“¿Y si acá pasó algo horrible o hermoso?”: Selva Almada y la memoria inquietante de una casa rural

La novelista presenta “Una casa sola”, un libro delicioso donde un refugio se convierte en un hogar hasta que sus habitantes desparecen en democracia

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Selva Almada
Selva Almada

Como comer un chocolate. Así se siente la lectura de Una casa sola, la última novela de Selva Almada, la autora de El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río. Una delicia que se va deshaciendo en la boca. Una delicadeza. Una manufactura sutil. Un chocolate delicioso que, si es bueno, también es bastante amargo.

Sonríe Selva Almada, en la oficina de la editorial Penguin Random House, cuando escucha esto. Suave. La escritora está publicda en lugares tan diversos como Francia, Indonesia, Portugal y Arabia Saudita y fue, en 2024, finalista del prestigioso International Booker Prize inglés. Pero su tono es, siempre ha sido, muy tranquilo: Almada es entrerriana, alguna vez se definió como una chica “de pueblo” y trae en los ojos y en el tono esas calles silenciosos, esos cielos grandes y cercanos, ese ruido de copas de árboles sacudiéndose por el viento.

Una casa sola, sin embargo, tiene más que ver con el campo que con el pueblo. No están lejos uno de otro pero son diferentes, claro. Se trata de una casa que empieza siendo casi un tinglado, un paradero para quienes iban a trabajar hasta uno de ellos la habita, la vuelve un hogar, la llena de familia. Y esa familia desaparece. Se esfuma. No es una historia de la dictadura pero algo pasó y las investigaciones por ahora no están dando resultados. Es la casa misma la que vio todo y es ella la que narra.

Selva Almada, vivió la rebeldía
Selva Almada, vivió la rebeldía de su propia casa. (Helena Margarit Cortadellas)

Por otro lado, hay un afuera, el “espinal”, donde aparecen voces de gente de distintas épocas. Charlan, gritan con palabras que no siempre los porteños entendemos, algunas de sus historias asoman.

Es que hay mucho campo, trabajadores de campo, y Almada parece hacer una especie de literatura gauchesca del siglo XXI, un cruce que no debería sonar tan extraño en un país cuyos destinos económicos están tan atravesados por las cosechas.

No es un libro fácil, hay que ponerle atención y corazón, pero una vez que se entra en su cadencia, es difícil soltarlo.

-¿Cómo aparece la idea? ¿Qué es este libro?

-Stephen King tiene ese libro, Mientras escribo, donde dice que los relatos aparecen cuando dos cosas distintos órdenes se cruzan. Quería escribir sobre una casa en el campo que estuviera deshabitada y se me cruzó también esto se ve en los aeropuertos en la Argentina, las pantallas que pasan fotos de gente desaparecida, pero desaparecida en democracia.

-¿Hay una casa que vos conozcas o te la imaginaste?

-Me la imaginé. Nunca había escrito sobre el campo, con todo el peso que tiene el campo en Argentina. El campo y las pantallas de gente desaparecida, que son chicos, pero también gente grande, también hombres, también mujeres de todas las edades. Eso me impacta cada vez que lo veo. ¿Dónde están? Y la casa ¿por qué está deshabitada? ¿Porque la gente simplemente se fue, se mudó, porque dejó el campo? Eso pasa mucho, con la migración del campo a la ciudad. Pero, ¿qué pasa si en realidad esta familia no se quiso ir porque se mudó, porque se fue en busca de mejores oportunidades a otro lado, porque ya no le funciona el campo, sino porque desapareció?

"Una casa sola", una novela
"Una casa sola", una novela delicada de Selva Almada.

-Claro, por eso la madre los busca de esa manera, si se hubieran ido voluntariamente ella lo sabría.

-No, no, claro: hay una desaparición no resuelta. Interviene la policía, hay una investigación...

-Todo en la casa.

-¿Y qué le pasa a la casa con eso? Había sido una casa donde vivía un tiempo un peón, paraban unos arrieros, era una casa de paso, y empezó a sentirse realmente una casa cuando una familia la transformó en un hogar. Y bueno, ¿y qué le pasa a ese lugar cuando queda vacío, pero cuando además no se sabe qué pasó con esa gente?

-¿Qué es una casa? ¿Siente?

-Pasó esto: en mi casa hicimos una reforma grande. Fue la pandemia, las cosas se complicaron. Finalmente, se terminó, pero es como que la casa quedó resentida. Se opuso mucho a los nuevos pisos, los levantó cuatro veces, hasta que los tuvimos que directamente resignar la madera y poner otra cosa.

-Ganó la casa.

-Y siento que la casa quedó resentida con nosotros, nunca termina de estar bien, siempre hay cosas que se rompen, como si nunca terminara de adaptarse a sus reformas. Eso también me hizo pensar en la vida de las casas.

Selva Almada en el stand
Selva Almada en el stand de Infobae en la Feria del Libro 2022.

-¿Pasaste por muchas casas?

-Sí, me fui a estudiar a otras ciudades, viví en muchas casas alquiladas... A veces decía: “¿y si en esta casa pasó algo horrible o tal vez pasó algo hermoso?“. Bueno, la memoria de las casas, eso también me venía llamando la atención desde hacía un tiempo.

