“Todas las exigencias del mundo”: deseos, valores y las grietas mentales en la idea de ser adulto

La docente y comunicadora Florencia Sichel desafía conceptos heredados y pone en jaque la autenticidad de las decisiones personales para una revisión profunda de lo que realmente significa alcanzar la madurez

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Las preguntas sobre la adultez
Las preguntas sobre la adultez y los mandatos sociales ocupan el centro de la nueva obra de Florencia Sichel

¿Qué significa ser adulto en el siglo XXI? La respuesta, lejos de ser simple, atraviesa las páginas de Todas las exigencias del mundo, el nuevo libro de Florencia Sichel. Escritora, licenciada en Filosofía, comunicadora y autora del exitoso newsletter Harta(s), ha dedicado buena parte de su trabajo a analizar cómo los mandatos sociales y culturales moldean la experiencia de la adultez.

Sichel lleva años abordando estos temas desde distintos formatos, desde su newsletter, donde reflexiona junto con una comunidad de lectores, hasta libros y unipersonales en los que se vale del humor y de la mirada filosófica para pensar la vida cotidiana. Y se ha consolidado como una voz que interpela a una generación que pone en duda los valores heredados y revisa qué significa realmente elegir en tiempos de infinitas posibilidades.

En Todas las exigencias del mundo, la autora explora los pilares sobre los que se construyó la adultez del siglo pasado —el trabajo, la felicidad, los cuidados y el amor— y se pregunta cuántos de esos ideales siguen vigentes y cuántos se han transformado en exigencias difíciles de sostener. Con una escritura que combina agudeza y cercanía, invita a repensar los deseos propios frente a las imposiciones externas y a revisar qué significa realmente elegir en una época de opciones infinitas.

A continuación, se comparte un fragmento de Todas las exigencias del mundo, que permite adentrarse en el enfoque y el estilo de Florencia Sichel.

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El libro revisa conceptos como
El libro revisa conceptos como trabajo, felicidad, cuidados y amor, cuestionando los valores tradicionales de la adultez

INTRODUCCIÓN: Adultos eran los de antes

No somos lo

que quisiéramos ser,

solo un breve latir

en un silencio antiguo.

“La edad del cielo”, Jorge Drexler.

Cuando era adolescente, una de mis películas preferidas era Los educadores. La historia es la de un grupo de jóvenes anarquistas que entran a las casas de gente de clase alta acomodada a desordenarles las cosas y dejarles carteles con consignas como “tienen demasiado”. Pero en una de esas visitas, algo sale mal y terminan entrando en una casa ¡con el dueño adentro! En una serie de malas decisiones, lo secuestran y la película se centra en las conversaciones que tienen esas dos generaciones.

Los jóvenes, los rebeldes, ¿los progresistas?, versus los adultos, los viejos, ¿los reaccionarios? Y en algún momento, ese señor (ahora, que me acerco a su edad, ya no me parece un señor) les dice: “Si sos neoliberal antes de los treinta años, no tenés corazón. Si no sos neoliberal después de los treinta, no tenés cerebro”.

Ahora soy yo la que fantaseo con una casa grande y una airfryer. ¿Eso me vuelve una persona sin corazón? Si alguna vez pensaba que iba a tener una vida distinta, esa idea empezó a contaminarse. No soy tan distinta a los personajes adultos de esa película.

El conflicto es conmigo misma. O con la repetición de mi historia. Estoy casada, tengo hijas, soy trabajadora. Me pregunto qué se jugó en la reproducción de esos mandatos y cómo serán otros modos de vida por fuera de los que yo estoy eligiendo.

El enfoque humorístico y filosófico
El enfoque humorístico y filosófico de Sichel cruza la divulgación con la experiencia personal para analizar las exigencias de la adultez moderna

Algo de la adultez me hace ruido. Adultos son las personas autosuficientes: con las cosas resueltas. Objetivamente lo soy, tengo 35 años. Hijas a cargo. Responsabilidades. Pago alquiler, colegio, obra social, expensas, servicios. Me pregunto qué otras cosas hacen a que alguien se perciba como adulto. Porque lo paradójico es que, por más tareas “de grande” que ejecute, nunca me termino de sentir adulta del todo. No importa que en mi día a día me encargue de cumplir con ese rol, todavía no siento que la adulta sea yo. Tampoco quiero ser chica o volver a tener quince años (ni siquiera tengo tan buenos recuerdos de esa etapa). No soy nostálgica. No pienso que “todo tiempo pasado fue mejor”, ni que la vida de antes era una panacea. Detesto los discursos que envuelven al presente en una falsa dicotomía: ni la vida antes estaba resuelta, ni el futuro que viene solo es catastrófico.

