
Simon Rogers propone en What We Ask Google que dos décadas de búsquedas en Google ofrecen un retrato de la curiosidad humana, pero el balance que hace el libro, queda condicionado por una mirada optimista que apenas aborda cómo la revolución de la IA cambió la manera de buscar y cómo la propia plataforma presenta hoy sus resultados.
Ese recorte convive con hallazgos concretos extraídos de Google Trends, la herramienta que desde 2006 permite ordenar consultas anónimas registradas desde 2004, cuando los teléfonos inteligentes todavía no dominaban el mercado y menos de la mitad de los hogares del Reino Unido tenía acceso a internet.
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Rogers, ex periodista británico de The Guardian radicado en California e incorporado a Google en 2015 tras pasar dos años en Twitter como editor de datos, entiende esas consultas como una forma de espejo social. En el libro sostiene: “Si te importa lo suficiente como para buscar algo, eso tiene que significar algo, aunque esa preocupación solo dure lo que tarda en formularse la consulta”.
Las preguntas sobre crianza ocupan una parte central del volumen: “¿Por qué los bebés tienen hipo?”, “¿Cuándo les salen los dientes?”, “¿Por qué los niños pequeños muerden?”, “¿Cómo sabes si tu hijo tiene TDAH?” y “¿Cómo contarles a los niños sobre el divorcio?. La tesis del autor es que ese repertorio dibuja una imagen “sorprendentemente esperanzadora de la humanidad”, la frase que funciona como subtítulo del libro.
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La compilación, organizada en capítulos temáticos con elementos autobiográficos, listas y gráficos, va de lo trivial a lo conmovedor. Entre los ejemplos más ligeros figura que “cómo doblar un burrito” fue siempre más buscado que “cómo doblar pantalones”, salvo un breve pasaje de 2019, cuando un programa de Marie Kondo tuvo gran visibilidad en Netflix.
Otras tendencias resultan difíciles de explicar. El texto fuente menciona que Austria, Nigeria y Canadá aparecen como los países donde más se consulta por dolor de espalda nocturno, mientras que en Kansas la duda ortográfica más repetida es cómo se escribe “chaos” y en Misuri la palabra que más desconcierta es “unconscious”.
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Cuando puede, Rogers aporta un marco para esos desvíos estadísticos. En el capítulo sobre crianza, por ejemplo, señala que a comienzos de 2023 el interés de búsqueda por “cuidar a los padres” superó al de “cuidar a los hijos”, un dato que el texto fuente presenta como señal de la presión demográfica sobre la llamada generación sándwich, a cargo al mismo tiempo de niños pequeños y padres envejecidos.
El libro también incluye una imagen de Estados Unidos donde la trayectoria estrecha del eclipse solar de 2024 coincide con las regiones en las que más tarde ese mismo día crecieron las búsquedas con los términos “ojos” y “duele”. El ejemplo funciona como una muestra de cómo la geografía de un acontecimiento puede aparecer reflejada casi en tiempo real en las preguntas de los usuarios.
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La objeción central no se dirige a los datos reunidos, sino al marco interpretativo. La obra es descrita como una visión amable del papel de internet y de Google, formulada desde la perspectiva de alguien que trabaja en la empresa.
Esa limitación se vuelve más visible en un momento en que la IA ya alteró tanto los hábitos de búsqueda como la forma en que Google muestra respuestas. También queda apenas insinuado el papel de las grandes tecnológicas en la expansión de ansiedades ligadas a la crianza, a pesar de que el libro dedica bastante espacio a ese tema.
La omisión alcanza además a la política: no hay desarrollo sobre Donald Trump ni sobre la relación de cercanía entre directivos tecnológicos de Silicon Valley y el presidente, y tampoco se examinan con detenimiento los impulsos más oscuros que también podrían quedar expuestos en 20 años de historiales de búsqueda.
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El ejemplo más claro de esa lectura benevolente aparece cuando Rogers interpreta la persistencia de la búsqueda “¿Con qué frecuencia se puede donar plasma?” como prueba de una voluntad de ayudar a desconocidos. Esa consulta también puede leerse como reflejo de las desigualdades del sistema sanitario de Estados Unidos, donde los centros de donación de plasma remunerada suelen concentrarse en zonas pobres.
Lo que permanece es una ventana entretenida aunque selectiva sobre la curiosidad colectiva. Entre los términos que avanzan en el ranking aparece “dead butt”, o amnesia glútea, descrita como un síntoma de estilos de vida cada vez más sedentarios.
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