
En Este verano que empiece otra vez, la escritora y socióloga Mercedes Calzado narra el tiempo suspendido de una internación hospitalaria durante la pandemia. A partir de fragmentos escritos en un cuaderno, la protagonista —una mujer que acompaña a su padre enfermo— registra escenas cotidianas, recuerdos sueltos, gestos mínimos. Escribe para sostenerse, para ordenar la espera, para no perderse en la rutina anestesiante de médicos, enfermeros, diagnósticos y silencios.
La novela se construye en la intersección entre la observación y la evocación. Desde la cama de hospital o caminando por los pasillos, la narradora anota lo que ve: cuerpos que se mueven, palabras entrecortadas, protocolos que se repiten. Pero también lo que recuerda: el barrio de Once bajo la tormenta, las navidades sin Papá Noel, un muelle, los peces. Así, en contraste con la frialdad del entorno, se abre un espacio íntimo donde la escritura se vuelve refugio. Cada escena, cada recuerdo, cada paisaje imaginado permite elaborar el dolor sin nombrarlo directamente.
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Autora de Inseguros (Aguilar, 2015), coautora de Atravesar las pantallas (Teseo, 2021) y Comunicación, Cultura y Sociedad (Aula Taller, 2012), Mercedes Calzado es investigadora del CONICET y del Instituto Gino Germani, y docente en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Especializada en medios, cultura y violencia en Argentina y América Latina, en esta novela desplaza su mirada analítica hacia la experiencia subjetiva y fragmentaria del cuidado en tiempos de crisis.

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Este verano que empiece otra vez recoge esas anotaciones —personales pero no privadas— que, desde un cuaderno escrito junto a una cama, logran tejer un testimonio colectivo sobre la fragilidad, la memoria y la palabra como forma de resistir.
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Aquí, algunos párrafos de la novela:
Este verano que empiece otra vez (Fragmento)
Sueño con bagres.
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Cuando era chica los pescaba y los devolvía al río, antes les contaba los bigotes.
Sueño con bagres, como otros sueñan con perros y persecuciones.
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Los creía fuertes. Los desenganchaba del anzuelo con delicadeza para evitar que me chuzaran. Era una batalla: yo decidía si volvían al agua o espiaba su asfixia dentro del balde. Cuando alguno me lastimaba, lo amenazaba con el cuchillo para cortar las lombrices. Admiraba el camuflaje de sus escamas doradas, un pez misterioso con capacidad de defensa. Su aleta, escondida en el barro, en guardia, vivaracho debajo de los camalotes, alerta a los mediomundos, a nuestras lombrices o migas de pan. Su aleta, escudo contra mis pies descalzos.
A los ocho pisé por primera vez un bagre, juntaba piedras a la orilla del río. Fue una mañana de marzo, la última antes de empezar las clases, la última antes del fin del verano. El dolor subió sin darme cuenta de que lo tenía clavado en la planta del pie, ardía más que cuando me ponían el desinfectante en los raspones de las rodillas. No lo vi, mi pie lo atacó sin saberlo, la aleta entró en mi planta. Me tiré sobre la arena, lloré y grité. Mi papá me levantó. Tanteó el pez clavado y lo desprendió, sereno, la caricia de sus uñas mordidas. Lo apoyó sobre la mesa. Tendido, panza arriba. Boqueaba. Me encandiló el brillo de las escamas. Miré mi pie, la piel rasgada como una tela, la sangre temerosa de mis gritos, el ardor.
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Mi papá me agarró la mano:
Cuando el bagre chuza deja un líquido que hay que limpiar. No te preocupes, se arregla con pis, como se curan las heridas de río. ¿Preferís de gato, de perro o el tuyo?
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Hablaba serio, como si yo fuera uno de sus clientes.
Tenés que elegir, insistió.
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Entonces quiero pis de vaca, dije también seria.
De vaca hoy no tengo. Mejor seguimos la pócima alternativa.
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Le gritó a mi mamá que trajera sal, puso una pizca en un vaso, un poco de agua del termo del mate y otro poco de una botella fría.
Ahora, el secreto. Tenemos que agregar tantas lágrimas como tus años.
Ocho veces volcó las gotas sobre la herida.
Por el poder del bagre.
Primero apuntó al pez tendido sobre la mesa, después a mi pie. La panza del bagre subía y bajaba, ahogado. Cuando atenuó el dolor, me acerqué. Lo toqué con la punta de un dedo, temiendo que me chuzara. Inmóvil, la boca abierta al cielo. Acaricié sus escamas. Ya no peleaba.
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