Venimos de una tradición en la que la adultez se nos mostró de forma seria, prolija y ordenada. Es poco adulto el que pierde tiempo, el que cambia de trabajo, el que tiene distintas parejas, el que no sabe qué quiere hacer de su vida. Esta idea es heredada de esa generación de hierro (la de los abuelos o bisabuelos de quienes rondan mi edad), una generación conformada en la era moderna, en la que el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio fueron pilares centrales. En contraposición, la llamada generación de cristal, adultos y adultas que nos enfrentamos en estos tiempos al cuestionamiento de muchos de esos valores y a quienes los mandatos sobre lo que se supone que tenemos que hacer nos pesan. Si nos ponemos estrictos, la generación de cristal suele abarcar a las personas nacidas después de 2000. Sin embargo, en este libro decidí jugar un poco con el término y ampliarlo a millennials y centennials, a quienes hoy tenemos entre treinta y cuarenta años. Aunque seamos generaciones distintas, compartimos muchos de los desafíos de estos tiempos.

En esta misma habitación en la que estoy ahora, frente al mismo escritorio de madera, hace quince años, soñaba con el futuro que tenía por delante. Fantaseaba con vivir sola muchos años, recorrer el mundo, tener suficiente plata para comprarme ropa e ir a comer afuera las veces que quisiera. Ahora estoy casada con el mismo hombre hace una década, tengo una hija de cinco años y otra de dos, salgo todos los días a trabajar y me aburre tener que resolver cada noche qué vamos a cenar. Elegí pertenecer y formar parte del dispositivo de control que más estatus sigue teniendo hoy en día: la familia. Confieso que me gusta y aterra a la vez.

La forma en que vivimos atenta contra tener una vida adulta con pocas preocupaciones, al menos en las grandes ciudades y en países latinoamericanos. Coyuntura política inestable, economía precarizada, sistema de cuidados que depende de los privilegios que cada uno tenga hacen que la mayoría de las personas lidiemos con un problema nuevo cada día que pasa.

Sichel invita a repensar cuántas
Sichel invita a repensar cuántas decisiones adultas proceden del deseo propio o de mandatos heredados socialmente

Pero como todo, mientras transcurre la vida también transcurren nuestras vidas. Como escribe Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan, “siglos y siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí”. Importa lo que pasa en el mundo y también importa lo que nos pasa, por más chiquito o insignificante que sea.

En Un trabajo para toda la vida, Rachel Cusk escribe que “las madres son los países de los que todos venimos”. Abro un cajón de mi escritorio y me encuentro con fotos viejas, de cuando era chica. Me pregunto quién soy ahora. Si hubiese una máquina del tiempo, ¿qué diría la Florencia niña? ¿Estaría orgullosa de en quién me convertí? Miro las fotos. Estoy con mis papás. Trato de imaginar dónde estaban parados ellos en ese momento.

Me acuerdo cuando mi mamá llegaba de trabajar y se enojaba porque era de noche. Quería llevarnos a la plaza pero se quejaba porque la casa no estaba ordenada como ella quería y antes había que resolver la cena con lo que había en la heladera. Iba corriendo de la oficina al subte, del subte a otro subte y de ese subte al colectivo para llegar a buscarme a danza. Llegaba casi siempre tarde. Se enojaba con la escuela por poner actos escolares en horarios insólitos y entre las siete de la tarde y las nueve de la noche quería recuperar todo el tiempo perdido. A mí me gustaba ver cómo se vestía para ir a la oficina, los trajecitos que usaba, el perfume que se ponía. “Mi mamá es empleada administrativa”, contaba cada vez que me preguntaban a qué se dedicaba. Ella me corregía, orgullosa: “Licenciada en Administración”.

Cuando uno es chico vive la vida a través del modelo de familia al que pertenece, sin embargo, había madres que parecían estar menos cansadas que la mía. Reconozco que me daba envidia ver cómo había otros modos de maternar. Como Mariana, la mamá de Diego, que no trabajaba de forma remunerada, era ama de casa y vivía enfrente de la escuela. También estaban las que corrían todavía más que la mía, como Natalia, la de Agustina, que era soltera, tenía cuatro hijos y cada año tenía que tener un trabajo nuevo para llegar a fin de mes. Si bien cada realidad era diferente, había un hilo que las unía: la adultez.

El libro revisa conceptos como
El libro revisa conceptos como trabajo, felicidad, cuidados y amor, cuestionando los valores tradicionales de la adultez

Respecto a mi papá, no me es fácil hablar de él. Es muy distinto a mí y por eso me cuesta. Fue criado por mi abuela Oma, alemana que criaba con la pedagogía de la amenaza. Contaba orgullosa que lo dormía mojando el chupete con whisky o que un golpe a tiempo podría prevenir futuros problemas. Mi papá no era de esos que decía “te quiero” a la salida de la escuela, porque odiaba los actos escolares. Sin embargo, me iba a buscar a cualquier lugar y a cualquier hora con tal de que no volviera sola.

Práctico y directo, a mis seis años le pregunté dónde estaba mi abuelo Esteban y me respondió: “Dos metros bajo tierra”. No hay remate. Situaciones como esas, miles, y siempre con la misma modalidad: una pregunta curiosa mía, una respuesta contundente y clausuradora a continuación. Quizás por eso me dediqué a la filosofía. Una vez se enojó conmigo cuando le dije que iba a renunciar a un trabajo porque no era feliz y me dijo: “¿Qué tiene que ver la felicidad con el trabajo?”.

