
Siempre me gusta decir que la ciencia ficción se alimenta del miedo de la época. Si no son los avances en la medicina o tecnológicos es el totalitarismo o las teocracias, sino la carrera espacial o la posibilidad de la vida en otros planetas, y la invasión extraterrestre. O la vida en el fondo del mar; o los androides, robots o la IA. O las enfermedades de diseño que convierten al planeta en una horda de zombies, o humanos con sus mentes tomadas por hongos; cada época y los miedos, la novedad, lo desconocido, dio como resultado grandes obras de la literatura de ciencia ficción, distópica, apocalíptica.
En 2024, la novela Orbital de la autora inglesa Samantha Harvey ganó el Booker Prize, uno de los premios más importantes de literatura del mundo. Una rareza, ya que el Booker pocas veces otorga premios a la ficción imaginativa o a la ciencia ficción. Con esta novela, Harvey ya había ganado el Premio Hawthornden británico que se concede por una obra de “literatura imaginativa”. Más importante aún, fue parte de la lista finalista del prestigioso premio Ursula K. Le Guin, que se otorga a un autor por una única obra de “ficción imaginativa” y que tiene por objeto honrar a autores que “son capaces de imaginar motivos reales para la esperanza y ver alternativas a nuestra forma de vida actual”.
Creo que esto último es la mejor definición de Orbital.

La novela transcurre en un solo día en la vida de seis astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS). Van a viajar dieciséis órbitas alrededor de la Tierra, lo que estructura la novela en dieciséis capítulos correspondientes a cada vuelta de 90 minutos. Los personajes provienen de diversos países: Estados Unidos, Reino Unido, Japón, Rusia e Italia. No hay nada de ciencia ficción aquí. Esto ya pasa, es normal, seguimos a los astronautas por X mientras giran alrededor de la tierra. Los grandes empresarios del mundo se disputan hoy en día la territorialidad del espacio, ya tenemos robots recorriendo Marte hace rato.
Harvey apunta a otra cosa y es a plantear un mundo en el que la conexión entre los seres humanos deje de ser la que conocemos. Entonces, la convivencia forzada, las tareas científicas y domésticas, y la vista constante de un planeta bello y frágil, generan un espacio de introspección, reflexión y poesía.

A pesar de estar ambientada en un entorno de alta tecnología, la novela no se centra en conflictos técnicos ni en la amenaza de catástrofes. Por el contrario, Harvey escribe una obra contemplativa, íntima y lírica. Los astronautas, suspendidos sobre la Tierra, meditan sobre sus vidas, sus lenguas, sus naciones y sus vínculos emocionales. Incluso hay capítulos narrados desde perspectivas no humanas —como la de un robot, un alienígena o un ser ancestral— que permiten cuestionar nuestra existencia desde un punto de vista más amplio y metafísico. De esta manera, Harvey logra convertir una rutina técnica en una experiencia estética.
Tradicionalmente, la ciencia ficción se centraba en lo tecnológico, lo futurista y lo distópico. En Orbital, en cambio, lo importante no es el “qué pasará” sino el “qué somos”. La ciencia ficción se convierte aquí en una herramienta para observar al ser humano desde la distancia, y preguntarse por su vulnerabilidad, su necesidad de contacto y su deseo de trascendencia. Lo tecnológico es lo dado, lo extraño es lo humano.

De esta manera, Harvey subvierte el dilema clásico de la literatura de ciencia ficción: la tecnología no es el enemigo, ni el acecho, ni lo desconocido. De pronto, lo que se hace carne como extrañeza es la vida de estos personajes que giran incansablemente alrededor del planeta. Y allí el peligro. Y allí el miedo de la época. ¿Qué pasa si perdemos esta capacidad de comunicarnos, de ver al otro en su diferencia? ¿Qué pasa si en esta carrera tecnológica que hoy es exponencial nos perdemos de nosotros mismos? ¿Qué es ser “nosotros mismos”?
La novela es también una carta de amor al planeta. Desde el espacio, los astronautas desarrollan una mirada nueva sobre la Tierra: frágil, interconectada, viva. El distanciamiento espacial permite una reflexión emocional que redefine lo humano no como un conquistador del espacio, sino como parte de un todo ecológico.
Orbital representa una nueva corriente en la ciencia ficción literaria. No explora batallas interestelares ni distopías, sino el misterio de estar vivos, de pensar, de comunicarnos. En su brevedad, condensa una profundidad emocional y estética inusual. Samantha Harvey logra, con economía y belleza, que volvamos a ver la Tierra, y a nosotros mismos, como si fuera la primera vez. Y, entonces, delata en este nuevo giro de la ciencia ficción el nuevo miedo de la época. Qué pasa si perdemos eso que nos hace humanos.
[Fotos: NASA; Henry Nicholls/AFP]
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