
La niñera entra en la casa y encuentra a los mellizos muertos. La imagen de los cuerpos, el silencio abrupto y el desconcierto dominan la escena. Es el tipo de instante que rompe cualquier relato previo sobre la maternidad y deja, en su lugar, un vacío imposible de nombrar. Y una pregunta que vuelve con : ¿cómo pudo hacerlo?
Ese descubrimiento brutal no solo sacude a la familia, sino que recorre los canales de noticias y conmociona a todo un país. La madre de los niños es señalada como responsable del filicidio, y el hecho se convierte en el centro de un caso mediático que desborda lo privado. Esta escena es parte de la novela Las madres no, de la autora vasca Katixa Agirre, pero vuelve con el terrible caso de Ángel López, cuya autopsia se acaba de conocer y muestra más de 20 lesiones cerebrales.
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El libro salió en octubre de 2018 en lengua vasca: Amek ez dute, y un año después, en castellano. en España, traducido por la autora. “En la novela -escribía Gabriela Saidon en un artículo sobre libros que hablan de madres que matan- la maternidad ubica a la narradora en el lugar de la pregunta. Su obsesión con el caso de Alice/Jade, la mujer que mató a su bebé y su beba gemela ahogándoles en la bañera, aparece como un hecho inexplicable, pero también como objeto tentador de investigación para el libro, y como motor para cuestionar: ¿Ser madre es una cárcel? ¿Por qué las infancias están tan desprotegidas? ¿Es porque es “fácil” matar a alguien tan pequeño?"

Así los lectores de Agirre se enfrentan así a un cuestionamiento incómodo: ¿qué puede llevar a una madre a cruzar ese límite? El crimen desencadena en la narradora el impulso de escribir y de revisitar su propio pasado, marcado por el breve vínculo que tuvo, años atrás, con la madre acusada.
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Investigación personal y maternidad a contraluz
La narradora, recién convertida en madre, alterna la tarea de reconstruir el caso con el cuidado de su hijo y las labores domésticas. “Una especie de novela negra, un thriller judicial”, define el texto que intenta escribir, mientras la vida cotidiana la obliga a detenerse y repensar el sentido de cada acción.
A lo largo de la novela, el filicidio funciona como el disparador de una exploración que va más allá del hecho policial. El relato se aleja de la espectacularidad mediática para enfocarse en la fragilidad de los vínculos, el peso de los mandatos sociales y la dificultad de conciliar el trabajo creativo con las exigencias del cuidado.
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Para quienes buscan entender el centro de Las madres no, la novela estudia cómo un crimen conmueve no solo la opinión pública, sino también la subjetividad de quien narra, obligándola a mirar de frente sus propios límites y contradicciones maternas.
Zonas grises
Durante el juicio, la protagonista descubre detalles inesperados: Alice, la madre acusada, había hecho innumerables esfuerzos para tener hijos, y asegura no recordar el momento del crimen. El relato desmonta así la figura de la madre monstruosa y propone una mirada más compleja sobre el drama.
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En vez de apostar por una escritura experimental, Katixa Agirre elige un estilo transparente y directo. El resultado es un relato que invita a pensar los márgenes de la maternidad y las grietas de la vida doméstica, sin dejar de interrogar los discursos que la rodean.
Otros casos, otros libros
Saidon, en su artículo, recuerda que “detrás de estos casos está Medea, la figura mitológica, la antiheroína griega que, en la tragedia de Eurípides (siglo V a.C), mata a sus dos varones mellizos. En todas partes la justificación del crimen es un acto de venganza contra su marido, Jasón, por irse con otra, princesa y futura reina. Los adjetivos: horrendo, abominable, espeluznante”.
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También habla de una escritora argentina radicada en Francia, Laura Alcoba (autora de la trilogía que inaugura La casa de los conejos). Alcoba editó A través del bosque, una novela cuenta la historia de Griselda, quien también ahogó en la bañera a sus dos hijos de tres y cuatro años en 1984, en París. “Solo que, en este caso, una hija (Flavia) sobrevivió y pudo contarlo”.
Y, además, menciona una historia imaginada por Laura Santos, escritora mexicana radicada en Buenos Aires, en Una cabecita que rebota. Ya en el primer capítulo la protagonista de la novela, Silvia Maldonado, se desnuda frente al espejo: “Yo la maté, repetía. No fue su padre ni su abuelo. Yo la maté”. Y concluye: “Esta historia comienza así, con una cabecita que rebota”.
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Perla, la hija, está destinada a brillar, a diferenciarse de su madre gorda. Pero Silvia sabe que no va a poder escapar del karma de la gordura, en un ámbito donde la belleza hegemónica es norma y ley. Por eso, para que la nena no sufra lo que ella sufrió, la mata. Su contacto con otras mujeres y el vínculo de maltrato por parte de su marido, Calvin, la llevan a ambicionar el poder del que siempre se la ha dejado al margen.
Y, finalmente, está Hot Sur, de la colombiana Laura Restrepo, un plateo que desgarra: una mujer de clase alta mata a sus tres hijos adolescentes y discapacitados. Dice el libro: “Padecían una conjunción apabullante de malformaciones de nacimiento, como ceguera, sordera y retraso mental. La mujer se consagró a ellos hasta que cumplieron los trece años de edad, y en ese momento tomó la decisión de eliminarlos con sobredosis de narcóticos. A los tres el mismo día, todos al tiempo, tomando las precauciones necesarias para que no sufrieran ni se percataran de lo que estaba ocurriendo. Simplemente los dormí, los dormí para siempre, declaró después ante la prensa, con una serenidad que algún reportero calificó de pasmosa”.
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