
Al primer muerto que vi, lo vi trabajando. Yo era una adulta, periodista, me mandaron a cubrir el velorio del escritor Osvaldo Soriano. Entré desprevenida, no había pensado en que iba a ver un muerto. Era él -yo lo había entrevistado en el living de su casa de La Boca, con su gato dando vueltas alrededor- pero era otra cosa.
Criada en una familia judía, nunca antes había visto un muerto porque, como se sabe, los judíos velan a cajón cerrado. Pregunté por qué y me dijeron que era por respeto a la persona que había sido, como si mostrarlo cuando ya no es, cuando no tiene conciencia ni decisión, fuera una falta al pudor. Me gusta pensar que también tiene algo que ver con otra idea judía, la de separar la vida de la muerte, a los vivos de los muertos. Por eso, no se puede ir al cementerio hasta un mes después de enterrar a alguien: nadie se queda abrazado a una tumba. Por lo menos en lo físico, lo que pasa en el corazón es más difícil de legislar.
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Desde entonces, vi varios muertos más, algunos muy queridos, sobre todo a los muy queridos. Vi a un músico con la vida tronchada en la ruta y vi el pavor de su hermano ante el cajón: “Loco, ¿qué hacés ahí?“.

Vi, demasiado temprano, a una amiga que vivía en el campo, muy cerca de la playa, a más de trescientos kilómetros de casa. Nos habían llamado a la noche tarde: “Vengan, falta poco” pero llovía mucho, el cansancio del día pesaba y la ruta... No. Salimos a las 5 de la mañana, llegamos tarde. Ahí estaba, con su vestido, en su cama. Fuimos cuatro o cinco amigas, nada más. Nos sentamos en la misma cama, le acaricié un pie, ya frío. Tomamos café, charlamos ahí, en su cuarto. La quisimos muerta como la habíamos querido viva. Unos días después llevamos sus cenizas al mar: prendimos, en los médanos, una fogata que insistió en apagarse, como una metáfora de la vida. No lo dijimos, pero seguro que todos estábamos pensando en eso. Al final, su mujer entró al agua con esa cajita que resume a un ser humano. Se mojó la ropa, las cenizas volaron y se le pegaron. La viuda se sumergió y se limpió de mi amiga. La dejó ir, la obligó a partir (separar, separar a los vivos de los muertos).
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No quise ver a una profesora muy admirada. Estaba al final de un largo pasillo, me colé entre la multitud que había ido a constatar que la noticia era cierta, a tratar de creer que la que había estado siempre ya no estaba más. Cuando estuve cerca, entreví un color que no era el de ella, que no era el de nadie. Como si me hubieran dado un raquetazo, me empujé hacia atrás.

