
La historia de Dolores comenzó mucho antes de que yo supiera que alguna vez iba a escribir una novela. Empezó en una sobremesa, en la casa de mi abuela, en Buenos Aires. Yo iba seguido a almorzar con ella y, entre el postre y el café, aparecían historias familiares que muchas veces quedaban flotando en el aire, apenas insinuadas. Había algo en esos silencios que siempre me intrigaban.
En 2015, en uno de esos almuerzos, mi abuela me dijo que me iba a contar la historia de su hermana mayor, Dolores, “de punta a punta”: desde cuando emigraron de España hasta todo lo que pasó en su llegada a Argentina, cosas que muchas de sus hermanas habían preferido olvidar. No sé por qué, pero ese día tuve la lucidez de pedirle si podía grabarla con el celular. Me dijo que sí.
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Yo nunca conocí a Dolores, que murió antes de que yo naciera. Pero cuando mi abuela terminó de contarme su historia, lo primero que me salió decirle fue: “Esto es como para escribir una novela”. Lo dije casi en broma, como quien lanza un “algún día” que suena más a deseo lejano que a un plan real. Guardé el audio y seguí con mi vida.
Cinco años después llegó la pandemia y, de alguna manera, el mundo se detuvo. Cerraron restaurantes, gimnasios y oficinas. El tiempo, que siempre parecía faltar, de repente sobraba. Mucha gente buscó cómo llenarlo: yoga, pan con masa madre, aprender a tocar un instrumento. Yo encontré refugio en la escritura.
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Decidí reflotar aquella historia de Dolores. Busqué la grabación durante semanas y no aparecía. Hasta que un día la encontré en un mail que me había enviado a mí mismo, con el asunto “Abuela”. Recuerdo haber sonreído y sentirme orgulloso de esa versión previsora de mí mismo.
La escuché de principio a fin. La transcribí. Y ese germen fue creciendo hasta convertirse en Dolores: Una novela”, el libro que finalmente publiqué en 2024.
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Pero antes de escribir una sola línea, pasé un año entero investigando. Quería entender cómo era la Buenos Aires de principios del siglo XX, la época en la que transcurre la historia de Dolores. No los grandes acontecimientos históricos, sino la vida cotidiana, porque sabía que quería contar una historia íntima. Cómo se vestían, cómo funcionaba el transporte, qué barrios estaban creciendo, cuál era el lugar de la mujer en esa estructura social y qué implicaba llegar como inmigrante a una ciudad en expansión.
Armé un archivo con más de 300 fotos antiguas: mapas, planos, registros. Incluso encontré online el buque exacto en el que viajó Dolores con su familia, desde Málaga a Buenos Aires. Cuando escribí su nombre y apareció el barco, con la fecha precisa de llegada, sentí un escalofrío. La historia familiar dejaba de ser un relato oral y se volvía algo tangible.
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Después vino lo más difícil: aceptar que estaba escribiendo una novela, no una biografía exhaustiva. Mi abuela ya no estaba para responder preguntas. Mi mamá y mis tías me ayudaron con recuerdos heredados, pero entendí que mi fidelidad no debía ser notarial, sino emocional. La ficción no podía traicionar la esencia de la historia, pero sí completar sus silencios.
Soy comunicador y trabajo en publicidad. Ahí aprendí que cada palabra tiene que cumplir una función. En mi mundo profesional el tiempo de atención dura apenas unos segundos. En una novela, el desafío es sostenerlo durante más de 300 páginas. Intenté que cada escena empujara la historia hacia adelante y que el lector no se perdiera en lo innecesario.
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Pero más allá del oficio, lo que me impulsó fue otra cosa. Muchas personas que leyeron Dolores me dijeron que se sintieron identificadas porque en su familia también hay historias de inmigración. Todos venimos de alguien que dejó su tierra por algún motivo. Si la novela logra algo, me gustaría que sea eso: que alguien termine de leerla y llame a sus abuelos para preguntarles su historia antes de que sea tarde.
Mi abuela no llegó a ver el libro publicado. Falleció en 2018. Pero me gusta pensar que aquella tarde en la que decidió contarme la historia de su hermana sabía, de algún modo, que no era una anécdota más.
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Y que hoy estaría orgullosa de que aquella historia de vida esté plasmada en papel. De que lo que le dije al pasar en aquel momento se volvió realidad: esa sobremesa familiar se terminó convirtiendo en una novela.
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