
Salimos temprano por el barrio con Gringa, la perra de la casa. Son cuadras tranquilas pero a esta hora el barrio está especialmente desierto. Se van iluminando algunas bombitas en las ventanas, se corre alguna cortina, alguien prende una hornalla. Gringa viene suave, siempre un poco en babia, pero de golpe ve algo, ha visto algo. Por la vereda se arrastra, viene salticando, una bolsa de esas que ahora te cobran en los supermercados, vacía; Gringa va hacia un zaguán y desde ahí sale un gruñido. Un gruñido, unos ojos perdidos, la mandíbula que cuelga. Es un hombre. Ponele.
No lo puedo evitar: pienso “es un hombre” y pienso “si esto es un hombre”. Y Si esto es un hombre es, claro, el título de ese libro tremendo de Primo Levi, un judío italiano, químico, arrancado por el nazismo de su buena vida en Turín para ser tirado como basura a Auschwitz. Levi -que vivió para contarlo- detalla la vida -sí, vida- en el campo, el frío tremendo de prisioneros descalzos, el dolor permanente de los pies de quienes andan en ese invierno polaco con cualquier zapato, porque ya no tienen nada, de la sopa como única comida pero, encima: ¿cómo va a comerla sin cuchara? Cuenta, Primo Levi, las peleas por la parte de arriba, la más grasosa, de ese caldo inmundo. Habla del compañero al que acaban de señalar para ir a la muerte pero que antes le dona sus cubiertos. Y de los que se rindieron, habla de los que ya son fantasmas.
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Primo Levi -pienso- es sometido por un regimen que busca exterminarlo. Que decide todo: qué puede y qué no puede decir, a qué hora tiene que dormir, cómo hacer su cama: todo. El hombre del zaguán, en cambio, es víctima de lo contrario. Nadie decide sobre él, se ha vuelto invisible, inexistente. No lo persigue un régimen totalitario: reina el individualismo, que mata con la indiferencia. Una sociedad que parece haber decidido que no tenemos nada que ver unos con otros, que si alguien se cae mejor que se le ocurra solo cómo levantarse, que es bueno y justo que sobrevivan los más fuertes, que no somos manada, compatriotas, ninguna cosa. Una sociedad orgullosa de no tener nada que ver con los que no pudieron, con los que no quisieron, con los que no pudieron querer.
Al principio, Primo Levi se sorprende de que lo dañen sin odio. Entiende, entendería, que le pegaran por algún motivo pero cuando le dan una paliza porque sí, para que vaya poniéndose en su lugar, se queda perplejo. Es la entrada nomás, ya se va a ir acostumbrando a que, como le dice un guardia que le impide beber, “acá no hay razones”. De a poco, verá gente con ropa ridícula, paso extraño, brazos rígidos, y sabrá que mañana nomás él será así. “Una masa humana” son sus compañeros a veces, caída ya toda dignidad.
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Si esto es un hombre, pensé durante mucho tiempo, hablaba de eso, de un humano que sufre dolor físico, moral, espiritual sin saber por qué; que es desnudado, separado de su familia, objeto de arbitrariedades como norma. Masa humana, de a poco eso no es un hombre, pensé. Pero ahora creo otra cosa.
Ahora creo que “si esto es un hombre” señala también al guardia que pega por pegar, a veces por obediencia, a veces porque puede. Señala al vivillo de la ciudad vecina que se acerca al alambrado a cambiarle al prisionero una camisa -la única, la que tiene puesta- por unos panes, y el prisionero se queda pecho al aire porque el hambre manda. “Si esto es un hombre” señala al que camina erguido frente a esos desgraciados contrahechos y elige cuáles van a ser exterminados. Si eso es un hombre. Si ese asco es un humano.
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Paso por la misma vereda unos días después. El tipo -¿es el mismo?- está acostado, con una de esas camperas verdes que tienen una capucha con un vivo de piel, casi junto al cordón, paralelo al container de la basura. Como quien se acuesta frente al mar, está acostado frente al container. Y come: con una mano se sostiene la cabeza, con la otra va sacando unos bizcochitos de grasa de una bolsa. Come eso, que ojalá no haya agarrado del tacho, con los ojos a la altura de las ruedas de los autos. No hay más solo: creo que veo el hueso de la palabra “soledad”.

Paso, vuelvo con leche para hacer yogurt, llegamos a casa, está la estufa prendida, Gringa se echa en su colchoncito. Tengo cocina, olla, fuego, cuchara. Soy una más, yo también lo dejo atrás. Esto y ninguna otra cosa, digo, es un hombre. Todo eso; el que está tirado, el que sigue de largo, los que festejan el sálvese quien pueda.
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No hay red, no hay Estado, no hay semejantes, no hay cuidado que se merezca sólo por ser humano. Solo la bolsa al viento, solo la calle. Mientras no lo barran también.
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