Diana Aisenberg: “En el arte hay que desconfiar del que se dice maestro”

La artista y docente argentina habla de su nuevo libro, ‘MDA. El Manual’, donde desarrolla 51 ejercicios para pintar, perfeccionados tras 40 años al frente de talleres

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Mujer de cabello castaño rojizo, sonriendo, de pie en un estudio de arte. Detrás, un cuadro de flores blancas y notas manuscritas en la pared. Viste blusa estampada
Diana Aisenberg: “En el arte hay que desconfiar del que se dice maestro”

En MDA. El manual, la artista y docente Diana Aisenberg prepara el terreno “para todos los que quieren ser artistas o no quieren, pero quieren pintar”, a partir de una secuencia de 51 ejercicios prácticos.

Es, comenta en un diálogo con Infobae Cultura, como un libro de recetas, pero que otorga resultados diferentes según quién lo realice. Y es que Aisenberg buscan impulsar la creatividad en la pintura, a partir de recursos y estrategias surgidas de más de 40 años de experiencias en su emblemático taller de Buenos Aires de manera sencilla, directa.

Esta obra, continuadora del proyecto iniciado con Historias del arte. Diccionarios de certezas e intuiciones (2004) y MDA. Apuntes para un aprendizaje del arte (2014), será presentada por la artista el viernes 24 de abril a las 17:30 en el Café del Museo Moderno, acompañada por Malena Pizani y Nicolás Cuello.

Consolidada como figura referencial desde los años ochenta para generaciones de artistas en Argentina, Aisenberg (Buenos Aires, 1958) articula en este manual desarrollos conceptuales que ya habían sido explorados en sus publicaciones previas, pero esta vez organizados de manera para que se conviertan en guías concretas.

Primer plano de la portada naranja del libro 'MDA El Manual' de Diana Aisenberg sobre una mesa de madera; pinceles y un tubo de pintura a la derecha, estanterías al fondo
El libro "MDA El Manual: 51 días en el taller de pintura" (A.hache), de Diana Aisenberg, se presenta el viernes 24 de abril a las 17:30 en el Café del Museo Moderno

Además, en este encuentro, enfatizó que MDA. El Manual no sólo es una herramienta para artistas, sino también una referencia didáctica para docentes de todas las disciplinas, ya que abarca prácticas que transitan entre la esfera íntima y la colectiva, impulsando una colaboración grupal en actividades que comúnmente se viven solas.

El “Manual” viene a cerrar una trilogía, junto al “Diccionario” y “Apuntes”, ¿cuál fue el punto de partida para desarrollarlo como herramienta educativa?

—Me metí en una cuando empecé con cierta ingenuidad a hacer el Diccionario. No pensaba entonces en un método y en un manual, pero uno me fue llevando al otro. En realidad, siempre quise hacer el manual antes que el diccionario. Cuando hacía el diccionario ya pensaba en un manual en relación a esos libros que acompañan, esos libros de uso, ese objeto que lo tenés al lado, que lo abrís, que lo escribís, que le preguntás, cómo lo consultás. Un manual de uso, como se dice.

De alguna manera, sin buscarlo quizá, este libro se fue escribiendo a lo largo de tus años como docente, ¿cómo definiste y estructuraste el método que propone el libro?

—Sí. Es una síntesis de trabajos que yo hago en el taller hace muchos años. Y estos son en principio los más básicos, los primeros, con algunos infiltrados más posteriores. Pero acá entrego aquellos que se hacen hace más tiempo y se repitieron más, con más circulación y que hicieron más personas en el círculo.

Son muchos años de trabajar en esto, desde los ‘80, y se fue decantando en la práctica. Por eso tiene sobre todo el saber de la experiencia, de lo que funciona. Y se fue depurando en el hacer. Como primero eran ideas vagas, después se fue ajustando. También porque tenés que ajustar los tiempos, porque cada vez hay más gente, porque las ideas se vuelven más precisas. Entonces, se fue transformando en cápsulas cada vez más definidas, con un tiempo, con un modo de hacer. Después de no sé cuántos años de ir ajustando, ajustando, ajustando, hay un método. Y el día que me puse a escribir el libro y organicé todo ese material que era enorme de práctica, había bases, había módulos, había de todo. Estaba todo para organizar.

Mujer de cabello largo, blusa negra y falda oscura sonríe ante un textil blanco bordado con motivos florales y un aplique de manzana rosa
"Es una síntesis de trabajos que yo hago en el taller hace muchos años", dijo

¿El Manual está orientado solo a artistas o también a cualquier persona interesada en el hacer?

—No es solo para artistas. Es para artistas, sí, y para todos los que quieren ser artistas o no quieren ser artistas, pero quieren pintar o quieren pensar el arte. El mundo del arte tiene coleccionistas, galeristas, marqueros, diseñadores. O sea, hay un montón de personas involucradas. Y yo creo que para todos está súper. Y también para todos los curiosos y los que quieren saber, que tienen ganas de pintar y no se animan, y para las escuelas, para los maestros.

