
En las redes, en la radio, entre los interesados en la política y en la cultura, en estos días está pasando de boca en boca, como una contraseña un libro que explora las circunstancias que llevaron al ascenso de Adolf Hitler y el colapso de la República de Weimar. Pero no es sólo un libro de historia sino que traza paralelismos con la actualidad. Se titula Síndrome 1933, y va por su quinta edición y lo escribió Siegmund Ginzberg, un periodista italiano.

Síndrome 1933
eBook
$12,99 USD
A través de una narración documentada, el autor muestra cómo la crisis política, la desconfianza en las instituciones y el oportunismo de ciertos sectores allanaron el camino al totalitarismo. Es un análisis detallado sobre los mecanismos que permitieron el debilitamiento de la democracia, destacando las decisiones de figuras clave y las reacciones de la sociedad alemana ante el auge del nacionalsocialismo.
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Ginzberg recoge testimonios de la época, debates políticos y estrategias de propaganda para demostrar cómo el proceso no fue inmediato, sino una sucesión de concesiones y errores de cálculo. La idea central del libro es que las democracias no caen de un día para otro, sino que se erosionan paulatinamente hasta que el autoritarismo se vuelve inevitable. Con una mirada crítica, el autor alerta sobre la repetición de patrones similares en el mundo contemporáneo, planteando la urgencia de reconocer los signos del deterioro democrático antes de que sea demasiado tarde.
Aquí, diez frases clave
- Desde el principio los nazis demostraron ser unos campeones del insulto, de la hipérbole polémica, de las groserías lanzadas contra los opositores, los judíos y cualquiera ajeno al «pueblo» con el que se identificaban. Acompañó su ascenso un «a la mierda» incesante, reiterado, silabeado, infinito. No se trataba de un mero desahogo plebeyo: era una representación estudiada, deliberada. Ya había mucha violencia, también verbal, en las continuas campañas electorales, los comicios y los debates políticos de los tiempos de Weimar. Una violencia teatral.
- El público no se limitaba a escuchar en actitud pasiva. Participaba alborotando, aplaudiendo, coreando consignas. Se parecía a las tertulias televisivas actuales, con comportamientos agresivos codificados, previsibles, incluso exigidos por las reglas, como en un juego de rol. Gritos, abucheos, silbidos, insultos, blasfemias e imprecaciones a los adversarios formaban parte del repertorio. Lo mismo ocurría con los gestos: el saludo con el brazo extendido contra el puño en alto.
- Lo que declaran antes de gobernar no siempre son palabras que se lleva el viento. Conviene tomar buena nota de ellas. Se suele creer (o esperar) que ciertas exuberancias constituyen meras exageraciones, recursos retóricos, intemperancias pasajeras, hipérboles, en definitiva. Sin embargo, hay un rasgo en común entre los populistas que alcanzan el poder: el afán por mantener sus promesas electorales, por obrar como anunciaron que obrarían, pase lo que pase, a cualquier precio.
- Asusta descubrir que, al contrario de lo que imaginábamos, los sucesos se desarrollaron de manera banal, en un ambiente no muy diferente de la prosaica normalidad actual: a través de una interminable serie de elecciones, culminada en 1933.
- El lenguaje zafio, tras una máscara de villano, las bravuconadas retóricas y las hipérboles son constantes del discurso populista. Se recurre a ellos para «hablar como el pueblo», «hacerse entender como el pueblo». Pero nunca son neutrales ni inocentes. Quien hace propaganda se ve obligado a cumplir su palabra, como señaló el historiador alemán Martin Broszat a propósito de la retórica incendiaria y apocalíptica de Hitler.
- Trump no es nazi. Tampoco lo son Santiago Abascal, ni Marine Le Pen, ni Giorgia Meloni, ni Javier Milei, ni Viktor Orbán, ni siquiera Matteo Salvini. Cuesta más afirmarlo respecto a los vencedores de las elecciones generales austríacas de septiembre de 2024, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), cuyo primer presidente fue Anton Rainthaller, antiguo miembro de las SS.
- Al Hitler consagrado en 1933 no lo vieron venir. Comentando el último resultado electoral en Alemania, un respetable político francés, de izquierdas y judío, escribió que Hitler era «el símbolo del cambio, de la renovación, de la revolución».
- No temo a los cuatro imbéciles que glorifican el pasado fascista o el nazi, pero sí un poco a aquellos que fingen no saber lo que dicen ni lo que hacen, los del «No me refería a...», «¿Fascista yo?». Lo que me preocupa es esa especie de compulsión de repetición involuntaria, la reaparición de dinámicas y mecanismos que condujeron a la Alemania de Weimar, y con ella a toda Europa, hacia el desastre.
- La propaganda nazi no se limitaba a fomentar el antisemitismo: también arremetía contra las «influencias internacionales venenosas y pestilentes», contra la «telaraña internacional de las finanzas», contra los organismos económicos mundiales que pretendían imponer «la miseria» en Alemania con la excusa de la deuda, y, por supuesto, contra la «amenaza bolchevique» y el «terror comunista».
- Lo que importa de una mentira no es su veracidad ni su verosimilitud, sino las emociones que despierta.
Quién es Siegmund Ginzberg
♦ Periodista y escritor italiano de origen judío, especializado en historia contemporánea y política.
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♦ Nació en Estambul en 1948 en el seno de una familia judía que se trasladó a Milán en los años cincuenta. Sus abuelos eran súbditos del Imperio otomano.
♦ Estudió Filosofía pero se dedicó al periodismo. Trabajó en L’Unità, diario para el que fue muchos años corresponsal en China, la India, Japón y las dos Coreas, así como en Nueva York, Washington D. C. y París.
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♦ Además de la colección de artículos Sfogliature (2006), ha publicado el ensayo Risse da stadio nella Bisanzio di Giustiniano (2008) y la saga familiar Spie e zie (2015).
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