
Corrientes fue para mi un viaje de regreso a mis orígenes luego de la muerte de mi padre. Habían pasado muchos años. En ese viaje de vuelta, por cierto difícil, tomo contacto con la figura de mi abuelo quien fue director del leprosario El Cerrito. Visito el leprosario. En el antiguo crematorio donde funciona la biblioteca, entre urnas y libros me recibe una chica, profesora de lambada, que me acerca informes sobre el lugar. Camino ese espacio de construcciones inglesas destruídas y tomadas buscando los rastros de mi abuelo.
Recorro Corrientes en un viaje de descubrimiento y conquista. Recopilo recuerdos, anoto escenas de mi infancia, gestos de personas queridas, silencios que seguían resonando. Estamos hechos de recuerdos que no logramos comprender. Escribo Tacurú. Dejo que la historia se vaya desplegando sola, incluyendo pausas y tropiezos. “Esta tierra no es la mía” dirá el personaje como una letanía hasta lograr hacerla suya.
Para salvar el latido nace de otra urgencia. Cómo permanecer en un territorio que no logras descifrar. Qué significa salvar el latido frente a la incertidumbre y la fragilidad. Algunas de las postales: un yacaré en una pileta, una laguna reseca y la línea de fuego en el horizonte. Animales sueltos intentando sobrevivir de la manera que fuera. Los estragos de la sequía y los incendios en planos que se superponen. La sensación de vivir al borde del abismo como si todo estuviera en su lugar. Ahí empecé a imaginar la novela en una tierra que no deja de provocar.

Viajaba todos los meses de Buenos Aires a Corrientes. Con la calcomanía del Gauchito Gil en el vidrio del auto, tocaba tres veces la bocina cuando pasaba frente al altar en Mercedes como una especie de conjuro. El área era tierra arrasada desde hace unos años, un altar de la nada donde resistía el Gauchito.
Esquivaba las motos y los pozos de la ruta. Me recuerdo en la banquina, la goma pinchada y un manco que detuvo el auto para ayudarme a cambiar la rueda. La sensación de que todo orden se disloca allí.
Comencé a formar parte del equipo de Todos los Vientos, de Radio Unne, dirigido por Carlos Lezcano. Amigos entrañables que hicieron de Corrientes un lugar posible. Inolvidables paellas en Santa Ana me permitieron conocer una tierra que por momentos se me hacía inexpugnable. Poco a poco comencé a entrar en ese código familiar correntino al decir de Natalia Guinzburg.
En mis regresos a Buenos Aires recibía noticias de “allaité” (de muy allá) , de ese Corrientes rural y profundo que no lograba traducir. Una foto de las piedras que le habían sacado de la vesícula a la madre de un vecino que yo traducía como un guiso. Que rico guiso te vas a comer, Alberto. El hombre no entendía si yo le sugería cocinar un guiso con los cálculos de la madre. El relato de una curandera que desentierra un mechón de pelo de la dueña anterior de una casa que provocaba las enfermedades de un hijo. Fotos y relatos en audios por whatsapp que no lograba descifrar, ni acá ni allá.
Mi mirada urbana filtraba toda la realidad.

De Corrientes a Buenos Aires y de Buenos Aires a Corrientes empecé a vivir en tránsito, “en tránsito estoy a salvo” diría el personaje de la novela. La ciudad me aliviaba la sensación de extrañeza, de abismo, de quedar cautiva de un mundo que no lograba entender. Empecé a escribir de manera fragmentada, me abruma contar todo, sentía una falta de articulación en lo que iba escribiendo, entonces lo llamé a Jorge Consiglio. Acá se prende todo fuego y no era una metáfora. Necesitaba que en ese caos de escritura entrara otro, que como un hilo de Ariadna me trajera de vuelta de ese laberinto en el que me perdía y a la vez me generaba cierta fascinación.
Armamos un ritmo de laburo, nos juntamos cada quince días para leer juntos lo que escribía. La sequía, los incendios, el yacaré iban cobrando forma en la ciudad. Desde allá mandaba fotos del lugar y los personajes que transformaría en ficción en la novela. El hombre que corre con los perros y el ojo desviado, la virgen de Itatí en la comisaría, las gitanas en el comedor de Rosa. Escribí como quien arma un mosaico, confiando en que al final, las piezas revelarían una forma. Los encuentros de lectura me confirmaban una continuidad que yo no podía darle, me ayudaron a bancar la incertidumbre de lo que escribía.
La escritura me funcionó como un lugar de retorno.
Terminé la novela llena de dudas. A ver si bajamos las dudas a setecientas, me decía Juan Martini. Yo no había cambiado mucho.
Volví a los esteros a corregir la novela, esa vez frente a una laguna llena. La sequía había quedado atrás, intentando encontrar el mapa en la piel del yacaré estampado en el asfalto.
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