El Manual es muy preciso, casi como recetas, que en vez de decir “use tres huevos” lo cambia por un “tome tres lápices”, ¿cómo fue el proceso de escribir instrucciones claras?

—Es que leí muchos libros de cocina, miré mucha receta. No es fácil dar instrucciones así. Te das cuenta que una cosa es tener a la gente ahí o mismo por Zoom o por cualquier formato, explicar algo cuando vos estás, hacés muecas, ponés música, mostrás cosas, ese es un mundo y otra cosa es escribir así, crudo. Es muy diferente. Y siempre dudás si te están entendiendo, si lo estás diciendo bien. Cuando salió el libro lo agarró un amigo químico y se puso a leer las instrucciones y me dijo: “Pero le estás hablando a un tonto”. Para mi fue un elogio: “Ay, gracias, menos mal que me decís eso”. Me esforcé mucho para que lo entienda cualquiera. Me alegro mucho que me diga eso. Me interesa que cualquiera sepa qué es lo que tiene que hacer.

Suele haber un prejuicio, equivocado para mí, que lo metódico no convive con lo creativo, ¿cúal es tu mirada sobre eso?

—Claro, es que se confunde ser creativo con no tener indicaciones. Y no es así. En este caso, con las normas podés hacer lo que quieras. Ahí está el juego del ejercicio, que no son normas para que todos hagan lo mismo. Son instrucciones para hacer algo donde cada uno va a hacer otra cosa. Entonces, ahí está la gracia de los ejercicios, por eso los escribo. Si seguís la consigna lo vas a hacer bien, pero el resultado no va a ser igual de una persona a otra.

Diana Aisenberg
"Con el tiempo, uno no elige ser maestro, los alumnos te terminan eligiendo a vos", comentó (@dianaaisenberg)

En ese sentido, el de repetir una fórmula, hoy justamente está muy en boga todo el universo de los tutoriales, ¿cómo ves ese método de enseñanza?

Creo que pueden ser muy útiles, pero según para qué. En el caso del Manual, lo que busco, no es del tipo es cómo hacer un claroscuro o cómo pintar un pino. Pero eso están los tutoriales, con los que se pueden complementar. No es lo que yo enseño. Es más, yo también miro tutoriales. No es una contradicción. A mi lo que me interesa es enseñar a aprender a pintar realmente. Y más cómo tener herramientas para saber que uno puede. A mí me gusta llamar a todo lo que hago, el Método, el Manual y el Diccionario: kit de supervivencia. Como que con esas herramientas vos podés hacer lo que quieras. Por supuesto, si trabajás, si estudiás, si lo hacés, si practicás. Sino, no sirven. Hay una cuestión de entrenamiento, de algo que se aprende por la práctica. No te lo aprendés de memoria.

En la introducción de Malena Pizani y después en varios ejercicios se habla de cierta memoria del cuerpo al momento del hacer, sobre todo en los movimientos de la mano.

—Hay muchas cosas que se saben y no se usan. Muchas cosas que tenemos y no nos damos cuenta. Hay muchas cosas que tenemos bloqueadas y no sabemos por qué. Por ejemplo, vos podés mover la muñeca para todos los lados, pero la movés para un solo lado porque cuando tenías seis años te enseñaron a escribir sobre un renglón, porque si no ibas a tener problemas en la vida y porque las letras se escriben de izquierda a derecha y tienen un alto predeterminado y una redondez. Entonces, incorporaste ciertos movimientos de la muñeca y cierto modo de acercarte al plano, que los tenés ya casi en el ADN, pero eso no es de la pintura, es de la escritura. Y si te salías del renglón, te mandaban a dirección y te decían que estabas desprolijo, pero en la pintura no tenés renglones. Hay muchas cosas que se pueden despabilar, que nadie te las enseña y sin embargo, las tenés incorporadas y ni te enteraste. Antes de ir al colegio, ningún niño te sigue el renglón. Después del colegio, todos te siguen el renglón.

¿Es necesario “deseducarse” para volver a aprender desde otro lugar?

—Hay muchas cosas que hay que registrar más que “deseducar”. Las registrás y las podés elegir si las necesitás o no las necesitás. Y eso es una práctica, eso no se va de un día para el otro. También me doy cuenta que hay muchas cosas que yo sostengo, que por ahí los chicos que están con el celular o que no tienen esa práctica de escritura tan fuerte, como la que tuvimos muchas generaciones después, ya no lo tienen tan marcado. Los que se criaron con videojuegos tienen otras cosas. Yo no lo puedo decir exacto, porque no lo viví, no lo tengo estudiado, pero sí me doy cuenta que hay otra noción espacial, que hay otra noción de la distancia, que una cosa es manejar todo con un control remoto y otra cosa estar siempre con una lapicera. Se van conformando distintos modos de acercarse a la imagen. Pero ya no escribiría ese libro, lo va a tener que escribir otro.

