
La figura de Mario Vargas Llosa sigue generando homenajes y reflexiones seis meses después de su fallecimiento, mientras su legado literario y personal se examina en encuentros internacionales y familiares. En la VI Bienal Vargas Llosa, celebrada en Cáceres y Trujillo, su hijo mayor, Álvaro Vargas Llosa, compartió con El País una mirada íntima sobre los últimos meses del Nobel, marcados por la memoria, la reconciliación y la intensidad familiar.
“Yo tenía que cumplir una función, tenía la responsabilidad de conducirlo, y además quería que él fuera recordando cosas. En la vida real a él le encantaba convertirse en personaje, era un aventurero. Él decía siempre que no quería vivir entre paredes de corcho, quería hablar con todo el mundo. Siempre quería hablar… En esos viajes la idea era llevarle a donde ocurre, por ejemplo, el último capítulo de La historia de Mayta, era fundamental que esos paseos le hicieran rememorar lo que estaba perdiendo. Era un trayecto largo: él me escuchaba, y era evidente qué cositas iba recordando”, relató Álvaro Vargas Llosa.
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La enfermedad impuso límites, pero los paseos por Lima se transformaron en un ritual de evocación y acompañamiento. “Le iba recordando. Le decía, por ejemplo, que en el capítulo que fuera había un narrador que se llamaba Mario Vargas Llosa, que va a la cárcel a buscar a Mayta. Le decía: ‘Quiero que te conviertas en el narrador que está yendo a la cárcel’. Era una responsabilidad. Otras veces era la historia de un niño que veía al padre morir. Él abría los ojos, era evidente que estaba recuperando imágenes, que vislumbraba cosas un poco vagas contadas por él mismo en sus libros”, explicó el hijo del escritor.

La dimensión familiar adquirió una fuerza inédita en esos meses finales. “La relación familiar fue intensa; siempre fuimos una familia, pero ahora éramos una tribu. Aunque viviéramos desperdigados por el mundo, todos convergíamos hacia él. Lo vivíamos con una intensidad nunca vista”, afirmó.
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La reconciliación entre sus padres se convirtió en el acontecimiento más luminoso de esa etapa: “La reconciliación con mi madre es lo más hermoso que ocurrió en la etapa final de su vida”, confesó.
El reencuentro, marcado por la fragilidad física y la gratitud, tuvo para él un valor incalculable: “Fue un acto de amor, que ya no se podía expresar de la misma manera que antes, lógicamente, porque estaba en aquella cárcel que lo limitaba físicamente y mentalmente. Pero no tanto como para que no pudiera expresar en gestos de amor a mi madre lo mucho que le debía y la mucha gratitud que le tenía. Y era un acto de contrición. Mi madre estaba muy conmovida, muy generosa. Yo hice 12 viajes a Perú en el curso de 12 meses, a estar con ellos. Desde París, desde Nueva York, para estar con ellos, con mis hermanos. Ese encuentro fue lo más hermoso que vi, todo fue muy genuino, auténtico. Si tú estás con tus facultades limitadas, un gesto pequeño es un gesto que lo dice todo. Recordar los poemas que ellos habían leído en los años sesenta era muy hermoso para él”, detalló.
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El vínculo entre padre e hijo se redefinió en esos paseos cotidianos, que se convirtieron en el momento más esperado del día. “Los paseos se convirtieron en una cosa maravillosa. Una forma de ayudarle a morir feliz. Cuando llegaban las dos de la tarde, acabábamos de comer, y ya quería salir, era el momento cumbre del día. Fue muy duro, pero hermoso”, expresó el hijo del Nobel.
La memoria de Mario Vargas Llosa mostró signos de fragilidad, aunque su última novela, Le dedico mi silencio, fue escrita con lucidez plena: “Sí, en perfecto estado de memoria. Fue lo último que pudo escribir. Cuando corrige las pruebas ya se advierte una decadencia. Luego quiso arrancar su ensayo sobre Jean-Paul Sartre, pero ya no pudo. Fue a la Academia Francesa, a recoger aquellos honores tan importantes para él, y ahí sintió que podría escribir sobre Sartre, pero me di cuenta de que eso no ocurriría”.
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Durante la bienal, la lectura pública de textos autobiográficos de Mario Vargas Llosa generó una emoción profunda en su hijo: “Será una palabra guachafa, como decía mi padre, pero yo estaba transido de emoción, imaginando constantemente la cara que pondría él viendo a esos 12 lectores leyendo pasajes autobiográficos. Luego se leyó el episodio del premio Nobel. Yo me lo imaginaba en primera fila, absorto, embobado, atontado y maravillado. Ha sido un espectáculo muy hermoso”, relató.
Al mirar hacia el futuro, el hijo del Nobel considera que la figura de su padre quedará definida por su obra y su papel familiar: “Es lo que queda: el escritor, el esposo, el padre, así lo verá el gran público. El autor de La casa verde, La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo, La tía Julia…”, concluyó.
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