A mis doce años, en mi bat-mitzvá, recibí dos regalos: un cuaderno de mi bisabuelo que cuenta cómo se escapó de Auschwitz, y una lapicera con mi nombre grabado. Me dijeron que era para escribir mi propio le gado. Pasaron más de veinte años y creo que, aunque quisiera hacerlo, no me saldría.

Cuando me convocaron de la editorial Planeta para escribir un nuevo libro, estaba segura de que, por fin, sería del tema que venía investigando hacía muchos años: la maternidad. Sin embargo, me propusieron mirar más allá. No sabía que se podía mirar más allá de la maternidad. O sí sabía, por supuesto, aunque no quería: me daba miedo habitar otros roles y hacerme otro tipo de preguntas.

Entre la divulgación y la
Entre la divulgación y la risa, Florencia Sichel abre un debate fresco sobre las normas culturales

Fueron meses de ir y venir sobre mis lecturas, notas e ideas. Apareció entonces el deseo como tema y muchas preguntas en torno a los mandatos que decimos que abandonamos los de mi generación y también los que adoptamos. No paro de ver en redes sociales videos que anuncian que los millennials y centennials somos las grandes generaciones de transición. Que venimos a cambiar la forma en la que fuimos educados y a vivir una vida diferente, como si miráramos lo que hicieron las generaciones pasadas con cierta altanería. Como si no estuviéramos dispuestos a reconocer algunos de los valores que las marcaron, más ligados a construir un futuro común o colectivo. Ahora se supone que somos más libres, que tenemos muchas opciones para diseñar nuestras vidas, sin embargo, ¿no nos terminamos igual organizando con fórmulas que están disfrazadas de pequeñas elecciones? Acá está el tema que me interesa: los mandatos que pensamos que no tenemos quienes estamos transitando la adultez en estos tiempos.

Converso con adultos que hoy tienen sesenta o setenta años, sobre qué cosas los movilizaban cuando eran más jóvenes y me responden: la búsqueda de felicidad, un trabajo estable, el proyecto de la familia, y una pareja “para toda la vida”. Quiero meterme en cada uno de estos temas, por eso cada capítulo de este libro es sobre uno de estos pilares fundacionales de la adultez del siglo XX: el trabajo, la felicidad, los cuidados y el amor.

Vayamos por partes, que ahora estamos en el siglo XXI:

  1. La felicidad. ¿Existe eso? ¿Para qué queremos ser felices? ¿Cuántos tips tenemos que perseguir para alcanzarla?
  2. El trabajo. ¿El trabajo es lo mismo que la vocación? ¿Cuántos tenemos que tener para llegar a fin de mes? ¿Cuál es el sentido de precarizarnos todo el tiempo?
  3. La familia y los cuidados. ¿Qué es desear la maternidad? ¿Con quién dejar a los hijos e hijas cuando tenés que salir a trabajar? ¿Por qué es tan difícil criar?
  4. El amor y los vínculos. ¿Cuántas formas de relacionarnos hay hoy en día? ¿Cuánto tiempo se puede “estar bien” en pareja? ¿Qué hay por fuera de la monogamia?

Guardo las fotos. Me da curiosidad saber qué lectura hubieran hecho mi hermano Federico o mi hermana Carolina al ver estas mismas fotos que yo veo. Qué aspectos hubieran resaltado de su infancia, qué cosas les molestaron y de cuáles estarían orgullosos. En el fondo se trata de eso, de cómo percibimos la realidad, de las historias que nos armamos sobre nosotros mismos. Esta es solo una versión de mi familia, mi versión.

Lo que me interesa pensar es la contemporaneidad. Cuando converso con diferentes personas que viven a su vez diferentes estilos de vida, la mayoría coincidimos en que nos percibimos muy lejos de esa figura de adultez que incorporamos cuando éramos chicos. Casi como si no quisiéramos aceptar que nos llegó la hora de transitar esa etapa de la vida. Que somos nosotros los que ahora nos sentamos a charlar en la mesa cosas aburridas y, a los ojos de cualquier chico, somos el “señor” o la “señora”. Por eso, este libro habla de nosotros. Y si bien existe una enorme heterogeneidad en las condiciones materiales de vida en las personas que transitamos hoy la adultez, estas páginas no tratan sobre estas diferencias sino sobre lo que tenemos en común.

Este libro está escrito con la rigurosidad intelectual que aprendí de la filosofía y con la velocidad de estos tiempos que me obligan a escribir de noche en el poco tiempo libre que tengo, mientras mis hijas duermen. No es un manual de autoayuda, es más bien un punto de partida en donde comparto preguntas que vengo investigando hace mucho y las cruzo con filosofía, literatura, películas e historias de vida. Escribo, principalmente, porque algo de todo esto (del mundo adulto, de las exigencias actuales, del malestar con el que vivimos) me interpela. Estas páginas son una exploración para conocer la idea de adultez que aprendimos. Una idea de adultez que, quizás, vaya a abandonar.