
“Este hombre no tiene lugar en Irán, ni en la Tierra”, sentenció Ruhollah Jomeini en una entrevista televisiva poco antes de abandonar su exilio en París para regresar a Teherán. La frase, cargada de una frialdad implacable, resumía el ánimo con el que el líder religioso se preparaba para derrocar al último monarca persa. Durante el vuelo de regreso, tras quince años de destierro, Jomeini murmuró que no sentía nada al volver a su país.
La indiferencia del ayatolá contrastaba con la imagen del sha de Irán, quien, en enero de 1979, descendió las escaleras de su avión entre lágrimas, consumido por un cáncer letal y la certeza de su derrota. Ni siquiera en ese momento de vulnerabilidad logró despertar compasión en su principal adversario.
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La caída del sha Mohammad Reza Pahlavi no solo marcó el fin de una era en Irán, sino que desencadenó una serie de transformaciones cuyas repercusiones aún se perciben en el Medio Oriente y más allá. El libro King of Kings, de Scott Anderson, reconstruye el proceso que llevó al colapso del régimen, subrayando la responsabilidad personal del monarca en su propia ruina.

El autor sostiene que el sha, a pesar de su porte altivo y su aura de grandeza, era un hombre inseguro y vacilante, incapaz de tomar decisiones firmes y proclive a dejarse influenciar por el último interlocutor. Esta debilidad, según el embajador británico Sir Anthony Parsons, quien mantuvo una relación cercana con el monarca durante sus últimos días, lo hacía difícil de apreciar: “Era tan suspicaz, tan convencido de que todos intentábamos perjudicarlo. Y, sin embargo, había una vulnerabilidad tan evidente en él que uno no podía evitar sentir lástima”.
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La obra destaca que el sha fue el principal artífice de su desgracia, al intervenir de manera constante en asuntos que habría debido evitar. Si bien existieron causas estructurales para la revolución islámica —en particular, la corrupción desbordada tras el aumento del precio del petróleo en 1973, que el propio monarca alentó al presionar a la OPEP para obtener más ingresos del Occidente—, el detonante inmediato fue una decisión impulsiva tomada a comienzos de 1978.
En ese momento, el sha recibió al presidente estadounidense Jimmy Carter y a su esposa Rosalynn en el Palacio de Niavarán, en Teherán. Ambos mandatarios celebraron la aparente estabilidad de sus países, convencidos de que no enfrentaban amenazas significativas. Esa fue la última visita de un presidente de Estados Unidos a suelo iraní.
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Poco después de la partida de los Carter, el sha ordenó a un alto funcionario que organizara la publicación de un artículo anónimo en la prensa, plagado de insinuaciones, que acusaba a Jomeini de ser un agente británico. El ministro, un hombre sensato, advirtió que esa maniobra provocaría disturbios, pero el monarca, envalentonado por los elogios de Carter, desoyó la advertencia.
El resultado fue inmediato: los seguidores de Jomeini en las escuelas religiosas de Qom y otras ciudades salieron a las calles en protesta, y las fuerzas de seguridad respondieron con violencia. En la tradición chiita y persa, cada funeral es seguido cuarenta días después por una nueva conmemoración pública, y en cada ocasión, la represión estatal causó más víctimas. La espiral de manifestaciones y muertes se volvió incontrolable.
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Mientras tanto, Jomeini permanecía en Najaf, Irak, bajo la vigilancia del régimen de Saddam Hussein. El acceso a él resultaba casi imposible para los extranjeros, pero el sha, sin una razón clara, presionó a Hussein para que lo expulsara. Hussein, que desconfiaba del monarca iraní y anticipaba el desenlace, accedió.

Los asesores de Jomeini, más pragmáticos, lo convencieron de instalarse en las afueras de París, en Neauphle-le-Château. Allí, como describe el autor, “los vecinos se acostumbraron a ver al anciano con turbante negro y túnica marrón paseando por los caminos rurales”. De repente, la prensa internacional pudo entrevistarlo sin restricciones, y cada declaración suya llegaba a Irán en tiempo real. En noviembre de 1978, la caída del sha ya era inevitable.
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El libro peca, como muchos relatos estadounidenses, de centrarse casi exclusivamente en la relación entre Irán y Estados Unidos, dejando de lado otros factores. No obstante, el autor entrevistó a figuras clave, como la shahbanu Farah Pahlavi, quien comprendía la gravedad de la situación pero no logró influir en su esposo. El relato ofrece una visión completa de los acontecimientos que desembocaron en la revolución.
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