
Vivir en Provincia -específicamente, ser del Partido de La Matanza- tiene algo muy particular: llevar en la carne los nombres de las calles. Ser un mapa con el cuerpo. Tener cada calle tallada como un verdadero territorio afectivo e identitario.
Las calles, las esquinas, los recovecos donde se puede estar, donde se puede pasar el tiempo, confirman quiénes somos. Una calle en provincia es un lugar de identidad. Tener una esquina es tener un grupo de amigos, un lugar donde perder el tiempo o ganarlo. Un espacio para mirar pasar la vida y vibrar con otros en la suspensión que solo genera la amistad: la poética del pasatiempo.
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Eso es Ojos látigo: un lugar para hacer vibrar el tiempo desde la calle, desde el vínculo.

Hace dos años falleció Juanjo, el mejor amigo de uno de mis hermanos. Esa pérdida fue un cimbronazo. La pregunta que me atravesó al comenzar a escribir esta obra fue:
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¿Por qué mueren los jóvenes? ¿Y cómo podemos traerlos de vuelta? ¿Cómo hacer que esa juventud compartida quede inmortalizada? ¿Será con canciones? ¿Con obras? ¿Con homenajes? ¿Con qué puede uno recordar de la mejor manera?
No estamos preparados para ver morir a un amigo a los veintipico. Y cuando eso sucede, el duelo se vuelve insoportable. Esa pregunta -cómo transitar ese dolor, cómo sostenerlo sin que nos destruya- me empujó a hacer esta obra.
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Y, más allá del dolor que me genera la pérdida, decidí centrarme en lo que aún vibra: la vitalidad de la identidad barrial compartida.

Hay algo en el asfalto que se vuelve estandarte. El cemento como sostén de todos los tiempos posibles. La frase que atraviesa la obra como un mantra es: “Hay que estar”. Una forma de resistir y a la vez de habitar. No nos pueden sacar las esquinas. No nos pueden borrar los mapas. Ni la injusticia social, ni la mala suerte, ni la propia vida pueden arrebatarnos esos únicos espacios que se presentan como eternos.
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Si ahora nos preguntamos todos juntos cuáles fueron nuestros primeros lugares, probablemente se nos venga a la cabeza alguno relacionado con la amistad. Porque es ahí donde aprendemos a reír, a vincularnos con otros, a entender la complicidad, los códigos de la confianza, el tejido invisible del lazo social.

Por eso la escenografía es mínima: un cartel y un banco. Porque quiero llevar a escena la intemperie de la calle con esos dos elementos que hacen anclaje en lo afectivo. Un cartel como los de cualquier club que porta identidad -“esta esquina es de estos pibes”- y un banco. Nada más. Dos objetos para hacer pasar la vida.
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Ese afecto es el que trabajamos en los ensayos con los actores. “Tienen que traer la verdad al vínculo de estar juntos. Ni siquiera el texto es lo más importante. Ni la destreza física. Ni la técnica actoral. Tiene que ser una obra que logre transmitir el dolor y el alivio del duelo”. Generar un lazo directo. Porque hay emociones que son intraducibles. Pero, en el mundo de lo insoportable, cuando te topas con alguien que está viviendo lo mismo, no hace falta una palabra que explique. Solo una mirada. Un silencio compartido. Es entender que estamos pasando por lo mismo.
Eso quiero con esta obra: que sea tan fuerte la unión para seguir viviendo que quien esté del otro lado pueda recordar a los suyos. El teatro es para eso, ¿no? Para que aparezca lo colectivo. Lo comunitario. Para generar vehículos posibles de imágenes, recuerdos, afectos, identidades. Ir al teatro para llorar a un amigo en un escenario público. En un ritual colectivo. Acá no hay soledades tristes. Hay soledades grupales. Silencios y canciones que harán de mareas. Para hacernos sentir que –quizás- los muertos están más con nosotros que nosotros con ellos.
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Habrá que inventar ese tipo de fe. Una que nos permita seguir levantándose día a día.
A uno de los actores -el que canta- le pedí que con su canción invoque a todas las madres.
Que cante una canción de cuna con la textura del alma.
Que se escuche el canto de las que aman.
Que se escuche lo más íntimo del espíritu.
Creo fervientemente en la poesía y en todos los campos poéticos como maneras de estar más cerca del misterio de la vida y de lo imposible de entender quiénes somos, a dónde vamos y los huecos de la existencia.
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Ojos látigo es una tarde en común, con todas las pérdidas en común.
*Autora y directora de Ojos látigo, que se presenta los domingos a las 18 hs. en El Extranjero teatro (Valentín Gómez 3378, Abasto)
[Fotos: gentileza prensa “Ojos látigo”]
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