Hay un momento en Too Much, la nueva comedia de Netflix de Lena Dunham protagonizada por Megan Stalter, en el que el personaje de Stalter, Jessica —una estadounidense descarada fascinada por Inglaterra y enfrentada a una vida en ese país que no es lo que esperaba— lanza una arenga metaficcional sobre las comedias románticas. “Quería estar en la cama con Hugh Grant, del diario de la British Jones”, le grita a Felix (Will Sharpe), el encantador músico indie de pelo desordenado, pero poco fiable al que conoce poco después de llegar a Londres. “¿Dijiste ‘British Jones’?”, le responde él. (“¡Ella es británica!”, replica Jessica).
Es, en contexto, un chiste extrañamente bueno; ese desliz de Bridget a British es uno de los muchos guiños ingeniosos de la serie sobre sus predecesoras, y una de las tantas sátiras sobre cómo las comedias románticas han moldeado las expectativas sobre la vida y el amor, y han enseñado a las personas a clasificarse como “el error” o “el final feliz”. (En esta escena, Jessica y Félix discuten por una fiesta, pero también por el miedo de ella de que lo que tienen no encaje en la definición de amor según el modelo de las comedias románticas).
Jessica, en muchos sentidos, es una figura al estilo de Bridget Jones: poco refinada pero esperanzada, trabajadora, apasionada y triste. Está superando una mala relación con Zev (Michael Zegen, de The Marvelous Mrs. Maisel, quien parece destinado a interpretar primeros amores fallidos). Incluso tiene una especie de diario. Aquí, adopta la forma de una serie de videos dirigidos a la nueva novia de Zev, Wendy (Emily Ratajkowski), una influencer cuyos posteos Jessica vigila obsesivamente, aunque intenta empezar una vida nueva.

En términos de género, Jessica no solo es nuestra heroína. También es la exnovia loca que no deja de obsesionarse con la imagen perfecta y filtrada de la vida de Wendy, que parece pensada para la cámara. Sus propias aventuras como expatriada, en cambio, resultan cómicamente anticinematográficas. La cámara se deleita con el encanto cosmopolita y degradado de Londres y, a veces, el resultado parece una réplica directa a la vibrante Emily de Lily Collins en Emily in Paris, donde todo sucede con demasiada facilidad en una ciudad mágica que siempre cumple lo prometido.
Nada en Too Much está idealizado. El departamento de Jessica es deprimente y no en un sentido bohemio o artístico (aunque, como espectador, termina por resultarte más cálido con el paso de los episodios). Como Emily, Jessica también tiene una bella rival francesa (interpretada por la inimitable Adèle Exarchopoulos), pero incluso ella aparece filmada de un modo que, por falta de mejor palabra, la hace ver real. Que tenga poros visibles y algún pelo fuera de lugar la vuelve incluso más amenazante.
Dunham ha descripto Too Much como un homenaje a las comedias románticas con las que creció; los títulos de los episodios incluyen “Nonsense and Sensibility”, “Pity Woman” y “Notting Kill”. Pero Dunham —cuyo extraordinario programa de HBO, Girls, se convirtió en un imán de debates culturales cuando se emitió en 2012— siempre fue una innovadora, y aquí interviene justo donde termina la comedia romántica convencional. “Hay que intentarlo, no solo terminar en los brazos del otro”, le dijo a Variety. “Una vez que están juntos, el mayor desafío es uno mismo. Eso seguro lo viví en mi caso”.

Dunham reconoce algunos elementos autobiográficos en Too Much (ella misma se mudó a Londres por trabajo en 2021, donde conoció a su esposo), pero escribió la serie pensando en Stalter. Ella misma interpreta a Nora, la hermana mayor de Jessica, que ha vuelto a vivir con su madre (Rita Wilson) y su abuela (Rhea Perlman) después de que su exmarido (Andrew Rannells, quien también interpretó a Elijah en “Girls”) la dejara junto a su hijo para explorar su sexualidad.
Es una pequeña y magnífica puesta en escena gótica que fácilmente podría justificar un spin-off propio. Dunham siempre ha sido una miniaturista talentosa. Construye mundos sociales tremendamente persuasivos, y a menudo me descubrí preguntándome, quizás más de lo que la serie pretendía, qué sucedía en la vida de Nora.
El mundo laboral de Jessica es menor en comparación (aunque Richard Grant brilla en cada aparición como su jefe temperamental). Sus compañeros tienen un aire predecible que contrasta con el trazo intenso y detallado, muy propio de Dunham, de las escenas familiares, la vida de Félix, una extraña cena y una boda deliciosamente incómoda. La serie se beneficia además de una secuencia de cameos destacados, de Naomi Watts a Stephen Fry, Andrew Scott y varios que no puedo revelar.

Stalter está excelente —y vulnerable— como Jessica. Perspicaz y extraña, su fortaleza como protagonista se basa en una inteligencia reactiva e imprevisible que recuerda a Hannah, el personaje de Dunham en “Girls”, y la vuelve casi igual de sorprendente para el espectador.
Sharpe (quien interpretó a un empresario tecnológico emocionalmente cerrado en la segunda temporada de White Lotus) aporta dulzura y sinceridad a un papel que podría acercarse demasiado a lo desagradable, y que exige que navegue por dos mundos sociales totalmente distintos como un camaleón, sin resultar falso. Las comedias románticas son los cuentos de hadas de nuestra época; no es fácil para un personaje atrapado en una salir indemne de los errores que comete.
He dicho que Dunham es una miniaturista. Quizá sea más correcto decir que sobresale en la narración corta. Mientras más pequeño el formato, más chispeante es su escritura. Sus episodios son como obras de teatro. Escena por escena, su texto se luce aún más: tiene amplitud, sorpresa y el brillo de una anarquía creativa que crece cuando se libera de la presión de la trama. Eso sigue siendo cierto aquí, aunque en los arcos más largos la resolución sea más predecible, convencional o, simplemente, menos satisfactoria.

Too Much no intenta salir de la comedia romántica para transformarse en otra cosa. No busca juzgar ni corregir. Quizá esa sea, irónicamente, la única manera en que difiere de la fórmula que replica, deconstruye y homenajea con tanto cariño. Las comedias románticas son imperativas y epifánicas. Funcionan como manuales sociales sobre cómo deben cambiar las personas para que el amor duradero las encuentre.
Tal vez la mujer es muy neurótica, enfocada en su carrera (o feminista, o ilusa, o famosa). Los hombres pueden ser cínicos, promiscuos o eternamente inmaduros. Lo importante es que la estructura obliga a los personajes a enfrentar sus defectos y cambiar. El precio del amor es el crecimiento y la lección aprendida.
Hay cierta humildad bienvenida en la forma en que Too Much elige apartarse suavemente de ese mandato, para bien y para mal, en la salud y en la enfermedad.
Fuente: The Washington Post
[Fotos: prensa Netflix]
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