
Los animales han habitado las pesadillas humanas desde tiempos remotos, instalándose en el relato mítico, la fábula y el terror literario. En Bestiario del miedo, la figura animal funciona como espejo de obsesiones, temores y deseos, abriendo un territorio donde la frontera entre lo natural y lo monstruoso se desdibuja.
Mariana Enriquez, en el prólogo de esta antología, propone un recorrido por la presencia inquietante de bestias y criaturas en la literatura anglosajona; destaca cómo el espanto se ha desplazado de lo lejano a lo íntimo: del dragón y el minotauro, al gato doméstico o el perro de compañía, convertidos en catalizadores de angustias contemporáneas.
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El libro recién publicado reúne cuentos de autores como Poe, Stoker y Jacobs, y explora no solo el miedo a los animales sino también la manera en que esos relatos dialogan con el presente. Enriquez señala que el terror animal persiste en la cultura popular, aunque los verdaderos horrores parecen provenir ahora del vínculo humano con el entorno: la crueldad ejercida sobre otras especies, la explotación y el daño irreversible al planeta.
Así, la antología no solo recupera historias de gatos vengativos, perros rabiosos y seres abisales, sino que invita a preguntarse por el lugar de la bestia en la imaginación y la culpa de la humanidad ante la naturaleza herida.
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La bestia que enamora y destruye
Porque nos acompañan, porque son seres sintientes con quienes compartimos el mundo, los animales están presentes en la narrativa desde el origen, desde las pinturas en las cuevas iluminadas por antorchas, desde los mitos, desde las metáforas para advertir sobre peligros y horrores.
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“Here be dragons”1 decían los antiguos mapas para indicar un territorio inexplorado: allí donde se ignoraba qué había, solo podían habitar bestias.
Cerbero, un perro de tres cabezas, protegía la entrada al Infierno, el Minotauro recibía tributos humanos en su laberinto, el Diablo se encarnó en serpiente para tentar a Eva y precipitar la expulsión del Paraíso.
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No entendemos a los animales. Los estudiamos, los usamos, les tememos, los amamos, los admiramos, pero no sabemos qué piensan cuando nos ven, si es que piensan, si es que nos ven de la misma manera que nosotros entendemos la mirada.

No comprendemos su lenguaje. Los incluimos en la vida humana de muchas formas, algunas espantosas. Los cazamos, los comemos. Los exhibimos en zoológicos, los cuidamos en santuarios y los vendemos: traficamos con ellos por su carácter inusual.
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Los idealizamos como mascotas. Solíamos llevarlos a la guerra, los obligamos a ayudarnos con el pastoreo, la agricultura y el control policial. Usamos su vuelo y sus tripas para adivinar el futuro, y su piel para vestirnos. Nos divierten en circos y en videos de redes sociales.
Los sacrificamos a dioses mudos y a espíritus que beben su sangre. Creemos que son nuestros compañeros, sabemos que son nuestras víctimas.
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¿Podrían vengarse?
¿Se gestan conspiraciones de especies en peligro que, antes de morir, darán el salto final? ¿Son las gripes animales las que precipitarán una hecatombe de enfermedad y distopía?
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En el Medioevo, los bestiarios eran populares. Libros ilustrados sobre animales reales y míticos de los que se desprendían, además de información, interpretaciones éticas y alegóricas. En los bestiarios se imaginó el unicornio y se iluminó al dragón.
Devenir animal, la metamorfosis, siempre fue un brutal castigo, muchas veces el más temido, el que nos arrancaba de nuestro mundo, de nuestro cuerpo, de todo lo conocido. El cambio podía decidirlo Circe —bruja sensual y benévola que en La Odisea transforma a los tripulantes compañeros de Ulises en cerdos—, pero solo por un tiempo.
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El dios Tupá para los guaraníes es mucho menos piadoso, y ante la menor falta no duda en castigar al rebelde con una vida salvaje, en general, a una vida como pájaro, condenado a repetir un cierto graznido que recuerda su pecado. Atenea, implacable, no soportó el desafío de una tejedora y la convirtió en una araña.
