
Una mañana de 1945, de esas en que el verano se aleja y el otoño aparece despacio, Borges llegó exultante a la casa de Estela Canto. Días antes le había escrito una carta en la que le contaba que estaba terminando “el borrador de la historia que me gustaría dedicarte: la de un lugar (en la calle Brasil) donde están todos los lugares del mundo”. Esa tarde de 1945 Borges caminó las calles porteñas con una alegría disimulada. Tocó el timbre en una casa de San Telmo, Estela abrió la puerta, se besaron las mejillas y luego de algunas palabras corteses y sonrisas tímidas, sacó el texto. Era El Aleph.
Cuando Adolfo Bioy Casares los presentó, agosto de 1944, Borges apenas le tendió la mano. Estela era una mujer imponente y ese desinterés la descolocó. Él, de 45 años, era una figura gravitante en los círculos literarios —acababa de salir Ficciones—; ella, de 28, había publicado El muro de mármol, su primera novela. “Inmediatamente dirigió sus grandes ojos celestes en otra dirección. Era casi descortés. E inesperado. En aquellos días yo daba por supuesto que los hombres tenían que impresionarse conmigo”, escribió en su libro de 1989 —él ya había muerto—, titulado Borges a contraluz.
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Llegó el verano, y una noche, ya más en confianza, Borges le propuso salir a caminar. “En avenida de Mayo entraron en un bar. Ella se pidió un café y él, como siempre, un vaso de leche”, cuenta Daniel Mecca, poeta y director del BorgesPalooza. A ambos les gustaba Bernard Shaw; sobre eso hablaron horas. Caminaron un rato más y en Parque Lezama, en la escalinata que mira a la calle Brasil, se sentaron en silencio. Esa imagen volvió al escribir El Aleph. Mientras conversaba con la mujer de la que se estaba enamorando, creyó ver lo que “ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.
Aquella mañana, exultante, con una alegría disimulada, Borges sacó el manuscrito “garabateado, lleno de borrones y tachaduras”. Ella se sentó frente a la máquina de escribir. “Borges me hablaba de los progresos que iba haciendo con El Aleph y, mientras me dictaba, se reía a carcajadas de los versos que endilgaba a Carlos Argentino", recordó Estela. Carlos Argentino Daneri es el primo hermano de Beatriz Viterbo, la amada del protagonista del cuento. Ella acaba de morir y Daneri le dice que vaya a la casa de su prima, que iba a ser demolida, porque en el sótano hay un “objeto secreto y conjetural”.
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Era “una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”, dice el protagonista del cuento. “Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”, y le sigue una larga descripción. Borges le pidió a Estela Canto que lo ayudara a escribir esa parte; ella se negó. “Sentí infinita veneración, infinita lástima”, concluye el protagonista. El relato —sobre el final— está dedicado: “A Estela Canto”.
Las interpretaciones de este relato son disímiles. La pregunta que subyace —y que subyace en toda obra literaria— es cuál es la potencia de la literatura. Nadie podría decir que a Borges no le interesaban esas cosas. ¿La construcción de un objeto que albergue, no solo la totalidad, sino la eternidad, todas las posibilidades, incluso las no imaginadas aún, no es acaso la potencia de la literatura misma? Es curioso, incluso gracioso, que el motivo por el cual el Aleph corre el peligro de desaparecer es que van a demoler la casa donde el objeto habita para ampliar una “desaforada” confitería.
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“Georgie estaba tan contento como un niño”, recordó en una entrevista que le hizo en 1989 Graciela Musachi en la Biblioteca Freudiana de Vicente López, rescatada por Daniel Mecca. El texto, escrito en hojas cuadriculadas, “contenía un objeto que mostraba todos los objetos del mundo. El objeto se llamaba el Aleph. No dijo que el Aleph era la primera letra del alfabeto hebreo. Para él era ese objeto, una puerta abierta a lo imposible. Era un calidoscopio”. Al terminar, se llevó las hojas mecanografiadas a la revista Sur, la revista de Victoria Ocampo, donde se publicaría por primera vez.
Cuando Borges le propuso casamiento, ella, risueña —¿una venganza al desinterés de cuando los presentaron?—, le dijo que aceptaría “con mucho gusto”, pero que había un detalle: “Soy discípula de Bernard Shaw”: “no podemos casarnos si antes no nos acostamos”. El incipiente romance jamás prosperó. Estela se quedó con el manuscrito y lo subastó en 1985: lo compró el Ministerio de Cultura de España por 25.760 dólares. Cumplió en avisarle; él apenas ofreció un chiste. Para entonces, ya había suficiente consenso de que era de uno de los mejores cuentos de la literatura argentina.
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