
La literatura contemporánea ha encontrado en la enfermedad un terreno fértil para la experimentación formal y la exploración existencial. En Will There Ever Be Another You (¿Habrá algún día otro tú?), la más reciente novela de Patricia Lockwood, la autora estadounidense convierte su experiencia con el Covid persistente en una obra que desafía las convenciones narrativas y expone la dificultad de plasmar el sufrimiento físico y mental en la página.
Lockwood, reconocida por su ingenio herético y su capacidad para fusionar el humor con lo gótico, se enfrenta aquí a la tarea de narrar una dolencia que, por su propia naturaleza, disuelve la coherencia y fragmenta la identidad.
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El punto de partida de esta autoficción no es la enfermedad en sí, sino la desintegración que provoca. Lockwood contrajo Covid en marzo de 2020, en los primeros días de la pandemia, cuando el miedo al contagio se traducía en rutinas obsesivas de desinfección y la incertidumbre dominaba el ambiente. En ese contexto, la autora fue una de las primeras en intentar dar forma literaria al extrañamiento cognitivo que produce el virus. En julio de ese año, escribió: “Horas, días de mi memoria se habían desprendido de mi mente como trozos de yeso”, una frase que, según relató en una entrevista reciente, reflejaba la sensación de que lo peor ya había pasado.

Sin embargo, Will There Ever Be Another You narra lo que vino después: una sucesión de síntomas devastadores —afasia, alucinaciones, migrañas, amnesia, paranoia y una constante autonegación— que afectan a una Patricia ficticia. La novela plantea la pregunta de si es posible sostener una narración bajo el peso de ese “fuego en el cráneo” sin que la obra misma se vea consumida. Lockwood explicó a The Guardian: “La escribí estando loca, y la edité estando cuerda”, una declaración que revela el método detrás de la aparente locura formal del libro.
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La estructura de la novela responde a esa fragmentación. El título, sin signo de interrogación, funciona como oración, chiste, elegía, manifiesto y pesadilla, a menudo de manera simultánea. La autora, apodada “la poeta laureada de Twitter”, ya había experimentado con la fragmentación en obras anteriores, pero aquí la ruptura no es solo un recurso estilístico, sino una consecuencia directa de la experiencia vital.
El texto se asemeja a una película de Wes Anderson: estilizado hasta el extremo y al borde de la autoparodia, pero con una angustia nueva, un anhelo de coherencia que nunca se satisface.
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En las primeras páginas, la novela se acerca a ese deseo de sentido. Una familia estadounidense, devastada por la pérdida de un hijo, recorre Escocia sostenida únicamente por el itinerario. Un objeto preciado se extravía y, poco después, la protagonista cae enferma. El tesoro se recupera, pero la mente de la heroína no.
El delirio domina la narración, que salta de Roland Barthes a los Cabbage Patch Kids, pasando por Anna Karenina y la versión alternativa de la película Cats. Bajo este caos aparente, late una obsesión: la multiplicidad y la réplica. Dobles, clones, muñecos, fotografías y sinónimos pueblan las páginas, reflejando el modus operandi de un virus que se replica sin cesar.
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La obra convoca inevitablemente a figuras como Virginia Woolf y Susan Sontag, consideradas referentes en la literatura de la enfermedad. Los críticos evocan a Woolf para ilustrar la dificultad de expresar el malestar físico —“el inglés no tiene palabras para el escalofrío y el dolor de cabeza”— y a Sontag para señalar el desarraigo que produce la enfermedad —“el reino de los enfermos”—.
Mientras Woolf dota a la dolencia de un aura mística, Sontag la sitúa en lo cotidiano. Ambas perspectivas coexisten en la narrativa actual, que ha ampliado el debate y enriquecido las formas de representación.
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En el último siglo, la literatura ha pasado de ignorar el cuerpo a convertirlo en un espacio de invención desbordante. Obras recientes como Body Friend de Katherine Brabon (2023), que personifica el dolor crónico; Hospital de Sanya Rushdi (2023), cuya descripción de la psicosis desafía la noción misma de locura; y An Uncertain Grace de Kris Kneen (2017), que explora transformaciones eróticas, tecnológicas y ecológicas, demuestran la vitalidad de este enfoque. Lockwood se suma a una generación de autores que rompen tabúes de decoro, vergüenza y sintaxis para celebrar la vulnerabilidad del cuerpo.
La tendencia se extiende a todos los géneros y estilos. Desde el colapso metafísico de Ottessa Moshfegh en My Year of Rest and Relaxation, hasta el trauma barroco de Hanya Yanagihara en A Little Life; pasando por los robots y clones de Kazuo Ishiguro, las mutaciones de Jeff Vandermeer y el universo voraz del body horror, el cuerpo ha dejado de ser una ausencia para convertirse en escenario central de la ficción contemporánea.
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