Todo lo que ‘La historia oficial’, la gran película de Luis Puenzo, significó en un tiempo muy particular de la Argentina

Protagonizada por Héctor Alterio y Norma Aleandro, se estrenó en medio del juicio a las Juntas de 1985 y se consagró con un Oscar en el día del 10° aniversario del golpe del 24 de marzo

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Tráiler de "La historia oficial" (1985), de Luis Puenzo

La historia oficial se estrenó el 3 de abril de 1985 y su momento cumbre habría de ocurrir casi un año después, el 24 de marzo de 1986 cuando la propia protagonista -azares del destino- Norma Aleandro anunció el Oscar para la película de Luis Puenzo. El camino hacia aquellas dos fechas fundacionales para la historia del cine argentino -la noticia de la muerte del director potencia el efecto- fue largo y sinuoso, vinculado en gran medida a los vaivenes políticos y sociales de la Argentina de aquellos tiempos.

La decisión de Luis Puenzo y la guionista Aída Bortnik de abordar el delito de apropiación de bebés durante la dictadura militar desde la perspectiva de una madre apropiadora, y no desde la de una abuela, marcó un quiebre en la narrativa del cine nacional. Esa apuesta narrativa, junto con el contexto de la reciente recuperación democrática, posicionó a la película como un fenómeno sociopolítico. Tras el reconocimiento internacional iniciado en Cannes, cuando Aleandro ganó el premio a “mejor actriz”, y potenciado por el Oscar, la película alcanzó una convocatoria de público inédita para el cine argentino, sumando 1.800.000 espectadores en salas locales.

El contexto de producción definió el carácter y los riesgos asumidos por el equipo en ese momento tan particular. El rodaje se realizó en 1983, todavía bajo régimen militar, adoptando estrategias de seguridad y economía excepcionales: Puenzo utilizó su propia casa de Acassuso como set principal de filmación, con escenas clave grabadas en la cama matrimonial que compartía con su esposa, Nora. Los camarines improvisados fueron los dormitorios de sus hijos (entre ellos, una niña Lucía, hoy relevante escritora y cineasta). Las condiciones de presupuesto y las amenazas latentes justificaron un modelo de producción reservado, con el notable Félix “Chango” Monti al frente de la dirección de fotografía, recurriendo a recursos limitados y soluciones técnicas derivadas de la experiencia en publicidad que compartieron él y Puenzo.

La selección de Norma Aleandro para el rol de Alicia sintetizó la negociación estética y política del proyecto. Recién llegada del exilio en España, la actriz aceptó por considerar el papel como un deber cívico en colaboración con las Abuelas de Plaza de Mayo, que ya habían recuperado a tres nietos. El elenco se completó con Héctor Alterio, Patricio Contreras, Chunchuna Villafañe, Hugo Arana y Chela Ruiz. El casting y la dirección requerían discreción: años después, Aleandro relató el temor real frente a posibles represalias, en particular sobre los menores del elenco.

Primer plano de una mujer con cabello oscuro y blusa a rayas, sosteniendo una copa, mirando a un hombre cuyo hombro y parte trasera de la cabeza son visibles. Una lámpara y botella verde al fondo
'La historia oficial' marcó un hito internacional para el cine argentino con un Oscar y un premio en el festival de Cannes

‘La historia oficial’, de Cannes al Oscar

La historia oficial llegó al Festival de Cannes de 1985 sin expectativas de repercusión masiva, pero su recepción alteró el circuito habitual del cine argentino. El premio a “Mejor Actriz” compartido entre Norma Aleandro y Cher -destacada por su interpretación de sufrida madre en Máscara- amplificó la visibilidad mediática en Europa y fundamentalmente, en Estados Unidos. Esa notoriedad en medios norteamericanos fue clave para la estrategia de lanzamiento internacional, y constituyó un caso temprano de impulso cruzado entre festivales europeos y la prensa estadounidense como ventana de exportación para el cine argentino. Después de La Tregua -nominada en 1974, bajo otras condiciones de la industria misma-, la película de Puenzo abrió una puerta poco explorada o directamente desconocida para las producciones argentinas.

