
“Para los estadounidenses, todo es blanco o negro: o son los buenos o los malos. Para los afganos, no es así. Hay talibanes buenos y talibanes malos, y algunos están dispuestos a llegar a acuerdos entre ellos. Simplemente nos supera». Con esta reflexión, el teniente coronel Stephen Lutsky, protagonista de uno de los capítulos finales de To Lose a War: The Fall and Rise of the Taliban (“Perder una guerra: la caída y el ascenso de los talibanes”), resume la desconexión fundamental entre la visión estadounidense y la realidad afgana, según documenta Jon Lee Anderson en su nuevo libro. La obra, que recopila dos décadas de crónicas del autor para The New Yorker, explora cómo Estados Unidos perdió el rumbo —y la guerra— en Afganistán.
La publicación arranca en 2001, poco después del asesinato de Ahmad Shah Massoud, líder de la Alianza del Norte, y se extiende hasta finales de 2021, cuando el país enfrenta una crisis múltiple tras la retirada estadounidense: sequía, colapso económico y luchas políticas. Anderson, considerado uno de los corresponsales de guerra más reconocidos de su generación, describe en el prefacio a Afganistán como “más un campo de batalla de la historia que una nación”. Esta perspectiva impregna toda la obra, que no solo narra los hechos, sino que los contextualiza en el marco de las grandes potencias y sus fracasos.
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El libro se abre con el auge del poder estadounidense en Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre. Anderson viaja a Kabul en un momento de inflexión: los talibanes huyen, Osama bin Laden sigue prófugo y el país parece asomarse a un futuro prometedor, impensable semanas antes. En esos días, el autor entrevista a Ghulam Sarwar Akbari, excomunista afgano, quien atribuye la transformación de Afganistán en un refugio terrorista al abandono estadounidense tras la derrota soviética: "Después de que los soviéticos se marcharon y los muyahidines vencieron, Estados Unidos, en vez de ayudarles a crear un buen gobierno, se olvidó de Afganistán. No debieron hacer eso".

Las primeras crónicas de Anderson funcionan como una cápsula del tiempo. Los protagonistas afganos y estadounidenses expresan la visión dominante de una época que ya queda a casi 25 años de distancia. Tras la invasión, el autor se encuentra con Jack Idema, contratista de seguridad, quien advierte sobre la necesidad de una presencia militar estadounidense significativa: “Si no lo hacemos, en cinco años estaremos exactamente donde estábamos”. Esta entrevista, realizada en 2001, anticipa el deterioro progresivo de la situación que Anderson documenta a lo largo de sus reportajes.
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En 2010, desde Maiwand, en el sur del país, Anderson describe la paradoja de la presencia militar estadounidense: Formalmente, el ejército de Estados Unidos está desplegado en Afganistán desde el otoño de 2001, pero en zonas como Maiwand, es esencialmente un recién llegado". En ese capítulo, el periodista acompaña al Tercer Escuadrón “Wolfpack” de la Segunda Caballería, cuyos soldados intentan contener la insurgencia talibán. El relato se inicia con la muerte de Joseph T. Prentler, joven soldado estadounidense víctima de un artefacto explosivo improvisado. El sueño de una victoria rápida se desvanece a medida que aumentan las bajas, tanto estadounidenses como afganas.
La claridad de propósito con la que Estados Unidos entró en la guerra tras el 11 de septiembre también se erosiona. Afganistán debía ser la “guerra buena”, justificada por la destrucción de Al Qaeda y el desmantelamiento del régimen talibán, responsable de violaciones sistemáticas de derechos humanos, la imposición de una interpretación brutal de la ley islámica y la prohibición de la educación femenina, lo que convertía al país en el peor lugar del mundo para ser mujer. Sin embargo, con el paso de los años, la misión se vuelve difusa: ¿luchan contra el terrorismo, intentan construir una nación o participan en un juego geopolítico que arrastra a Afganistán desde tiempos de Alejandro Magno?
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La retirada estadounidense en agosto de 2021 confirmó la tesis de Lutsky: la guerra resultó “simplemente incomprensible” para quienes la libraron desde fuera. El consenso político de los años 80, cuando el congresista Charlie Wilson —inmortalizado por Tom Hanks en la película Charlie Wilson’s War— suplicaba fondos para la reconstrucción, se ha invertido. Conceptos como “construcción nacional” y “cambio de régimen” se han vuelto tóxicos en el debate político estadounidense.
En el prólogo, Anderson advierte que Afganistán es un escenario donde las grandes potencias proyectan sus ideales y, tras fracasar, se retiran, dejando que la historia siga su curso. El libro, según la reseña de Elliot Ackerman en The New York Times, se erige como un testimonio de las buenas intenciones y los errores, y como un recordatorio de que, en palabras de Wilson, “la pelota sigue rebotando”.
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