El "Manual" se suma a otros libros pedagpogicos de Aisenberg como "Historias del arte. Diccionarios de certezas e intuiciones" y "MDA. Apuntes para un aprendizaje del arte"
El "Manual" se suma a otros libros pedagpogicos de Aisenberg como "Historias del arte. Diccionarios de certezas e intuiciones" y "MDA. Apuntes para un aprendizaje del arte"

¿Qué aprendiste de las nuevas generaciones y sus modos de acercarse a la imagen?

—Yo ya tuve muchos alumnos muy chicos criados de otra manera y tuve que aprender de ellos, estas cosas que te estoy diciendo. Lo que era criarse con los videojuegos. Y entender cómo piensan y aprender de eso. Eso me enriquece a mí. O sea, yo tengo que tener esa disponibilidad para entender cómo esa persona generó su acercamiento a las imágenes. No es lo mismo. El que se crio viendo dibujos animados japoneses, en los que todos reencarnan y están llenos de espíritus y fantasmas, bueno, tienen otro acercamiento a la imagen que el mío, que me crié con un Astroboy mecánico al que se le acababa la batería.

Después de tantos años en la docencia, ¿cuál es la característica principal que debería tener un alumno?

—Yo pido disponibilidad, en todo sentido. Primero, horaria. No me gustan las faltas. Me gusta que estén. O esos que vienen una vez por mes, no. Que tengan una prioridad. Y pido disponibilidad sobre todo para la sorpresa, no de esos que quieren hacer algo, vienen a buscar algo, ¿entendés? Porque lo más copado que te puede pasar en el arte es que vas a encontrar algo que no esperabas. Que lo hagan y decir: “¡Guau!. Mirá lo que pasó. Esto no lo imaginamos”. Eso de exceder nuestros planes, ¿no? Eso es un éxito. Pero esa disponibilidad es lo más preciado. Alguien que esté dispuesto realmente a soportar lo desconocido o verse en una situación que no se hubiera imaginado. Eso es apasionante.

¿Y del otro lado? En los últimos tiempos, sobre todo por la crisis, muchos artistas jóvenes están abriendo talleres, ¿qué les recomendarías a ellos?

—Ellos que hagan lo que puedan, pero que le pongan onda. Yo doy clase desde antes de la hiperinflación, entiendo cada momento de crisis, lo viví mil veces, que de repente está lleno de maestros. Y hay que desconfiar del que se dice maestro. Pero, así, duran poco. La cosa es el que persiste, ¿viste? Y sí les recomiendo que le pongan onda. Que tengan mucha paciencia y mucho amor, la verdad. Hay que querer hacer esto. No es cualquier cosa. Por lo general, los buenos quedan y después los que no, se caen. Levantan unos pesos y después cuando pueden hacen otra cosa. Está bien así. Pero es un poco desesperante que todos sean maestros. Pero después hay algunos buenos, está bien. Con el tiempo, uno no elige ser maestro, los alumnos te terminan eligiendo a vos. O sea, la gente se va sola.

Diana Aisenberg
Para su próxima muestra, la artista está trabajando sobre viejos empapelados y baldosas (@dianaaisenberg)

¿Qué podés adelantar sobre tu próxima muestra?

—Tengo una muestra en la galería de Sousa, a fin de mayo, todavía no está confirmada la fecha exacta. Voy a mostrar unas pinturas que hice en rollos de empapelar de distintas épocas, que me los donaron personas que han sido rescatados, algunos muy antiguos. Y también baldosas Flexiplast, pisos de oficinas que eran muy usados en los setenta. Tiene que ver con materiales en desuso que uso ya hace bastante. En la muestra anterior había todo tipo de textiles que se usaban en las casas: manteles, servilletas, toallas, sábanas, cosas bordadas de abuelas y tías. Tengo muchas obras con materiales así, personales, que las personas me donan, que uso como soportes, que también hablan de algunas cuestiones bastante de clase, porque no todos usaban esos materiales. Y de lo que pasa con la tecnología, ¿no? Y las materialidades de otras épocas. Y proceso de soporte o de materia para la obra. Y ahora sí, en esta muestra hay baldosas y empapelado.

¿Por qué te interesa trabajar con materiales en desuso y qué relación ves entre arte, tecnología y materiales?

—La materia que usamos los artistas está muy ligada a las tecnologías de cada época. Pensá que cuando recién se pintaron los autos, aparecieron los colores metalizados, el flúo. Hay muchas cosas que se van incorporando porque la tecnología te lo permite, como la resina para los modos de hacer escultura o incluso en el videoarte, todas las obras se hacen con drones. Ahora cualquier video tiene una toma aérea. Antes era casi imposible. El arte y su materialidad está muy ligada a la tecnología. Es bastante interesante esa conexión. Los plásticos, las resinas, los colores. Yo no tengo pasión por la originalidad, por “la novedad”, más bien al revés, me llama mucho más lo que persiste, lo que queda, lo que todavía está, lo que todavía se puede dar cuenta.

*MDA. El Manual, de Diana Aisenberg se presenta por la artista el viernes 24 de abril a las 17:30, en el Café del Museo Moderno, Av. San Juan 350, en diálogo con Malena Pizani y Nicolás Cuello.

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