Bob Dylan cumple 85 años como lo que siempre fue: un artista que convirtió la fuga en método, el cambio en estética y el misterio en escudo. Mientras su Never Ending Tour suma nuevas fechas y la película biográfica Un completo desconocido, con Timothée Chalamet en el rol protagónico, circula en el streaming, su figura vuelve al centro del debate cultural con la misma incomodidad que siempre provocó: demasiado músico para los premios literarios, demasiado poeta para las listas de Spotify, demasiado elusivo para cualquier etiqueta. Cuando Pete Townshend le preguntó hace unos años por qué seguía de gira sin parar, Dylan respondió con una frase que lo define mejor que cualquier análisis: “Soy un hombre de canciones y baile. Eso es lo que hago”.
La canción como laboratorio
El primer gran aporte de Dylan a la cultura del siglo XX fue la demostración de que la canción popular podía operar como laboratorio de experimentación narrativa sin perder su condición masiva. The Freewheelin’ Bob Dylan (1963) es el disco donde eso se vuelve evidente. Canciones como “Blowin’ in the Wind”, “Masters of War” y “A Hard Rain’s a-Gonna Fall” combinan la estructura repetitiva del folk con recursos poéticos de la literatura escrita: repetición anafórica, imaginería apocalíptica, ironía sutil. El uso de preguntas retóricas en “Blowin’ in the Wind” articula una crítica a la guerra y al racismo sin enunciar consignas explícitas, dejando la respuesta flotando para que el oyente complete el sentido. Así, se convirtió en un himno pacifista de todos los tiempos.
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La electrificación de mediados de los 60 amplió esa paleta. Cuando subió al escenario del Newport Folk Festival en julio de 1965 con una Fender Stratocaster y una banda eléctrica, parte del público lo abucheó. La perspectiva histórica invirtió ese juicio. La impresionante trilogía de álbumes Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde —publicados entre 1965 y 1966— no rebajaron la exigencia lírica al electrificarse; la intensificaron. “Like a Rolling Stone”, otro de sus himnos y legado para la historia de la música popular, despliega en seis minutos la historia de una caída existencial que condensa, mejor que ningún manifiesto, la sensación de desorientación de una generación. Que, por cierto, aplica para la generación contemporánea. Ese gesto —elevar la canción popular sin hacerla inaccesible— es tal vez, su contribución más perdurable.
Lo que siguió no fue una caída, sino una serie de reinvenciones que el mundo recibió con la misma incomprensión inicial. El giro al country introspectivo de Nashville Skyline (1969), la etapa cristiana de Slow Train Coming (1979), la épica íntima y dolorosa de Blood on the Tracks (1975), el blues crepuscular de Time Out of Mind (1997): cada etapa parecía una ruptura y era, en realidad, una exploración del mismo territorio desde un ángulo distinto. Notable.
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El poeta que no quería serlo
Hay una frase de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura que envió a Estocolmo en diciembre de 2016 (no fue en persona, por supuesto) que resume bien su relación con la literatura: “Ni una sola vez tuve tiempo de preguntarme si mis canciones son literatura”. La frase podría leerse como una muestra de modestia, pero también como una declaración de principios: sus canciones no nacieron para ser analizadas en cátedras universitarias, sino para ser cantadas y escuchadas. Aunque ahora, por el peso mismo de su obra, se las deba estudiar y asimilar.
La dimensión literaria de su obra es, aun así, innegable. Sus influencias —Tolstói, Faulkner, Rimbaud, Jack Kerouac, la Biblia, la poesía de Dylan Thomas— se filtran en sus canciones no como citas decorativas, sino como estructuras narrativas y modos de ver el mundo. “Tangled Up in Blue”, otra obra maestra de su cosecha, presente en Blood on The Tracks (1975) fragmenta el tiempo y cambia la perspectiva narrativa con una libertad que recuerda a la novela moderna. Su prosa refuerza esa imagen: el libro Chronicles, Volume One (2004) -primera parte de una autobiografía que todavía no ha tenido continuación- ofrece unas memorias capaces de mezclar lo elegíaco con lo mordaz y de retratar la escena folk neoyorquina con una precisión que muchos lectores han considerado tan reveladora como sus mejores letras.
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El premio Nobel que descolocó al mundo
El 13 de octubre de 2016, la Academia Sueca anunció la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, convirtiéndolo en el primer músico galardonado en esa categoría en los 115 años de historia del premio. Las reacciones negativas fueron inmediatas. El escritor escocés Irvine Welsh dijo que era “un premio de nostalgia mal concebido, arrancado de las próstatas rancias de hippies seniles”. Desde el campo contrario, Leonard Cohen ofreció quizás la defensa más elocuente: “Esto es como colgarle una medalla al Monte Everest por ser la montaña más alta”.

