
Cualquier apasionado por la historia del arte argentino se cruzó alguna vez con un texto de Germaine Derbecq (París, 1899 - Buenos Aires, 1973), una de las grandes críticas y promotoras del siglo XX, a tal punto que su obra pictórica quedó un poco relegada detrás de los grandes artistas a los que cobijó en la emblemática galería Lirolay.
Pero ya no hay excusas, porque por primera vez puede verse una antológica en Éxtasis, 1899-1973, con curaduría de Feda Baeza en la Colección Amalita, en una invitación a descubrir cómo una vida apasionada se manifestó en búsquedas del lenguaje artístico a lo largo de su carrera. Como antecedente más reciente, en 2019, la galería Calvaresi, que posee el estate de la pintora, su exhibió Frenéticamente decidida a ir hacia delante, en la que reunió un puñado de pinturas que no se veían hacia tres décadas.
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La exposición ofrece, en ese sentido, una mirada retrospectiva sobre su trayectoria, reuniendo más de 70 piezas que permiten comprender la amplitud de su producción y su influencia en el arte argentino, ya que además, como una especie de bonus track, se incorpora documentación, cuadernos personales y trabajos de otros artistas, lo que enriquece el recorrido y aporta contexto a su multifacético legado.

En el inicio de la exhibición se encuentra la intención de revelar el papel que Derbecq desempeñó en el ámbito cultural de Buenos Aires, con una selección de materiales documentales que revelan su actividad no solo como creadora, sino también como gestora y crítica de arte.
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En otra pared, por ejemplo, se muestran unas obras hermosas de lo que fue su primera muestra al frente de Lirolay, en la que rindió homenaje a Thibon de Libian, como también de Ramón Silva y Walter de Navazio, figuras con las que mantuvo lazos personales.
El recorrido vital de Derbecq se inicia en el ambiente bohemio de la París de los años cincuenta, donde la acción y la palabra se entrelazan en su formación, donde estudió bajo la tutela de André Lhote, maestro de otros grandes artistas, y tuvo su debut expositivo a los 18 años, mientras mantenía un vínculo de amistad con Le Corbusier y Juan Gris.
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La influencia de la escena parisina y del circo en la obra de la artista puede verse “en los pierrots, en las diferentes piezas de French Can Can", en un imaginario de aquellos días que se expresa en sus diferentes etapas, desde “los años 20 y 30 hasta los 60″. Y, en diálogo con Infobae Cultura, agregó: “Ella siempre cambió, no importa la trayectoria, ni el tiempo, ni los saberes que acumuló, se atrevió a desafiarse a ella misma”.
Con la Segunda Guerra perdió todo, “no más pinceles ni colores”, escribió, y ya en 1949 junto a su esposo, el escultor Pablo Curatella Manes, e hijo Jorge, anduvieron por Dinamarca, Noruega y Grecia antes de llegar a Argentina en los ‘50, donde promovió a la pujante vanguardia artística en la que comenzaban a asomar figuras como Marta Minujin, Alberto Greco o Jorge de la Vega, por las que apostó a través de exposiciones en Lirolay, de la que fue su primera directora.
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Su relación con otros artistas y su papel como “crítica también eran un modo de hacer arte”, explicó Baeza, ya que “buscaba impulsar a sus colegas hacia una mayor intensidad en su trabajo, sin destruirlos”, como la que le realizó a Norah Borges, “que fue tremenda”, ya que decía que “perdió el vínculo con su propia pintura y así sus gestos pierden intensidad”.

Y agregó: “El vínculo con el arte era su modo de entender la vida, básicamente. Y eso se notaba en todo. Cómo se vestía, cómo se paraba, qué decía”.
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Baeza recordó el impacto de una enfermedad ósea deformante y el exilio tras la invasión nazi a París como episodios que marcaron un quiebre en su vida y en su obra: “Los pasteles muestran no solo el tema de la espiritualidad, sino que ella además se quedó literalmente sin recursos. Allí conoce el hambre. Hubo un quiebre entre todavía una escena bohemia y feliz, hasta el pasaje de unas experiencias de vida muy duras, las que la obligaron a perder casi todo”.
Esto puede observarse en toda una serie de dibujos en pastel sobre inéditos como Crucifixion (1942-43) u óleos como La anunciación (1948) o Adán y Eva (1949), donde la figuración de estilo impresionista de años anteriores desaparece para dar lugar a una abstracción geométrica, que fue, en un punto, una búsqueda de una esencialidad, ya que Derbecq parece querer eliminar todo lo redundante, el despliegue técnico y se concentra en lo mínimo, por otro lado debido a la carencia de materiales.
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Ya en su última etapa, en Argentina, continúa con su proceso de experimentación, a través de la serie de los “múltiples”, obras geométricas y coloridas que, según Baeza, “pueden dar infinidad de resultantes”.
“El múltiple es la idea de que ese proceso ya no tiene una obra final, que ya es un despliegue de variantes que pueden cambiar y que esas variantes además construyen un objeto. En un catálogo dice ‘adquiera un múltiple por el precio de un par de zapatos’, destinado a ampliar la base de personas coleccionistas”, explicó Baeza.
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Esta concepción de un arte para las masas y la apertura a nuevas formas y públicos se consolidan en sus escritos y en la compilación realizada para la muestra en conjunto con Florencia Colina.

El cierre de la trayectoria de Germaine estuvo vinculado a investigaciones ópticas, con una paleta más pop y la desmaterialización de la obra, en sintonía con los debates contemporáneos sobre el estatuto del objeto artístico.
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“Germán entiende que la obra ya no es un objeto particular, es un proceso desplegado, y allí ingrensa en una variante que toca el pop y algo medio óptico”, dijo, sobre la capacidad de la artista para abandonar lo figurativo, lo autónomo y embarcarse en nuevas búsquedas a los 70 años, tras seis décadas de trayectoria.
Por otro lado, frente a estos “múltiplos”, es necesario repensar el rol de una artista que, con dolores por sus problemas de salud, redobla la apuesta en tanto que venía de una obra más minimalista y acorde avanza su edad se concentra aún más en producir obras más detallistas, trabajosas, a las que les debe poner el cuerpo de una manera brutal. Hay, en ese gesto, una revelación sobre la fortaleza de ánimo y entereza frente a su propia construcción como artista, algo que, sin dudas, tuvo a lo largo de su vida.
“Germaine no tenía miedo a ocupar la escena. Eso lo recuerdan todes quienes la conocieron, tenía un gran temperamento para decir las cosas, para ir a la acción”, afirmó Baeza.

Por otro lado, en la Colección Amalita puede visitarse el recientemente inaugurado nuevo guion de arte argentino como muetra permanente, mientras que en paralelo a Éxtasis, 1899-1973, también se inauguró Carlos Gorriarena. 100 años, que celebra -como indica su nombre- el centenario del gran pintor, a partir de obras de los acervos de la colección ArtHaus y Amalita.
Es una muestra en la que se puede apreciar a “un maestro que además tiene un manejo del color impresionante, donde el exceso aparece en el color y donde uno queda como atrapado en esa sensualidad, en una fiesta, en la que somos al mismo tiempo espectadores y cómplices”, dijo Andrés Baur, director de ArHaus durante la presentación.
*El espacio de Puerto Madero, Olga Cossettini 141, puede visitarse de jueves a domingos, entre las 12.00 y las 20.00. El valor de la entrada es de $6000, con tarifa reducida de $3000 para menores de 12 años, jubilados, estudiantes y docentes con acreditación.
Fotos: Gentileza Colección Amalita
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