrera literaria de Borges: “Es la paradoja de Borges. Se convierte en mejor y peor al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque él es antiperonista. Y entonces todos los antiperonistas, les guste o no su literatura, lo van a apoyar, lo van a ayudar, lo van a publicar, lo van a difundir, dirán que es un gran escritor, aunque no comprendan para nada su literatura o no les interese o no les guste".

Del otro lado, lo rechazan, claro: “Es rechazado por las instancias oficiales por supuesto, realmente es marginado. Pierde su empleo y ganamos mucho todos nosotros, los lectores, porque se ve obligado, para ganarse la vida, a dar conferencias”. Y explora nuevos temas.
Las cosas se vuelven a dar vuelta cuando, en 1955, un golpe de Estado desplaza a Perón: “Es nombrado director de la Biblioteca Nacional, es elegido para una cátedra de literatura poco después. Y se convierte en una especie de escritor oficial. Y aquí se produce una enorme ruptura con la sociedad o con una parte de la sociedad argentina”.
La crítica no esquiva temas difíciles. Que Borges apoyó dictaduras, que fue a ver a Augusto Pinochet, que estuvo con los militares argentinos “pero a la vez criticaba todo lo que hacía la dictadura”. Que habló contra la Guerra de Malvinas.
Después, dice, tuvo gestos contra la dictadura -firmó una solicitada con la Madres de Plaza de Mayo, fue a ver el juicio a las Juntas y escribió sobre eso- y su relación con la sociedad argentina se volvió armónica. Hasta que decidió irse a morir a otro lado: “Cuando se instala en Ginebra, eso es muy mal recibido, como una especie de traición al país. Eso se ve en la prensa. Pero como muere justo después, se lo perdona. Evidentemente. Hay que morir para ser perdonado”.
Fue hace 40 años, acá en Ginebra. Donde el domingo, en el aniversario, hubo rosas amarillas en su tumba. Donde prometieron repatriar sus restos.
Por ahora, terminan los homenajes, aquí queda la tumba. Queda solo, se podría pensar. Pero, cuidado, siempre hay flores, hay lápices, hay libros junto a su lápida. No se muere tan fácil quien ha llenado nuestras mentes de palabras.
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