
Lucrecia Martel reivindica en Nuestra tierra, su último documental presentado en el Festival de Venecia, los derechos de los indígenas y denuncia de nuevo el racismo en su Argentina natal, con una cinta que habla de dominación, memoria y migración.
Partiendo del juicio a los sospechosos del asesinato de Javier Chocobar, ocurrido en Tucumán en 2009, Martel hace un retrato de la comunidad Chuschagasta, amenazada de quedar despojada de las tierras que habita, y cuenta una historia mucho más amplia que aborda temas como la memoria y el racismo. El asesinato quedó grabado en un video y cuando Martel lo encontró se dio cuenta de que “era un tipo que había ido a filmar y tenía un revólver, y me pareció terriblemente pertinente, como persona que trabaja con imágenes y sonido, investigarlo”, explica la cineasta argentina en Venecia.
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“Y también porque tenía exactamente que ver con lo que me preocupa mucho: el racismo en Argentina”, incide Martel, de 58 años y natural de Salta, en el noroeste. Sin una voz narradora y con multitud de imágenes de archivo, son los propios miembros de la comunidad Chuschagasta los que van contando su historia. Hombres y mujeres que un día migraron a Buenos Aires para buscarse la vida y otros que se quedaron, que reivindican sus derechos sobre la tierra donde nacieron, la de sus ancestros.
La identidad, “una trampa”
Sin embargo, conseguir que la gente se pronunciara supuso a veces un reto. Una de las participantes tardó diez años en fiarse de ella y mostrarle sus fotos. Se trata de “gente que ha sido decepcionada por todos los gobiernos, de todos los signos políticos; por la universidad, por los académicos, por los hippies”, justifica la autora de La ciénaga y Zama. “Con todas las decepciones que tienen del mundo urbano ¿por qué iban a confiar en mí?”, razona.
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Otro desafío con el que tuvo que lidiar al realizar Nuestra tierra, fuera de competición en la Mostra, fue con el de sus propios “prejuicios”. “Tantas veces yo fui como preocupada por conseguir documentos y fotos, sin comprender bien que es una persona, una familia que ha perdido a un miembro de su familia, sin tener delicadeza con eso”, reconoce.
Con su relato, los miembros de la comunidad ponen de relieve una historia no contada y en gran medida ignorada en las instituciones. “Todos los presidentes, desde [Raúl] Alfonsín hasta hoy, tienen alguna frase (...) en que dijeron que la Argentina está hecha de emigrantes. Como siempre, se olvidan que los pueblos indígenas”, señala Lucrecia Martel.
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Aún así, ella no buscaba tratar el tema de la identidad, aunque esté presente en la película, según remarca. “Yo no creo en la identidad, creo que es una trampa que obliga a las personas a hacer algo que no se saben”, sostiene. “La identidad no es nada fijo, es un fenómeno más complejo que ese nombre que le hemos puesto y de la manera que lo hemos definido”, añade.
Martel ha tardado más de quince años en realizar este documental y asume que puede haber cometido “errores”. Pero al menos, dice, quedará para siempre el fondo documental. Y eso ya es mucho. “Supongamos que la película sea un error absoluto, que no sirva para nada, que yo no haya entendido en absoluto los problemas de la comunidad. Por lo menos, quedaron escaneadas las fotos y los documentos; están ordenados y los tienen en un disco”, apunta.
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Antes de concluir, Martel reitera un llamado a sus colegas más jóvenes, para “que no pierdan la fuerza ni la fe en lo que hacemos: el cine es algo muy potente en una época de la humanidad desesperanzada”.
Fuente: AFP
[Fotos: prensa Festival de Venecia; Riccardo Antimiani/ EPA/ANSA]
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