Llevaría una eternidad describir nuestra relación de espanto con los animales, pero podemos decir que el vampiro se transforma en murciélago, lobo y rata, los hijos de la noche. Que la licantropía fantástica es una idea nacida al ver a los lobos comer de los cuerpos desparramados por los campos de batalla, cuerpos que nadie enterraba. Que las brujas tienen por ayudantes a los gatos negros y que la aparición de un perro negro, especialmente un mastín, es presagio de desgracias, o metáfora de la más profunda depresión. Que los brujos de la Patagonia transforman las cabezas humanas en Chonchón —lechuzas nocturnas— para hacer sus trabajos. Que el kitsune —o zorro japonés— puede ser muy cruel cuando se convierte en una mujer hermosa. Que un sapo con la boca cosida guarda innombrables maleficios. Que un pulpo puede ser una bestia sexual si lo pinta Hokusai o un dios de maldad indecible si lo piensa Lovecraft. Que una ballena es Leviatán y Moby Dick, el más negro mar de la obsesión.

La literatura y el cine de terror han usado con frecuencia a los animales, en distintas encarnaciones. En el siglo xx, Stephen King convirtió en bestias mitológicas a dos animales domésticos, porque, como se sabe, hoy nos da miedo lo cercano, lo íntimo, ya no aquellos monstruos del fin del mundo.
Cuando en Cementerio de animales un gato llamado Church muere atropellado en la ruta, se lo entierra y este vuelve de la tumba hediondo y con los ojos llenos de acusaciones.
Y en Cujo, un San Bernardo rabioso destruye física y psicológicamente a una madre y su hijo que quedaron encerrados dentro del auto en el taller mecánico que el perro domina con su enfermedad voraz.
La novela Jaws, de Peter Benchley, fue el origen de Tiburón de Steven Spielberg, el Leviatán de la era pop. Daphne du Maurier y Alfred Hitchcock traumatizaron a una generación con Los pájaros.
Pero los animales están en retirada como agentes del horror, pues ellos deberían temernos a nosotros. No hay bestia feroz capaz de imaginar la eficiente tortura de las granjas de pollos para consumo, la danza macabra de la tauromaquia con sus picadores o los macacos bailarines de las calles de Jakarta, aterrados y medio muertos de hambre.
Los cuentos de este Bestiario del miedo hablan, de alguna manera, de tiempos más inocentes, cuando todavía dañar a nuestros compañeros en el mundo despertaba un terror religioso, el de saber que se estaba atentando contra la naturaleza, la casa, un planeta hoy en llamas.
La traducción de Lala Toutonian es magnífica: su inteligencia para conservar el equilibrio entre un estilo sin desbordes contemporáneos que, al mismo tiempo, elimina la opacidad del anacronismo, permite que estos cuentos brillen y no queden en la monotonía de lo “clásico”. “El Cuervo” de Poe es la locura, la advertencia, la muerte. La enormidad australiana levanta la cabeza no con los tan visitados terrores de arañas gigantes y venenos sino con una mitología del desierto y los llanos que se intuye eterna. El amuleto terrible de William Wymark Jacobs persiste en un relato de terror perfecto del que Cementerio de animales, por ejemplo, es una reescritura. William Hope Hodgson da una lección en ese delicioso subgénero que es el horror naútico y los gatos reinan como los animales imbatibles en su misterio y su delicada vulnerabilidad.
Cuando William Blake pensó a su tigre, habló de la “terrible simetría”. Esos animales majestuosos —que Blake nunca había visto, al menos no en visiones terrenales— le sembraron una pregunta: “¿Él, que hizo al cordero, te hizo a ti?”.
La bestia que enamora y destruye interpela a una divinidad o a una creación que puede imaginar la belleza y su amenaza, la plaga en el ojo de una pulga, los organismos que nos sobreviven y que, al final, nos devoran.
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1. Era una manera de decir monstruos o animales fantásticos y peligrosos (N. de la A.).
[Fotos: gentileza M. E.]
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