El propio Dylan tardó días en reaccionar, hasta el punto de que la Academia se vio en la situación inédita de no poder contactar al galardonado. En el discurso enviado a Estocolmo, comparó su situación con la de William Shakespeare: un dramaturgo que probablemente nunca se preguntó si lo que escribía era “literatura”, pero que la historia terminó por clasificar como tal. El discurso generó otra controversia: con malicia, la revista Slate señaló que varios pasajes sobre Moby Dick de Herman Melville se parecían sospechosamente al análisis publicado en el sitio de guías de estudio SparkNotes. La Academia no tomó medidas. Dylan, fiel a su estilo, no respondió.
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Bob Dylan en Buenos Aires
Buenos Aires ocupa un lugar singular en la geografía del Never Ending Tour. Bob Dylan visitó la capital argentina en cuatro ocasiones: agosto de 1991, abril de 1998, marzo de 2008 y abril de 2012. La primera llegada se produjo apenas tres años después del inicio de la gira. Tocó tres noches en el Estadio Obras Sanitarias ante poco más de 4.700 personas por función. La visita de abril de 1998 al Estadio River Plate fue de otra naturaleza: llegaba con el extraordinario Time Out of Mind bajo el brazo, el disco que acababa de ganarle el Grammy al Álbum del Año y que más importante que eso, lo había devuelto al centro de la escena por ser un disco considerado “clásico instantáneo” (lo es). La noche del 4 de abril quedó grabada en la memoria de los rockeros argentinos por un momento específico: compartió escenario con los Rolling Stones para una canónica versión de “Like a Rolling Stone”. El registro visual, aunque pobre en calidad para los estándares del presente, por suerte existe y está en YouTube. Es un fresco de época y sucedió aquí, en nuestro patio.
Las cuatro noches de abril de 2012 en el Teatro Gran Rex representaron quizás la visita más celebrada. Tocó ante 3.500 personas por función en la histórica sala de la Avenida Corrientes, con una voz aún más áspera que en visitas anteriores. Los asistentes encontraron en esa aspereza un recurso expresivo antes que una limitación. Desde la segunda fila de la platea (¡a metros de él!), traté de asimilar todo lo que hacía y decía: como una película pasaron por mi cabeza cientos de imágenes, de los discos que mi hermano Víctor coleccionaba (colecciona) como tesoros, el sonido de la guitarra y la armónica de León Gieco que descubrí en mi niñez, la pasión que se fue despertanto en mi querido amigo Javier Andrade (QEPD) a través de los años. Inolvidable.
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La gira sin fin de Bob Dylan
Desde el 7 de junio de 1988, cuando se presentó en el Concord Pavilion de California y decidió simplemente no parar, lleva aproximadamente más de 3.700 conciertos. Alcanzó la marca de 3.000 en Innsbruck, Austria, en 2009, y ha tocado más de 100 shows por año de forma habitual. La gira actual, iniciada en noviembre de 2021 con la presentación de Rough and Rowdy Ways, tiene fechas programadas hasta agosto en Nashville, aunque, como advirtió el periodista que le puso nombre al fenómeno, no conviene apostar por esa fecha como fecha final.
Nunca ocultó su incomodidad con la etiqueta Never Ending Tour. “¿Alguien llama a Henry Ford un constructor de autos sin fin? ¿Alguien dijo que Duke Ellington estaba en una gira de escenarios de plaza sin fin?”, le respondió a un periodista en 2009. Sigo los videos de los shows más recientes en YouTube: por supuesto hay fans obse que los graban y los suben(y unos cuantos miles alrededor del mundo, los vemos). A los 85 años, sigue siendo un enigma sobre el escenario: se esconde al costado, bajo un sombrero o una capucha de buzo, y encuentra la manera de mantener vivas canciones que llevan décadas circulando. “Estoy aterrado de estar en el escenario”, admitió en 2012. “Pero es el único lugar donde soy feliz.”
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El canto crepuscular de un Nobel
La culminación provisoria de su obra data, hasta el momento Rough and Rowdy Ways (2020, año de la pandemia), su trigésimo noveno álbum de estudio. La canción que lo precedió —“Murder Most Foul”, una pieza de 17 minutos sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy— se convirtió en el primer número uno suyo en la lista de ventas de Estados Unidos. La ironía no pasó desapercibida: su canción más larga y menos radiofónica halló el mayor eco en un país confinado.
Ese “late style” —blues, swing, rockabilly y letras que alternan el humor negro con la cita velada— no es un mero epílogo decoroso: es una fase de creación que dialoga con el conjunto de su trayectoria y con la tradición musical que estudió y reversionó durante toda su vida. En diciembre de 2020, la venta de los derechos de su catálogo completo —más de 600 canciones— a Universal Music Publishing Group por una cifra estimada en torno a los 300 millones de dólares cerró, al menos en términos patrimoniales, un ciclo. Su voz sigue sonando, rasposa y un poco más débil, en la carretera, sus canciones siguen siendo objeto de nuevas lecturas, y la pregunta que la Academia Sueca se tomó el trabajo de responder en 2016 sigue generando debate. Esa incomodidad es, quizás, el legado más duradero de un artista que nunca quiso que lo dejaran quieto. Que siga así. Salve, Bob. Feliz cumpleaños.
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