
A la escritora Dahlia de la Cerda -como a los cantantes de narcocorridos- le han dicho muchas veces que sus libros humanizan a criminales y traficantes, pero ella, procedente de Aguascalientes (México), conoce bien la violencia y defiende que hablan del “80% de los mexicanos” que viven atravesados por la precariedad. “A mí me parece mucho más peligroso romantizar la riqueza que romantizar la precariedad y el conflicto con la ley”, alega en esta entrevista en Madrid.
Insiste en que es “mucho más problemático romantizar estilos de vida aspiracionales a los que poca gente en México tiene acceso que romantizar incluso a jóvenes que la única posibilidad que han tenido para salir de la precarización o la pobreza extrema ha sido la venta de drogas”.
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Y defiende que “hasta el peor delincuente sigue siendo un ser humano, con sus complejidades y matices”: “Ese monstruo es hijo de alguien, es hermano de alguien y sigue conservando sus derechos humanos incluso después de haber cometido crímenes horribles”, defiende la escritora de Medea me cantó un corrido y Perras de reserva (ambas publicadas en España en Sexto Piso).

Escribir desde el barrio
De la Cerda fue finalista el año pasado al Booker Internacional, y dice que ella, que es demasiado “delulu”, quiere mantener los pies sobre la tierra porque escucha un corrido y dice: “soy ese”. Pero la fama que ha adquirido es también muy criticada.
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No cita a poetas clásicos o escritores griegos, sino a Eme Malafe y a “Maluma Beibi”. Habla de “chingones”, de “mi carnal”, de “pasarse de verga” y de “kittychelas”, con una literatura de tú a tú que entienden sus vecinos y tienen que “googlear” los académicos. “Lo que yo narro en mis libros representa fácilmente al 80% de los mexicanos que están atravesados, quizás no necesariamente por el crimen organizado, que estén vendiendo droga o que anden delinquiendo por la izquierda, pero sí por la precariedad”, dice.
“Para mí es impactante que escandalice más alguien que habla desde la experiencia común de la clase trabajadora del pueblo mexicano que alguien que habla desde el privilegio”, lamenta.
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Critica que se aplauda a las escritoras que van a encontrarse a sí mismas en Nueva York pero a ella la odien por escribir de “personas precarizadas y empobrecidas”.
Apunta que muchos no soportan que una persona como ella, que no tiene un título universitario, que trabajó en el tianguis (puestos callejeros) y viene de abajo haya sido nominada al Booker. “Siento que hay mucho disciplinamiento de clase, de estarme recordando constantemente que lo que yo hago no es literatura porque soy una salvaje, una primitiva y una persona barrializada”, juzga.
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Todos los prismas de la violencia
Su anterior libro, Perras de reserva, nació de la rabia de vivir un feminicidio cercano y Medea me cantó un corrido, sin embargo, de una “profunda ternura” y “desde el pensamiento radical de creer que la crianza debería ser un proyecto colectivo”.
En este último libro hace, a través de 6 relatos interconectados, una radiografía de un país muy parecido a México y un cartel muy parecido al de Jalisco Nueva Generación. Hay escenas crudas de cómo los carteles reclutan y entrenan a los jóvenes y cómo las madres los buscan cuando los desaparecen. También las páginas están atravesadas por abortos y nacimientos en actos de resistencia y de violencia.
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Porque parir cuando eres una mujer palestina o musulmana en un país donde te odian es un acto de resistencia. Porque parir siendo afrodescendiente en un barrio donde el gobierno instala clínicas de aborto “porque tu estirpe, porque tu prole significa un problema para una sociedad blanca, colonizada, católica, de la familia tradicional” también lo es, afirma. Pero abortar cuando “ya tienes dos hijos, ya los criaste, ya estás harta, ya no puedes con la maternidad (...) y tu esposo es provida” también significa resistir.

Y aunque su discurso, sus libros y su activismo en Morras help morras son feministas, siente que a veces necesita distanciarse del feminismo. O más bien del “feminismo hegemónico blanco porque ha monopolizado las violencias que vivimos las mujeres sin considerar las diferencias de clase y de raza”. Pero cuando dejó de militar, cansada de que el feminismo se enzarzara en si las trans pueden “cagar” en un baño de mujeres, en su estado de México redujeron el aborto a las seis primeras semanas de embarazo.
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“Si yo me quedo en el feminismo y si me aferro a él es porque no se lo voy a conceder a las feministas transodiantes, porque yo ya he visto el cagadero que hacen cuando se les deja”, dice asqueada. Y si le dan a elegir si ganar el Booker Prize o que le escriban un corrido, lo tiene claro: se queda con el dinero del premio para pedirle al compositor Gerardo Ortiz que le escriba una canción.
Fuente: EFE
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[Fotos: EFE/ José Méndez (archivo)]
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