
El romantasy, esa fusión literaria entre el romance y la fantasía, dejó de ser una categoría difusa para convertirse en uno de los subgéneros más codiciados del mercado editorial actual.
Nacido de la unión de las palabras “romance” y “fantasy”, el término define a aquellas historias donde el amor no es una subtrama más, sino el motor emocional que impulsa a los personajes dentro de mundos mágicos, reinos alternativos o universos con sus propias leyes.
A diferencia de la simple “fantasía con romance”, en el romantasy el conflicto romántico ocupa un lugar central, sin opacar ni diluir los elementos del worldbuilding - es decir, la construcción del mundo mágico - ni las tensiones épicas que caracterizan al género fantástico.
Autores como Sarah J. Maas, Jennifer L. Armentrout o Elise Kova consolidaron el subgénero con obras que emocionan tanto como hechizan. Pero en Argentina, dos voces jóvenes y potentes también están marcando su camino en este terreno: Ann Rodd, autora de Calipso y Suspiros Robados, y Flor Núñez Graiño, autora de La Acusada de Codexia, Videntes, Kamilcara y Bajo la Capa Roja.
Entrevistadas en exclusiva para Infobae, ambas construyen sus mundos a partir de una premisa en común: la fantasía y el romance no pueden existir el uno sin el otro.
El equilibrio entre romance y fantasía
Aunque el romantasy ganó un nombre propio en los últimos años, siendo una tendencia en los estantes de las librerías, tanto Ann Rodd como Flor Núñez Graiño llevan tiempo escribiéndolo, incluso antes de que el término se popularizara.
Para ambas, el corazón de este subgénero está en cómo se entrelazan sus dos componentes esenciales: el amor y la magia. Pero más allá de una fórmula matemática, cada una tiene su propia manera de entender el equilibrio.
“El balance se da cuando ambos géneros importan por igual”, explicó Ann, quien agregó que “cuando no puede existir esa novela sin el romance y sin la fantasía que lo rodea o que interviene en ese amor; ambos se retroalimentan”.
Para ella, el alma de una historia no puede inclinarse únicamente hacia la épica ni hacia lo emocional, sino que debe construirse desde una interdependencia genuina.

Flor va en la misma línea, aunque aclara que no siempre se trata de una cuestión de proporciones exactas. “No siempre es una cuestión de mitad y mitad. Hay que ver qué necesita la historia”, afirmó. Asimismo, reconoce que en algunos relatos el romance puede tener un rol predominante, mientras que en otros lo esencial es la trama fantástica, pero subraya que “el romance no es una historia paralela, es parte de la principal, y la fantasía no puede ser solo el escenario de fondo”.
Ambas autoras defienden una visión del romantasy donde el romance no actúa como simple adorno narrativo ni como una tregua emocional en medio de la acción. “Me gusta que el amor en mis historias cambie la forma en la que mis personajes ven el mundo, que transforme sus decisiones. Y la fantasía tiene que fascinar y desafiar”, comentó Flor.
Por su parte, Ann considera que separar artificialmente ambos elementos puede desvirtuar la esencia del género: “Creo que es erróneo pensar en el contexto de esa historia de amor como algo liviano, superficial”.
Y añadió: “No tenerlo en cuenta a la hora de clasificar en un género le quita una parte importante a la historia en sí”.
Ambas coinciden en que cuando se logra ese entrelazamiento vital entre el mundo mágico y la historia de amor, el resultado no es solo una novela que se disfruta: es una historia que se siente indispensable en cada uno de sus componentes.
¿Qué nace primero: la fantasía o el amor?
En el proceso creativo del romantasy, la pregunta sobre qué surge primero —¿el mundo mágico o la historia de amor?— no tiene una única respuesta. Tanto Ann Rodd como Flor Núñez Graiño experimentaron distintos caminos a la hora de dar vida a sus novelas, aunque coinciden en que la fantasía suele ser la semilla inicial.