-Uno no reforma una casa cuando está de paso. Acá el peón, Lucero, la va modificando, la va construyendo, aunque no es el dueño en los papeles, es del patrón, que también es un personaje importante.

-Hay algo que atraviesa el relato de la novela, que es la propiedad. O sea, quiénes son los dueños. Y ahí hay una cuestión de clase bastante fuerte, bastante marcada, incluso en la casa. Por eso la casa dice: “A mí no me levantó ningún patrón”. La idea es “Yo no soy de un patrón, soy de esos que son como yo”.

-Me pareció que la narración construye los personajes, cuenta detalles y a veces pasa algo importante y no se cuenta, hay que deducirlo. Como cuando viene el patrón y contrata a la mujer de Lucero para acompañar a su mujer. Ahí algo pasa y yo me pregunté si tenía que ver con la desaparición. Como que hay algo importante que no está dicho.

-Sí, eso está así a propósito. Porque la que cuenta es la casa. Y la casa no puede contar más de lo que ve. O de lo que sabe. Y la casa no sabe qué pasó, no sabe por qué se fueron, qué pasó con ellos. No sabe, no recuerda en qué momento se fueron y tampoco sabe qué es lo que pasó en la casa del patrón.

-Y, por otro lado, están las historias de los personajes del espinal. Que me hicieron acordar a tu novela anterior, No es un río, donde hay personajes que están en otro plano de la realidad. Acá, además, con otro lenguaje.

-Sí, un lenguaje también de la gauchesca. Son personajes que aparecen en la primera página, van apareciendo y se van acumulando, el viento los va amontonando. En realidad salen de un guion que escribí con Maximiliano Schonfeld para la pelícua Jesús López. Había una escena que después no quedó porque era muy complicada de hacer. Allí, el protagonista de la película sufre una transformación de un orden un poco esotérico, y esa transformación ocurría en una isla del Paraná, un día de tormenta, una noche de tormenta y queda medio a la deriva en la piragua. Termina bajando y se encuentra con un grupo de soldados desertores del ejército de Urquiza, que los tipos siguen ahí. La escena ocurría en la actualidad y estos tipos estaban como en ese limbo que era la isla, el monte.

Los  libros de Selva
Los libros de Selva Almada

-Un espacio fuera del tiempo.

-Claro, un espacio fuera del tiempo donde se encuentran. A mí me gustaba mucho esa escena y cuando estaba escribiendo esto de la casa -mi idea era que la casa estaba volviendo al monte o el monte avanzando hacia la casa-, me dije: “Ah, aquellos gauchos vendrían muy bien acá y podrían habitar ese espinal”. Y ahí después empezaron a desplegarse estos personajes y a aparecer otros. El espinal es una especie de burbuja fuera del tiempo, donde estos rotos y desharrapados siguen viviendo. Y ahí se mezclan los tiempos, porque son de distintas épocas, pero viven en una curiosa armonía.

-Algunos tienen su pequeña historia, que se cuenta, como la mujer casada que se enamoró de un indio. Pero otros son apenas voces. Un coro. Como si fueran los relatos que todos tenemos detrás, los que vienen en una cultura y están “de fondo”.

-Sí, son personajes corales. Son voces y por eso acá tiene mucho protagonismo la voz.

-Y un lenguaje diferente de la narración de la casa. ¿Esas palabras de dónde salieron?

-Bueno, volvía al Martín Fierro, a Ascasubi, a la literatura gauchesca. Eso mezclado con otras cosas que todavía se usan en el campo o que yo escuché cuando era chica.

-¿No eras una chica de pueblo? ¿Cómo es tu relación con el campo?

-Yo yo crecí en un pueblo pero mi abuelo paterno vivía en el campo, era un campesino pobre. En los veranos yo iba mucho al campo, porque mis tías eran adolescentes, entonces me gustaba mucho estar ahí.

-¿Y te daba miedo el campo?

-Supongo un un poco sí, porque mi abuelo además era un gran narrador de historias y contaba mucho de la luz mala, de los aparecidos, leyendas del campo. Me daba miedo la gran oscuridad que había, porque además no había luz eléctrica ni nada. El sol de noche adentro y afuera, la boca del lobo.

Selva Almada nació en Entre
Selva Almada nació en Entre Ríos y vive en Buenos Aires. (Juan Roleri/ amb)

-Esos personajes parecen los relatos del imaginario popular, como si hubieran encarnado.

- Y sí, tiene que ver con eso, con las leyendas, con los mitos, con los cuentos de la gente de campo, las creencias.

-Hace veinticinco años que vivís en Buenos Aires. ¿Seguís haciendo literatura del interior?

-No sé qué literatura que hubiese escrito si hubiese seguido viviendo en la provincia. No es que me opongo a escribir cosas que tengan que ver con la ciudad, sino que no se me ocurren por ahora. La experiencia con la ciudad no aparece todavía.

-¿Te imaginás una película de este libro?

-No, no sé, por ahora no. Pero yo escribo medio viendo todo mientras estoy escribiendo. Puedo ver los mosaicos, los pisos rotos y los yuyos que salen de ahí, las telarañas. Entonces, no me imagino una película en el cine, pero ya me la vi toda la película mientras la escribía.

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