
La tía enlazamundos, el gollum que a la vez cuida y roba el anillo que preserva la vida frágil de la comunidad, la machi que masca las hierbas más amargas por una hoguera mayor, inmaterial, transtemporal en las cuevas del frío patagónico, la pomba yira. Fernando Noy llega a nosotras desde todas partes, viene con cintas en el pelo, las cintas de Bonfim y las cintas casaderas de pastel de boda, cintas con las que se extrae la piedra de la locura y el pedrerío brillante de las vedettes del Tabarís y el carnaval bahiano, los buzios del destino.
Celebrar a Fernando es celebrar más de medio siglo de poetas, un linaje femenino y feminista que se teje en su poesía escrita, en esta reunión de poemas que festejamos con tanta alegría hoy, pero también en sus devaneos, en el modo absolutamente adorable con que Noy anda y se echó a andar por puro desparpajo entre luminarias de un mundo redondo que aparece y desaparece todo el tiempo. Por ese anhelo inagotable que se le reconoce en la sonrisa permanente y lo distingue pícaro en la bruma: dar fe de la fe, fe de la poesía como una manera de vivir, como un proyecto siempre apareciendo, siempre encarnando. Un modo de ser y de estar que desmelancoliza y hace que la pena valga lo que pesa, que el peso de nuestra pena se suelte y suene como un encadenamiento de versos en la voz ardiente de nuestras próceres, de nuestras madres y hermanas, de nuestras mayores escritoras.
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Lo que se dice es que estamos acá para atisbar la emergencia adorada de su poesía reunida, una cronología que ordena añares de textos que escribieron y escriben este texto mayor, pero no solamente del testimonio innegable de su poesía escrita, acá también nos juntamos para la reunión de medio siglo de aquelarre, de poetas, de voces, de destinos singularísimos, de uno de los modos más hermoso y verdaderos de la patria. Porque nuestro poeta trajo los ojos hasta aquí, para vivir siempre un poco más y porque en la poesía de Noy resuenan también los mundo de quien trae en sus alforjas, las voces de Olga Orozco, de Amelia Biaggioni, de Alejandra Pizarnik, de Irene Gruss, de Adelia Prado, de Marosa Di Giorgio, de Nestror Perlongher, de Egle Martin, de Batato Barea, me animaría a decir que también de Ioshua.
Tal vez sea así, cuando aparece una obra reunida aparece una constelación, y una constelación de constelaciones que se expanden, tal vez sea siempre así, pero es tan así, tan así ahora, en este acto, en este instinto, en esta convocatoria, en este juego de la copa que escancia versos sin parar. Tal vez un poeta siempre es una tía enlazamundos, tal vez su deambular siempre anuda lo desperdigado, siempre trae o recuerda el retazo que falta, siempre acomoda el canto grupal a una entonación que devuelve del exilio. Sin embargo, con qué gracia, con qué donaire y desparpajo, con qué generosidad suelta su magia, su poema, su testimonio, su donación profundísima y casquivana nuestro Fernando amadísimo.
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Y quién sabe si no responde también la pregunta para siempre abierta de Cadícamo en la que aparece su abuelo: ¿dónde estarán Traverso, el cordobés y el Noy, el pardo Augusto Flores y el morocho Aldao?, los guapos del Abasto que rimaron la canción.
Reunidos también acá, como todos nosotros, en este libro de libros.
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(Fotos: Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires)
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