En consonancia con un tiempo social y político muy particular de la Argentina -también con repercusión internacional- la circulación de la película coincidió con el juicio a las juntas militares y con la casi constante revelación en la prensa de la época, de las historias de aquel período terrible de la historia argentina que incluían los secuestros, torturas y casos de apropiación de recién nacidos. Las nuevas generaciones tuvieron un buen fresco de época con el ambiente general de la reciente Argentina, 1985, de Santiago Mitre: mientras los diarios cubrían a diario el desarrollo del juicio a las juntas militares, los cines de todo el país tenían a La historia oficial en cartelera. Décadas después, Norma Aleandro recordó que el público local aún no procesaba ver en pantalla lo mismo que leían en los diarios, y que el éxito de taquilla resultó una consecuencia indirecta del reconocimiento internacional, no del estreno original.

El Oscar obtenido el 24 de marzo de 1986, nada menos, en el 10° aniversario del golpe de Estado, ubicó a La historia oficial como referente de la representación argentina ante la comunidad audiovisual global.

Mujer con cabello rizado y blusa marrón sentada en un transporte público antiguo, rodeada de otros pasajeros, algunos leyendo periódicos
El director Luis Puenzo y la guionista Aída Bortnik eligieron narrar el drama desde el punto de vista de una madre apropiadora que no lo sabía

Un rodaje bajo amenaza

El entorno operativo del rodaje, en los últimos meses de la dictadura, obligó a Luis Puenzo a transferir protocolos habituales de la publicidad a la ficción cinematográfica, involucrando a su equipo de confianza y recurriendo a espacios domésticos. El trabajo consistió en adaptar la iluminación y el diseño de cámara a los requerimientos de un drama con presupuesto ajustado, evitando cualquier exposición pública del proceso.

La idea de proteger a la menor integrante del elenco de potenciales amenazas cristalizó la gravedad de ese contexto de rodaje. El equipo, formado por técnicos experimentados en la producción publicitaria, modeló un método de trabajo basado en la contención, la confidencialidad y la eficiencia logística. La dinámica de producción se sostuvo hasta el cierre de la dictadura, cuando la película ya se encontraba en etapa de posproducción y la agenda pública comenzaba a registrar los primeros reconocimientos judiciales a las víctimas del régimen militar.

En términos narrativos, la película también tuvo un punto distintivo. Así lo describió el crítico y periodista Gustavo Noriega en Infobae, en septiembre de 2018: “La decisión de Puenzo y la guionista Aída Bortnik de contar la historia del secuestro de bebés a través de una madre apropiadora y no siguiendo la búsqueda de una abuela fue clave. La refundación democrática argentina necesitaba una historia que legitime a la sociedad y la deje por fuera de la violencia que había arrasado al país desde comienzos de la década del 70 y que no se había detenido hasta el desastre de Malvinas. La película de Luis Puenzo cumplía inconscientemente con ese rol de manera brillante".

Norma Aleandro SF
Norma Aleandro, recién llegada del exilio, interpretó el papel central con fuerte compromiso cívico vinculado a las Abuelas de Plaza de Mayo

La colaboración de Abuelas de Plaza de Mayo

La colaboración activa de las Abuelas de Plaza de Mayo legitimó tanto la estructura narrativa como el fundamento ético de la película. Norma Aleandro señaló la importancia de ese respaldo en relación con su propio compromiso ciudadano, y la sinergia entre guionistas, dirección y el movimiento de derechos humanos. Ese vínculo permitió articular la ficción como vía de divulgación de las denuncias que comenzaban a salir a la luz tanto en Argentina como en el escenario internacional.

La sociedad argentina de los años ochenta se vio reflejada en Alicia (interpretada por Norma Aleandro), una profesora de historia de secundaria que atraviesa una revelación estremecedora: su hija adoptiva en realidad es hija de desaparecidos y fue apropiada de manera ilegal. Con esta construcción, La historia oficial ofreció una perspectiva que trasladó a la sociedad el lugar de testigo en lugar de protagonista, permitiendo cierta exculpación colectiva. Ningún otro momento del cine argentino, tal vez, logró una conexión tan directa con su tiempo como lo hizo esta película, que dialogó intensamente con la recuperación democrática y el proceso de exposición de los crímenes cometidos durante la represión.

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