
El impacto de la India antigua en el desarrollo global recibe nueva luz a través del análisis del historiador escocés William Dalrymple en su libro La vía dorada. El autor sostiene que la influencia cultural, científica y económica de la India superó a la de cualquier otra civilización asiática en la Antigüedad, destacando los intercambios con Roma y la difusión de avances como la numeración arábiga, hoy base de la matemática universal.

La vía dorada
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En este contexto, Dalrymple atribuye la escasa visibilidad de la herencia india en la historia occidental a un proceso de borrado intencionado tras la colonización británica.
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Explica que los directivos de la Compañía Británica de las Indias Orientales y después el gobierno británico justificaron su dominio al minimizar una superioridad cultural e intelectual que, durante siglos, había caracterizado a la India. El autor argumenta que aceptar la innovación y prosperidad de la India ancestral contradecía la tesis de una pretendida misión civilizadora del colonialismo británico.
El protagonismo de la India en la expansión de saberes se ilustra con hechos como la difusión del sistema de numeración indio, que ya en el siglo III antes de nuestra era se empleaba en la región de Bihar, entonces capital de un poderoso estado budista gobernado por Ashoka.
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Solo siglos después, este sistema se expandió a través de Bagdad, integrándose en las tierras del califato durante el siglo VIII. No sería hasta 500 años después que el matemático Fibonacci (Leonardo de Pisa), tras su estancia en el enclave comercial de Bugía —hoy Béjaïa, Argelia— introdujo en Europa este sistema, permitiendo la sustitución del restrictivo modelo romano de siete guarismos y sin concepto de cero.
Dalrymple sostiene en La vía dorada que “esa raíz indostánica de los sistemas actuales de numeración evidencia hasta qué punto Occidente hereda de India logros apenas reconocidos”.
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El comercio y la circulación de bienes, ideas y religiones consolidaron esta influencia. Desde aproximadamente el año 250 antes de Cristo hasta el siglo IV, los navegantes indios sacaron provecho de los vientos monzónicos para comerciar de manera fluida con Roma.
Tras la conquista egipcia por Augusto, las rutas entre la costa de Malabar, los puertos tamiles y el mar Rojo se intensificaron. Por esos canales llegaban especias, piedras preciosas, algodón, seda, marfil y maderas valiosas — truequeados por ingentes cantidades de oro —, al tiempo que circulaban invenciones, creencias e incluso deidades indianas.
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Dalrymple detalla cómo los museos de la India albergan más monedas romanas que cualquier otro país fuera del antiguo imperio, mientras que en China estos hallazgos son escasos, subrayando así la magnitud de la relación indo-romana según se cita en La vía dorada.
La decadencia de Roma marcó el cambio de rumbo de los navegantes indios, cuyas flotas, desde los dominios Cholas y otras dinastías, miraron al este. Así, la expansión india se proyectó sobre territorios que hoy corresponden a Malasia, Camboya, Vietnam, Tailandia, Indonesia, China y las Maldivas.
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Dalrymple ve en ello un paralelismo con las colonizaciones culturales del Mediterráneo, como la griega: “Así como los barcos griegos difundieron lengua, dioses y arquitectura, la India llevó hasta el Extremo Oriente el sánscrito, el budismo, el hinduismo y los modelos arquitectónicos de templos”.

Los ecos de esa irradiación aún son visibles. Las epopeyas del Ramayana y el Mahabharata siguen representándose en Tailandia, Camboya e Indonesia. Los templos hinduista y budista más importantes erigidos fuera de la India, Angkor Wat (Camboya) y Borobudur (Indonesia), se planificaron según los cánones de la India madre. La huella arquitectónica india se extiende además a los santuarios de Vietnam, Camboya, Nepal, Sri Lanka, Malasia, Tailandia y hasta las estepas chinas de Xinjiang.
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Dalrymple defiende que la India, no China, mantuvo los lazos más intensos con Roma en la Antigüedad. Según su investigación, estos contactos fueron tanto económicos como culturales, “una influencia que en el sureste asiático predominó hasta bien entrado el siglo XIII”, como se señala en La vía dorada.
El término “indosfera”, acuñado tempranamente por Dalrymple y destacado en la portada de la edición española, sintetiza esta huella transformadora: “cómo la India antigua transformó el mundo”.
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El autor recuerda episodios que ilustran el contraste entre la preeminencia de la India y el prejuicio colonial posterior. En el siglo XVII, cuando Sir Thomas Roe llegó como enviado de un estado europeo menor, fue recibido por el emperador mogol Jahangir, considerado entonces “el hombre más rico del mundo” y soberano de un país con el mayor PIB global de la época.
Jahangir, compadecido por la modestia de los visitantes, les concedió la apertura de un puesto comercial en Surat, ciudad de la región de Gujarat, abriendo así la puerta a la posterior expansión británica por la fuerza.
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Dalrymple, quien ha residido entre Escocia y Nueva Delhi y ha dedicado su carrera al subcontinente, respalda sus afirmaciones con una profusa documentación: La vía dorada incluye cerca de 1.000 notas y un índice bibliográfico de 50 páginas. Su obra, como destaca la cita de Vyasa en el Mahabharata recogida en el libro, sitúa “el jardín que produjo las semillas que, plantadas en otros lugares, florecerían con resultados innovadores, prósperos e inesperados”.
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