
La obra más reciente de s, Sufro luego existo. La víctima como héroe (Siruela), plantea que en el siglo XXI la antigua fascinación heroica ha sido sustituida por una intensa ensoñación victimista. Para Bruckner, esta transformación es fruto directo de la frustración de la promesa democrática en las sociedades occidentales, lo que, según sostiene, ha instalado la queja en el centro mismo de la vida psíquica contemporánea.
En este ensayo, el filósofo francés, figura destacada del grupo de los Nuevos Filósofos desde los años setenta y ochenta, se interroga sobre cómo la cultura del victimismo se ha convertido en una de las fuerzas más decisivas en la política y la vida social de Europa y Estados Unidos.
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Un dato relevado hacia el final del texto, citado por el medio británico, ilustra el alcance del fenómeno: “El sufrimiento vende más que el sexo”, afirma Bruckner, quien señala que la ola de autoficción en la literatura actual se asienta en la exaltación de experiencias traumáticas y es directamente incentivada por la industria editorial, que ve en la autocompasión una fuente inagotable de rentabilidad emocional y económica.
El eje del análisis reside en cómo, para Bruckner, el victimismo ha dejado de estar limitado a los márgenes sociales y se ha convertido en aspiración transversal. Identifica que tanto individuos como países compiten por reconocerse víctimas, en lo que denomina una “democratización del martirio”.
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Este fenómeno, según el filósofo, no se circunscribe a una posición ideológica única: la izquierda, ha hecho de la victimización una herramienta central para radicalizar el discurso público y justificar políticas de bienestar, mientras que en la derecha también proliferan casos relevantes, siendo Donald Trump un ejemplo citado.
Bruckner establece un paralelismo entre el auge contemporáneo de los sentimientos de agravio y los excesos de la cultura woke y las políticas identitarias, para las que el estatus de víctima se convierte en capital político y social. Recoge casos de figuras públicas que a pesar de haber alcanzado el éxito insisten en su condición de oprimidos, como una cantante francesa que, tras recibir un premio nacional en televisión, aseguró ante millones de espectadores: “No quieren permitirnos a los negros con sobrepeso llegar a la cima”. Ejemplos como este desvelan, en palabras de Bruckner, una tendencia extendida en la que la autoidentificación como víctima garantiza prestigio, inmunidad frente a la crítica y derecho a reconocimiento.
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El autor remite también a la proliferación de expertos en “ofensología” y la creciente censura en el ámbito académico, señalando que en los campus universitarios de Estados Unidos abundan las denuncias anónimas que arruinan carreras y modifican los programas de estudio por temor a las sensibilidades de estudiantes, lo que, según denuncia, deteriora el nivel de exigencia y multiplica la iletración.

La prevalencia del victimismo, señala Bruckner, tiene como consecuencia paradójica que las víctimas genuinas quedan marginadas frente a quienes hacen de la autocompasión una estrategia. El autor lo resume en una frase: “La victimización es la versión dolorida del privilegio”, una síntesis que, según analiza el medio británico, desnuda la lógica oculta de una época en la que ser víctima otorga ventajas de reconocimiento público y acceso a recursos. El riesgo, advierte, es que en esa competición constante por ser la víctima más visible, quienes han sufrido verdaderamente pierden protagonismo y protección.
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Bruckner extiende la crítica a los Estados que adoptan el discurso de la víctima como política nacional. Un ejemplo citado por el autor es Rusia bajo el mando de Vladimir Putin, que reutiliza la narrativa de la opresión nazi para justificar su agresión contra Ucrania, pese a la evidente contradicción de que el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, es judío. El filósofo aduce que una definición laxa de opresión lleva a la expansión constante del grupo de los oprimidos, hasta el punto de que cualquier acto, incluso el aprendizaje de conocimientos nuevos o el contacto con textos clásicos, puede ser considerado un acto de violencia simbólica contra la supuesta fragilidad de los estudiantes.
Bruckner sostiene que la tradición de ver a la víctima como el gran héroe de nuestra época no es exclusiva de su análisis, y cita como antecedente el ensayo Crítica de la víctima (Herder, 2017) de Daniele Giglioli, quien afirmaba que “ser víctima otorga prestigio, exige escucha, activa un potente generador de identidad y de derechos, inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”.
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En la argumentación del filósofo francés resonó también la denuncia contra la artificial jerarquía del sufrimiento: “Al parecer hay víctimas más importantes que otras, especialmente si su dolor fue causado por el fascismo y no por el comunismo”. Bruckner enumera cómo la violencia de los Gulags o las campañas de terror maoístas raramente reciben la misma atención histórica que la persecución nazi.
Según la tesis de Bruckner, el auge de la autovictimización ha favorecido la aparición de una cultura de la queja permanente y una sensibilidad exacerbada frente a las adversidades. En sus palabras recogidas por The Telegraph: “Nos encontramos en una sociedad de abundancia gruñona”, caracterizada por la abundancia material y, al mismo tiempo, cargada de insatisfacción.
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El autor advierte del crecimiento de un “negocio de la autocompasión”, impulsado por la industria editorial y por la proliferación de expertos y movimientos que convierten el sufrimiento en un bien comerciable y en una potente palanca de autoestima y derechos subjetivos. “No hay nada que nuestras sociedades admiren más que un hombre o una mujer que haya sufrido grandes tragedias, haya rozado la muerte y se haya levantado”, insiste Bruckner en su ensayo publicado por Siruela.
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