
“Tienes que compartir muchas cosas con los demás… pero lo que recuerdas te pertenece solo a ti,” escribe Yevgenia (Genya) Nayberg en la nota de autora de su novela gráfica Chernobyl, Life, and Other Disasters (Chernobyl, la vida y otros desastres).
Las páginas elegantemente compuestas de esta historia conmovedora, narrada en gran parte a través de las ilustraciones vivaces de Nayberg, dejan en claro el lugar especial que ocupan en su corazón los recuerdos de su infancia en Kiev (ahora escrito Kyiv), Ucrania.
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Es 1986, Ucrania aún forma parte del imperio soviético y el mundo entero espera la llegada del cometa Halley. Pero hay cosas más importantes en la vida de Genya que el cometa que se aproxima. Tiene 11 años y se prepara para el examen de ingreso a la Escuela Nacional Secundaria de Arte de Kiev. Inspirada por su madre, que es artista, Genya ama dibujar y pintar. Pero hay un obstáculo: la familia es judía y la escuela de arte —como muchas escuelas en la antigua Unión Soviética— solo acepta al 1 por ciento de los postulantes judíos.

Cuando Genya tenía 5 años, su abuelo, que sobrevivió al Terror de Stalin, le dijo que “no debía sobresalir en la escuela”. Le enseñó a leer usando el Pravda, que estaba lleno de artículos sobre imperialismo e inflación, espíritus malignos que atormentaban sus sueños. (Pravda e Izvestia —La Verdad y Las Noticias— eran los dos periódicos principales en la Unión Soviética, y todos conocían el chiste que reflejaba fielmente la realidad soviética: no hay noticias en La Verdad ni verdad en Las Noticias).
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En primer grado, la “Maestra Honoraria de la Unión Soviética” de Genya —tan manipuladora y siniestra como el gobierno al que servía— exigía amor incondicional a los alumnos de su clase, llegando al extremo de pedir que levantaran la mano quienes estuvieran dispuestos a donar sangre para ella en caso de necesitar una transfusión.
Ese mismo año, en la clase de entrenamiento militar, los niños aprendieron el juego de fingir: cuando Genya se quejó de que la máscara antigás que debía practicar ponerse, en caso de un ataque nuclear estadounidense, le quedaba demasiado grande, el instructor respondió: “Finge que te queda bien”. Tanto maestros como alumnos debían fingir que todo en el país era ideal, mientras esperaban la prometida llegada de un brillante futuro soviético. Nadie sabía entonces que la contaminación nuclear llegaría no desde el otro lado del océano, sino desde dentro.
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Ahora es primavera y Genya se aburre pintando una y otra vez Pioneros Jóvenes con pañuelos rojos (un grupo scout nacional soviético) a pedido del tutor que la ayuda a prepararse para el examen de julio. Se consuela pensando que, si es aceptada, podrá pintar lo que quiera.
El 26 de abril ocurre un accidente en la planta nuclear de Chernóbil, a 90 kilómetros de Kiev, pero no hay información oficial sobre los daños ni siquiera sobre el accidente en sí. El 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, todos salen a la calle para el desfile, como de costumbre.
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En la página izquierda de una doble página, Kiev, en la delicada y suave representación de Nayberg, “florece como una gran torta de crema con flores de castaño blancas, rosas y púrpuras”. En la página derecha, como si fuera parte de la misma escena, Nayberg ha dibujado una imagen austera de la planta nuclear de Chernóbil, con la palabra “RADIACIóN” en ruso, que la hace parecer una colosal lápida. “Como todos los años”, comenta irónicamente la joven Genya, “es un día perfecto”.

Ante la ausencia de información, la familia de Genya debe depender de rumores. Su madre, la fuerza impulsora del libro, agrega yodo a la leche de los niños y lleva a Genya y a su hermano de 3 años a 1.300 kilómetros de distancia, hasta Volgogrado (antes Stalingrado), en Rusia, para quedarse con sus primos.
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Mientras Genya recorre en bicicleta los numerosos monumentos de la ciudad dedicados a soldados victoriosos de la Segunda Guerra Mundial, se encuentra con “supervivientes de la guerra que nunca terminaron de sobrevivir”, pidiendo pan. En la Rusia soviética, resulta, también juegan el juego de fingir.
En julio, para horror de sus anfitriones, Genya y su madre regresan a Kiev para el examen que no puede perderse. La prueba, de tres partes —dos días de composición, dos días de pintura y dos días de dibujo— es extenuante.

Por suerte para Genya y sus repetidas pinturas de Pioneros Jóvenes realizando actos altruistas, el tema de la composición es “En la mañana de nuestro país”. Extrañamente, esto podría ser su boleto a la libertad de expresión.
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La narradora de Nayberg es resiliente, divertida e irónica, observa su entorno con la mirada inquisitiva de una artista.
Su historia revive con elegancia el mundo soviético —derrumbado en 1991 y recientemente resucitado por el último dictador ruso— y provoca preguntas complejas sobre las distintas aproximaciones al arte, el costo de tratar de encajar y la complejidad de los lazos familiares.
“Las historias nos permiten retener a las personas un poco más”, escribe Nayberg al final de este tierno libro de memorias dedicado a su madre artista. La madre de Genya y el resto de los personajes de “Chernobyl, Life, and Other Disasters” permanecerán conmigo durante muchos años.
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Fuente: The New York Times
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