Lecturas para el fin de semana: la poesía como utopía cotidiana

¿Puede el lenguaje transformar el mundo? Un recorrido por cuatro libros que sueñan con torcer el hierro con la mirada

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“El Paraíso” (1912) de Maurice
“El Paraíso” (1912) de Maurice Denis

La poeta austríaca Ingeborg Bachmann dijo una vez, en una conferencia, que “si tuviéramos la palabra, si tuviéramos el lenguaje, no necesitaríamos las armas”. A ese desapego podríamos agregarlo todo: dinero, trabajo, casa, comida, ¿amor? Pero ella se refería (también) a otra cosa: nombrar es poseer y definir es limitar. En ese juego, la poesía puede torcer el hierro solo con mirarlo. Si la poesía puede llevar al lenguaje a construir la forma jamás pensada siquiera, ¿acaso no podrá, sino transformar el mundo, imaginarlo en su versión ideal? ¿Qué puede la poesía? ¿Acaso una utopía cotidiana?

Los soñadores

Son dos voces. Benicio y Leonor. Una correspondencia que tiene detrás la forma más íntima del diálogo: escuchar, entender, salvar. Él le dice: “Leonor: / Es toda una ilusión / el dolor, la carne, la vida. / La irrisoria existencia / es el mejor engaño”. Y ella responde: “Querido: / Tiene al sol en la llama de una vela / no pida más”. El libro se llama Leonor, es de Pablo Andrés Rial y en pocos días llega a las librerías; publica Caleta Olivia. Con pocos trazos, el poeta dibuja dos posiciones y proyecta un interrogante universal subrayado por la época: ¿pueden los soñadores sacar del abismo a quienes perdieron toda esperanza?

"Leonor" (Caleta Olivia) de Pablo
"Leonor" (Caleta Olivia) de Pablo Andrés Rial (tapa provisoria; el libro aún no salió a la venta)

La alquimia del verbo

Arthur Rimbaud llegó a Londres a fines de 1872 como fumador ocasional de hachís y para principios de 1873 ya era adicto al opio. En esos meses, y en esa aceleración narcótica, escribió Una temporada en el infierno. El libro —en realidad, un folleto de 58 páginas— se publicó días antes de que cumpliera 19 años. Fue lo único; lo demás son cartas y poemas sueltos reunidos. No necesitó más. Con el espíritu aniquilado, se fue de viaje: fue soldado en Indonesia, oficinista en Yemén, vendedor de armas en Etiopía. Volvió enfermo a Francia, a Marsella, donde murió en 1891 a los 37 años.

Los años en Londres fueron los más importantes. Los vivió con Paul Verlaine, poeta decadentista, diez años mayor, que había abandonado a su esposa para vivir con él un destellante romance. Pero terminó mal. Verlaine lo deja solo y sin plata. Al día siguiente le manda una carta y le cuenta su plan: reconciliarse con su esposa; y si ella lo rechazaba, matarse. Rimbaud lo persigue, lo encuentra en Bruselas. Dialogan, van, vienen. Verlaine saca un revólver y le pega un tiro en la muñeca. Se arrepiente, le pide volver; ya es tarde. Así termina, o empieza a terminar, su temporada en el infierno.

"Una temporada en el infierno",
"Una temporada en el infierno", edición de Interzona

Aquel libro tiene uno de las más grandes líneas de la poesía toda: “Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga. —Y la injurié“. Inmediatamente después, escribe: ”Me armé contra la justicia”. La potencia de ese simbolismo es letal, y tiene su correlato en lo que define como “alquimia del verbo”: desde “inventar un verbo poético, accesible, un día u otro, a todos los sentidos” hasta “escribir silencios, noches, anotaba lo inexpresable”. Nombrar lo infinito. “Terminé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu. Permanecía ocioso, presa de pesada fiebre”, escribe.

El sello argentino Interzona acaba de reeditar este libro en su colección Zona de Tesoros. Nicolás Suescún, a cargo de su traducción, escribió un prólogo revelador: “Más que ningún otro poeta, más que cualquier filósofo —con la excepción de su contemporáneo Nietzsche—, Rimbaud es la revolución y su equivalente poético, la profecía. Revolucionarias son sus formas de hacer poesía, rompiendo todas las reglas, buscando como un mago intuitivo la alquimia de las palabras, y su poética, que expande la conciencia y derrumba el vetusto edificio de la literatura universal".

El filósofo francés George Steiner, citado en el prólogo, decía que “la principal división en la historia de la literatura occidental”, que se da entre la década de 1870 y el 1900, ”divide una literatura esencialmente establecida en el lenguaje de otra para la cual el lenguaje se ha convertido en una prisión". Rimbaud se enfrenta al dilema que aún persigue al poeta de nuestro tiempo, el del lenguaje como cárcel, lo exprime al máximo, deja escrita una utopía ardiente, y abandona el juego. “Ese silencio final —dice Suescún—, esa renunciación, ha sido tan importante e influyente como su poesía”.

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Una temporada en el infierno

Por Arthur Rimbaud

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Las bestias inflamables

Eugenia Straccali tomó con las dos manos aquella máxima que Rimbaud escribió en una carta de 1871 y produjo su propia obra. Rimbaud puso “Yo es otro” y esta poeta platense escribió Ojos fríos (Vuelo de Quimera, 2024), un poemario sobre la adicción al crack para extremar el dolor hasta apagarlo. Por momentos es “una niña que resiste como una mujer”, por otros “una mujer que se ovilla como una niña”. Un recorrido hondo, intrépido, delirante, desolador por esas “zonas en la selva donde las orquídeas cuelgan siniestras”, mientras suena Attaque 77 y, entendemos, “somos bestias inflamables”.

"Ojos fríos" (Vuelo de Quimera)
"Ojos fríos" (Vuelo de Quimera) de Eugenia Straccali

El único sueño

El poeta palestino Mahmud Darwish murió tras una operación a corazón abierto en 2008. “Tenemos un único sueño”, dice en el poema “Las golondrinas de los tártaros”. “Que el aire pase / como un amigo, difundiendo el olor del café árabe / por las colinas expuestas al verano y al forastero (...) Tenemos un único sueño: dar con / nuestro sueño, como cada muerto / con su estrella”. Darwish nació en 1941 en Galilea, hoy ya Israel. El ejército ocupante, durante la Nakba, destruyó su aldea. Era apenas un niño. Con su familia huyó al Líbano, pero al tiempo volvieron. Su casa ya no existía.

“Temo por mi sueño y me asusta el fulgor de la mariposa”. Ya adulto, con más de veinte años, Darwish pasó varias estadías en la cárcel por su militancia política contra la ocupación de Palestina. Cuando dejó su tierra ingresó a la OLP; integró el comité ejecutivo hasta los Acuerdos de Oslo, a los que no acordaba. Darwish escribió varios libros, donde Palestina es una metáfora de la pérdida del Edén. Hace unos años el sello español Cátedra hizo una edición bilingüe de dos: ¿Por qué has dejado solo al caballo? y Estado de sitio. “¿De qué sirve mi espera y la tuya?“, se preguntaba Darwish.

“¿Por qué has dejado solo
“¿Por qué has dejado solo al caballo? / Estado de sitio” (Cátedra) de Mahmud Darwish

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