“En algunas, nacen primero los personajes, los diálogos, la química que se desarrolla entre ellos”, contó Rodd. Pero rápidamente aclara su postura con firmeza: “Yo me considero, antes que todo, una escritora de fantasía. Lo digo porque no concibo mis historias de amor sin ella”.
Para ella, los romances que imagina no pueden desarrollarse en un vacío emocional ni en escenarios planos: necesitan del misterio, la complejidad y el simbolismo que aporta lo fantástico. “Puedo tener muchos romances para contar, pero estos no existirían sin los mundos en los que habitan”.
En el caso de Núñez Graiño, el orden suele ser aún más claro. “En la mayoría, primero viene la fantasía. Lo primero que pienso es el mundo, cómo va a funcionar el sistema de magia, la política, la economía y la religión”, describió con detalle.
El romance, entonces, surge como una consecuencia inevitable de esos mundos tan ricos: “Después pienso qué protagonistas van a moverse en ese mundo, quiénes son, qué es lo que quieren, cómo van a complementarse y qué van a aprender el uno del otro”.
Sin embargo, también hay excepciones. A veces, explicó Flor, una pareja aparece con tanta fuerza que todavía no sabe en qué escenario ubicarlos. “No sé en qué mundo van a moverse, y los guardo en mi cabeza hasta encontrar el adecuado”.
Referentes literarios y el descubrimiento del “romantasy”
Tanto Ann Rodd como Flor Núñez Graiño llegaron al romantasy antes de que el término siquiera existiera. Para ambas, el subgénero no fue una etiqueta que buscaron, sino una definición que más tarde vino a ponerle nombre a algo que ya hacían.
“Conocí el romantasy cuando ni siquiera se lo llamaba así. Creo que lo escribo desde hace mucho antes que eso”, afirmó Ann. Lejos de sentirse limitada por el término, celebra que ahora exista: “Me alegra que podamos tener una palabra para definirlo, pero no me gusta que nos separen negativamente de la fantasía”.

Flor comparte una experiencia similar. Creció leyendo fantasía pura, sobre todo en su infancia, y recuerda el impacto que tuvo Harry Potter, saga que siguió libro a libro mientras se publicaba.
Aunque en ese entonces apenas leía romance, sí notaba cuánto le gustaba cuando aparecían hilos románticos en las historias fantásticas. “Cuando aparecía algún indicio de romance, lo disfrutaba aún más”. Y aunque no puede precisar cuál fue su primer romantasy, siente que su llegada fue natural. “El hecho de que se mezclen ambos géneros vuelve a la historia mucho más dinámica”, aseguró.
En cuanto a las autoras que las marcaron, los nombres que surgen evidencian un linaje claro dentro del género. Ann destacó a Elise Kova y Jennifer Armentrout, a quienes considera grandes desarrolladoras de mundos y referencias clave del romantasy contemporáneo.
En tanto, Flor tiene una devoción especial por Sarah J. Maas, a quien llama sin rodeos su mayor referente. “Me encanta lo fuertes que son sus protagonistas, lo bien caracterizados que están y lo inspiradoras que son sus historias”, afirmó.
Pero su lista de influencias no termina ahí. Menciona a Rebecca Ross, de quien valora la originalidad de sus mundos y la capacidad de crear historias autoconclusivas o bilogías, una rareza en un género dominado por sagas extensas.
También admira profundamente a V.E. Schwab, cuya narrativa y construcción de mundos considera “increíbles”. Y no olvida a una referente local: Tiffany Calligaris, pionera de la fantasía juvenil en Argentina. “Es de las autoras que más admiro”, confiesa Flor.
El “romantasy” perfecto: suspirar, temer y soñar
¿Qué debe tener un romantasy perfecto para que una historia quede grabada en la memoria del lector? La respuesta, según Ann Rodd y Flor Núñez Graiño, está en ese punto de intersección donde el corazón se acelera tanto por la tensión romántica como por el peligro inminente del mundo que rodea a los personajes.
En sus palabras, el romantasy ideal es una experiencia total: emociona, conmueve y también deja sin aliento.

Para Ann, ese equilibrio se mide por el nivel de inmersión: “Para mí, tanto como autora y como lectora, el romantasy perfecto es aquel que me hace suspirar, el que me hace desear un amor así, pero que también me hace soñar con formar parte de ese universo: vivir en él, conocerlo, sentirlo”.
Flor lo resume de forma contundente: “Tiene que hacerte enamorarte en la misma medida en que te hace tener miedo de que los personajes no cumplan el objetivo”. El dramatismo emocional y el riesgo narrativo deben ir de la mano.
Por su parte, para ella, las protagonistas deben ser complejas: “Me gusta que sean fuertes, que crezcan, pero también vulnerables”. Y si el interés amoroso entra en escena, debe estar a la altura. “No quiero que él solo corra a rescatar a la princesa. Tiene que tener sus propios conflictos, entender la fuerza de la protagonista, y que se potencien mutuamente”.
Ambas coinciden en que los vínculos amorosos no deben estar al servicio del cliché. El romance en el romantasy no es un descanso entre batallas ni un simple desahogo emocional. Es, en sí mismo, un acto de valentía, una forma de transformación, y muchas veces, el motor de la historia. “El amor puede cambiar el mundo y volvernos más valientes, y eso es parte de los mundos de fantasía que disfruto”, concluye Flor.
Para estas autoras, el romantasy no es una moda pasajera ni un híbrido menor. Es un género en expansión, con sus propias reglas y exigencias, que permite explorar la épica sin renunciar a la ternura, y que ofrece a los lectores —especialmente a los jóvenes— una invitación poderosa: abrir el corazón sin cerrar la puerta a la aventura.
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