Pasó hace 14 años. En Argentina gobernaba Cristina Fernández de Kirchner y la grieta entre el kirchnerismo y el macrismo —Mauricio Macri, por entonces jefe de Gobierno, se consolidaba como líder opositor— encendía todas las discusiones. Entonces la Feria del Libro de Buenos Aires eligió a Mario Vargas Llosa para que dé el discurso inaugural. No era un escritor más: acababa de ganar el Premio Nobel de Literatura. Si ya era una referencia, ahora era un emblema.
“En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales”, dijo en la Academia Sueca, al recibir el galardón. (En 1994 ganó el otro gran premio: el Cervantes). “Defendamos la democracia liberal, que con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos”, agregó aquel día. Esa era su mirada del mundo.
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Vargas Llosa opinaba de política abiertamente y criticaba con dureza los gobiernos populistas de la región. Recordemos: en Venezuela gobernaba Hugo Chávez y en Bolivia, Evo Morales. Por eso, ante su inminente llegada a la Feria del Libro de Buenos Aires, muchos intelectuales locales se opusieron. Quien más tajante lo hizo fue Horacio González, destacado ensayista, por entonces director de la Biblioteca Nacional e integrante de Carta Abierta, fallecido en 2021 a los 77 años.
“Si él se aviniera, me interesaría un debate con él”, dijo en una entrevista radial. Si bien el intelectual destacó la calidad literaria del autor peruano, criticó sus preferencias políticas de las últimas décadas. “Sus vínculos con la vida política argentina son explícitos. Por momentos parece representante de los grupos de la oposición argentina, pero no todo representante de la oposición en la Argentina es Vargas Llosa”, dijo.
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Luego criticó especialmente al jefe de Gobierno porteño: “No creo que (Mauricio) Macri lo haya leído como lo leímos nosotros, sus viejos lectores de 1960. No quisiera ser prejuicioso, pero me gustaría saber si él lo sigue desde chico como dice, porque nunca evidencia haber leído ningún autor latinoamericano”. Y agregó: “Evidentemente ya no es el escritor innovador que era en su juventud”.
Esas declaraciones tenían un contexto. Vargas Llosa publicó en diario español El País un artículo titulado “Piqueteros intelectuales”. Allí dijo que “los intelectuales kirchneristas” que no querían que inaugura la Feria del Libro pretendían que Argentina sea “una nueva Cuba”: “¿Una nueva Cuba donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde solo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen?”-
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También dijo que “la convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es su modelo”, aunque “la inmensa mayoría de los intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras”. Y dijo que le “apena” que “quien encabezara esta tentativa de pedir (...) que silenciaran a un escritor por el mero hecho de no coincidir con sus convicciones políticas” fuera Horacio González, “alguien que ocupa ahora el sitio que dignificó Jorge Luis Borges”: la Biblioteca Nacional.
La respuesta de González fue a través de un artículo en el diario argentino Página/12: “Señor Vargas, si desea discutir, cuando dé sus conferencias entre nosotros trate de afinar sus argumentos para que no sean simples fachadas con las cuales confundir a las buenas conciencias sobre los gobiernos populares que usted busca debilitar”. “Lo escucharemos de todas maneras, pero lo preferimos en su mejor agudeza antes que en su enunciación chicanera”, agrega.
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Todo comenzó con la invitación de la Fundación El Libro y, según se lee en Letralia, González cuestionó la decisión (”es una ofensa a la cultura argentina”) porque era “un hombre de agresividad creciente hacia los procesos populares”, que no está de acuerdo “con las corrientes de ideas que abriga la sociedad argentina”. “Nunca nadie quiso impedir sus conferencias (...) trate de exponer caballerescamente sus ideas, como en otros tiempos supo hacerlo”, agregó.
Desde entonces, se encendió la mecha. Dos meses duró la polémica. Cada cual siguió agitando la provocación, acentuando el contrapunto. Todo se diluyó cuando la Fundación El Libro resolvió que Vargas Llosa no sea el que inaugure la Feria, sino que dé su conferencia al día siguiente. Y así fue, y el acto que lo tuvo como protagonista desbordó de gente. Hubo público con pancartas apoyando al Nobel. Como detalle, entró y salió de la Feria escoltado por la policía.
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González, por su parte, después de hablar con Cristina Kirchner, decidió retractarse, dado que “no se puede dejar la más mínima duda de la vocación de libre expresión de ideas políticas en la Feria del Libro, en las circunstancias que sean y tal y como sus autoridades lo hayan definido”.
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