¿Por qué? Creo que porque ver un muerto -o ver A un muerto, si lo seguimos tratando como a una persona- nos pone frente a lo impensable: la propia muerte. Todos sabemos que todos nos vamos a morir, pero la propia muerte, la propia nada, no se puede pensar. Yo no puedo, por lo menos, siempre pienso en mi muerte, estoy pensando. Pienso, entonces existo.
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Y ahí está, cómo no, el historiador Philippe Ariès, que supo decir que la muerte, y no el sexo, era el gran tabú de Occidente. Dice que desde los años 40 del siglo XX, aproximadamente, la muerte “se vuelve vergonzante y objeto de tabú”. Que a los enfermos se les esconde su gravedad no por compasión sino para evitarles a los sanos “la fealdad de la agonía y la mera irrupción de la muerte en plena felicidad de la vida”. Que por eso mismo se manda a la gente al hospital, a morir. Muchas veces, en soledad.
Por eso es una peripecia ver a un muerto, un acontecimiento.
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Traer a los muertos
Claro que la relación con los muertos no es parte de la esencia humana -aunque se podría pensar que sí- sino es una cuestión cultural y las culturas son distintas aquí y allá.
En Madagascar, por ejemplo, existe un ritual que da la impresión de ser muy viejo pero aparentemente data del siglo XVI. Se llama Famadihana y consiste en sacar a los muertos de sus tumbas cada siete años, llevarlos ante los familiares, cambiarles la mortaja, acompañarlos de vuelta con música y bailes. Es una ceremonia festiva: la idea es que los muertos recién se unen a los antepasados cuando su cuerpo está completamente descompuesto. Y eso lleva años. La gente, entonces, no sólo lo ve sino que tiene un vínculo muy cercano con un cadáver que ya no está rozagante.
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En Bali se envuelve al que acaba de morir en un paño blanco y se lo muestra antes de cremarlo. En el Tíbet la costumbre en “dar el alma a las aves”: se lo sube a una montaña y se lo ofrece a “los elementos” y... a los buitres. La idea es que el muerto no es más que un “contenedor”.
¿Nos gusta, necesitamos, nos hace bien ver a los que quisimos cuando mueren?
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Algo me hace pensar que sí: las grandes procesiones que se producen cuando parte un personaje público. Más querido, más gente. Cierro los ojos y veo el funeral de Perón, el de José Saramago, con miles de lectores levantando al cielo sus libros, el del Papa Francisco, por supuesto. Ver, tratar de alcanzar alguna cosa que ya no está, acercarse incluso cuando el cajón está cerrado, como pasó con Maradona o la reina Isabel de Inglaterra.
De cerca
Vi a otra amiga, también en su casa. Nos llamó el marido muy temprano. “Falleció”, dijo. Estaba muy enferma, tan enferma y tan sana que días antes había organizado una despedida de las amigas. Cuando llegamos, su cuerpo estaba en la cama ortopédica de la internación domiciliaria. Era periodista y habría una nota de despedida en el diario. Me ofrecí a hacerla. Fui a su escritorio, cerré la puerta, abrí su computadora y ahí mismo escribí su necrológica.
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Vi, hace un año a un amigo periodista, muy joven. Cansado de tanta enfermedad. Tan rodeado en la muerte como había estado en la vida, por suerte. Vi el gesto de su perra, a la que unas manos compasivas acercaron al cuerpo quieto de mi amigo. La perra miró concentrada, yo diría que con pavor. Recorrió, siempre sostenida a 30 centímetros de distancia, el cuerpo entero. Lo hizo con la mirada y con el olfato. Después dio vuelta la cabeza y no lo volvió a mirar: él ya no estaba.

Los últimos dos muertos de los que voy a hablar fueron los más íntimos. Primero, mi mamá, hace algo más de siete años. Ya estaba internada, ya quedaba poco. Yo salí a hablar por teléfono a un pasillo, me demoré. En un momento salió del cuarto mi prima M. “Pato, te necesitan”, me dijo. Ahí estaba ella, como la había dejado, tomada de la mano de mi papá.
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“Me mira demasiado fijo”, dijo papá. Quizás porque soy la hija mayor, se suponía que yo tenía que hacer algo, decir algo, no sé. Me acerqué y, como había aprendido en los campamentos de la adolescencia, le tomé el pulso a mamá. “Yo no siento nada”, dije. M. llamó a la enfermera pero estaba todo dicho. Con mi mano derecha, la hábil, la de escribir, le cerré los ojos. Nos quedamos un rato así, mirándola, porque luego no la íbamos a ver más. Nos quedamos mirándola como si se pudiera agarrar algo en esos últimos minutos, como si hubiera algo que birlarle al olvido y se definiera ahí.
Al otro día, ya en el cementerio, me llamaron para reconocerla. Un hombre destapó la mortaja, alcanzó ver la cabeza, con ese corte de pelo medio punk y esas canas que el cáncer le había impuesto a su tradicional coquetería de teñido rubio. No me dio impresión, me dio amor. Pero esos segundos -la mortaja que se abre, el pelito- volvieron a mí durante noches y noches.
El último, en marzo, fue mi papá, en el mismo hospital y en el mismo cementerio. Mi papá se enfermó de gripe A e, inesperadamente, se murió en unos días. En su cama y con asistencia para respirar, se durmió un lunes al mediodía y el martes a la tarde le empezaron a bajar todos los signos vitales a la vez. Se fue en minutos, con la cara de tranquilidad que tal vez no había tenido nunca o casi -era nervioso, ansioso, sanguíneo-, con el gesto suave. Cuando al otro día nos llamaron a reconocerlo, fuimos mi hermana, mi sobrina y yo. No había sufrido ese final y se notaba: estaba lindo. Y, en ese pozo de petróleo que es la pena de la muerte de alguien a quien se ama, esa cara fue un consuelo.
No me gusta la salida fácil de “la muerte es parte de la vida”, “es natural”, etc. La muerte es una de esas partes tremendas de la vida. Para quienes, como yo, creen que todo se puede arreglar, la muerte un cachetazo difícil de asimilar. Pero ya que de todos modos va a ocurrir, yo prefiero casi siempre prefiero verlo. No es universal, cada uno irá construyendo su relación con sus muertos. Cada uno hará lo que pueda.
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