
Primero uno piensa que el problema es que está distraído y pregunta: “¿Qué dijo?“ Y enseguida: ”¿Qué dijo?" Y después no pregunta más porque tampoco es cuestión de molestar a cada rato. Somos cuatro amigos viendo Nuestra tierra, el documental que filmó Lucrecia Martel a partir del asesinato de Javier Chocobar, un cacique de la comunidad Chuschagasta de Tucumán. Pero que se toma el tiempo para ir más allá de eso o, mejor dicho, de buscar todo lo que hay detrás de ese asesinato, lo que no se dice, lo que se acepta, lo que se da por hecho.
Martel muestra -cómo no, es algo que salpica- el racismo. Por supuesto. Muestra la humanidad de los integrantes de esa comunidad indígena, la de cada uno, más allá de ser “comunidad”. Y lo logra con un recurso sencillo: algunos personajes abren sus cajas de fotos. Se imprimían en papel, ¿se acuerdan? Ahí se ven recorridos vitales, se ven amores y hasta asoma el país, como en el el testimonio del hombre que se hace obrero especializado en Buenos Aires, le va bien, se va de vacaciones a Mar del Plata... no es un estereotipo, es un argentino de raíces indígenas en la década ¿del 60? ¿del 70?
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Pero, claro, algunos de esos testimonios no se entienden. Acá, en la platea de Buenos Aires, cuesta. ¿Nos habremos perdido mucho? Cuando termine la película y nos quedemos largo rato charlando sobre lo que vimos, alguno del grupo va a tirar: “¿No tendría que haber subtitulado?" Y se va a armar la discusión.

¿Subtitular a argentinos para que los escuchen argentinos? ¿Qué gesto político sería ese? ¿Y qué gesto es no hacerlo? ¿Será que Martel, que es salteña, sí entiende? ¿Será que quienes no entemos somos estos cuatro porteños o, en general, los porteños?
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Algo parecido pasa, por momentos, en las páginas de Una casa sola, la novela que publicó hace semanas la entrerriana Selva Almada y que está entre las más vendidas. “¡Jiedo a madriguera“, dice, a poco de arrancar. ”¡Chaque la toronja!, ¡Cursiento ’e mierda". Y mucho más. Almada ha dicho que recurrió, simplemente, a palabras ya escritas en la literatura gauchesca. Y un poco, claro, de sus pagos, lo que es natural para sus oídos. ¿Debería haber hecho un glosario?
Un castellano argentino
Si el documental se llama Nuestra tierra abriendo una pregunta sobre la palabra “Nuestra” -¿Nuestra de quiénes?-, la cuestión de la lengua apunta a otro “Nuestro”, nuestro idioma, el de los argentinos.
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¿Hay un idioma de los argentinos, común, que no necesite subtitulado ni glosario ni nada, que todo argentino entiende y en el que se pueda expresar.
El lingüista Santiago Kalinowski matiza:
“Hay muchísimas maneras, infinidad de maneras de hablar una lengua. Si uno se pone fino, muy fino, muy fino, no hay dos hablantes que hablen igual una lengua”.
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Pero, claro, si uno aleja un poco la cámara hay similtudes en ciertas regiones que contrastan con las de otras. “No pronunciamos de la misma manera”, dice el lingüista.
Entonces, ¿hay un castellano argentino? Un poco sí, está lo del “vos” en el lenguaje más extendido, que nos distingue de otras regiones. Pero, en definitiva, dice: “La respuesta corta es ‘no’”.
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¿Pero no sería lógico subtitular si no se entiende en todas partes? “Nosotros muchas veces tenemos problemas para entender algunos pasajes de películas españolas, pero no se nos ocurre subtitular”, dice Kalinowski.
Hay cosas, por supuesto, que se van entendiendo, cosas que te perdés y reponés, cosas que aprendés después de un rato. Así es convivir de igual a igual. En punto, dice el lingüista, subtitular es señalar que esa forma de la lnegua está alejada de la zona del prestigio. “Se selecciona quién subtitula, qué qué se subtitula, a quiénes sí, a quiénes no, y ahí ya se vuelve muy político el tema.”
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Se trata de valoraciones, lo que vale y merece el esfuerzo, lo que no. Y da un ejemplo que nos atañe: “La condena del voseo se sostuvo hasta que llegó el siglo XXI. En muchos círculos de la RAE había que ir a hablar con los lingüistas para que no condenaran el voseo, algo que tuvo origen en los años treinta del siglo XIX con Andrés Bello, que estaba preocupado porque las independencias americanas iban a fragmentar la lengua”.
No hay una manera de hablar mejor que otra, subraya, no hay una variedad mejor que otra. Si es común decir que una lengua “es un dialecto con un ejército”, es decir que es como cualquier dialecto pero con un peso de poder fuera del lenguaje, lo mismo se puede aplicar a diferentes variedades dentro del mismo idioma. Algunas tienen más poder, más prestigio, más editoriales, más medios de comunicación.
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¿Subtitular es respetar o al revés?
Ahora, ¿es lógico no subtitular y que parte del país se quede sin entender? ¿Es más respetuoso garantizar que lo que un entrevistado dijo será comprendido o cuidar que su pronunciación no sea considerada marginal?

“Yo no escribo libros para que la gente no los entienda”, responde Selva Almada. Y tiene sus razones: “Si algo me dio a mí la literatura y la lectura fue entender las cosas y conocer cosas que no conocía”. La observación sobre el lenguaje de su novela, dice, muestra “que dentro de Argentina hay muchos países y hay gente que se siente extranjera dentro de una lengua que es la propia, pero con otros matices, o que piensa que los que hablan la lengua con otros matices son extranjeros”.
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Además, “si la única lengua es la contemporánea, no podemos entender otras cosas si nos mueven de ahí”. Una lectura, sabe “no se hace por palabra por palabra. Puede ser que haya palabras que no sean de uso cotidiano porque son de otro siglo o porque son de otra región y no tenemos por qué conocerlas. Pero esas palabras están en un contexto y el significado se repone”.
¿Entendimos la película, entendí la novela así como están? Diría que sí, seguro. ¿Hubiera entendido otra cosa con todas las palabras? Algún matiz, puede ser (igual, me gustaría saber todo lo que se dijo). Pero más allá de eso: ¿podemos escuchar si nos hablan de una manera diferente? ¿O depende de quien sea el que habla? ¿Estamos dispuestos a hacer el esfuerzo?
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