
“Queridísimo hijo de mi corazón, perdóname todo el daño que haya podido hacerte sin querer por todo lo que te he querido”. Así empieza una carta que parte las aguas en esa novela hermosa que se llama El corazón helado y que Almudena Grandes terminó en 2006, setenta años después de que un sector de Ejército, en Marruecos, se levantara contra la República Española e iniciara así esa Guerra Civil que abrió paso a 40 años de dictadura. Este año se cumplirá medio siglo de la muerte de Francisco Franco, quien fue la cabeza de todo ese proceso y España es otro país. Pero las consecuencias de lo que pasó siguen pesando. De eso, un poco, se ocupa este libro.
El corazón helado es un novelón de casi 1200 páginas que se vuelve una especie de enciclopedia total de la Guerra Civil Española, no porque tenga datos y batallas, aunque algunos tiene, sino porque traza el mapa cruzado de las lealtades, las emociones, las ideologías, las contradicciones de esa guerra. Porque desmiente cualquier idea de pureza, porque les prende fuego a los linajes, porque el malo malísimo tiene una sonrisa que es un sol y es, también, un chico abandonado por su madre socialista. Porque muestra la vileza de la gente común y el heroísmo de la gente común. Todo mezclado, todo enmarañado, todo mugriento y espléndido como la vida misma.
Es una de esas novelas a las que entrás y en las que te querés quedar a vivir. Porque podríamos decir, en principio, que se trata de dos familias. Una, los Carrión, que se enriquecieron con el franquismo y la otra, los Fernández, que con la Guerra lo perdieron todo. En parte, a manos de un Carrión, que no era un enemigo sino el más cercano de los amigos.
A partir de esa idea básica, la novela abre y abre para atrás y para todos los costados, del pasado al presente, de la familia nuclear a los muchos parientes, de Madrid y Torrelodones -un municipio a 30 kilómetros de la capital- a la París de los exiliados y a Rusia en plena Guerra Mundial, con la división española que peleaba para Hitler. Y todo para mostrar las cosas que hacemos para sobrevivir, para tratar de felices, porque queremos otra cosa o porque no podemos hacer otra cosa. Todo eso y, créanme, no dije nada.

El tema es que un día el hijo de ese multimillonario en que se ha convertido Julio Carrión descubre la carta. El padre ha muerto y la historia oficial de la familia decía que la abuela Teresa había dejado este mundo en 1937, enferma de tuberculosis. Pero resulta que no, que la madre de Julio Carrión había vivido hasta 1941, los últimos años en la cárcel. Por roja.
Entre eso y el romance con la nieta de aquel Fernández estafado, al joven Álvaro Carrión no le quedará más remedio que revisarlo todo. No va a encontrar cosas lindas, se imaginan.
Voy a intentar, porque estoy hablando de Almudena Grandes, de no tratar a este libro como un hato de virtudes. Porque no se lo merece ella ni se lo merece este libro que, como dijimos recién, retuerce la idea de los buenos y los malos hasta que la deja seca. Eso pasa en El corazón helado, se cruzan de todas las maneras, se aparean hasta la confusión los buenos y los malos. Y, sin embargo Almudena Grandes no era neutral, era -murió en 2021, de cáncer, a los 61 años- una mujer de izquierda y feminista. Su marido, Luis García Montero -el director del Instituto Cervantes- le escribió, después, el libro de poemas más emocionante del mundo. Pero eso es irse por las ramas.

Pero volvamos a la carta: ¿por qué es un parteaguas?
Para el personaje de Álvaro, porque le abre la puerta a unos antepasados que le explican, como si hiciera falta parecerse a alguien para ser, lo que él siente y como ve el mundo, de manera tan diferente a la de sus padres. Para mí porque tiene uno de los párrafos más luminosos de la novela: " te harás mayor, y tendrás tus ideas, las mías o las de tu padre, y te darás cuenta de que son mucho más que lo que parecen, de que son una manera de vivir, una manera de enamorarse y de entender el mundo, a la gente, todas las cosas”.
Que las ideas son una manera de vivir, una manera de enamorarse y de entender el mundo, a la gente, todas las cosas. Eso dice Almudena Grandes, lo leo a veces como si fuera un libro de autoayuda. La manera de ver el mundo, lo justo y lo injusto, al poder y sus sirvientes (que a veces somos nosotros mismos), la manera de ver el gran “todo” hace a nuestros vínculos, a nuestras simpatías, a nuestra forma de recibir a los amigos y de poner la mesa para cuando llegan. Hace a estar abrazado al pasado o a ponerle, siempre, unas fichas a ese futuro que será de otros. En fin.
El corazón helado arranca con una frase que a muchos nos impacta. “Estoy cansada de no saber dónde morirme. Ésa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? [...] " Eso no es de Almudena Grandes sino que lo escribió María Teresa de León en Buenos Aires en 1970. Los que, por razones diferentes, tenemos a los antepasados enterrados lejos, alguna vez sentimos ese efecto de extrañamiento y de distancia.
Españolito
Como es transparente, el título tiene que ver con Españolito, un poema de Antonio Machado que no puedo sino escuchar en la vos de Joan Manuel Serrat
Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
Aquí, bueno, las dos Españas.

Exiliados
Al comienzo de El corazón helado hay españoles en el exilio y españoles que vuelven del exilio. Con Almudena Grandes dan ganas de estar en esas fiestas españolas y de sentir esa alegría de volver a ver las viejas calles. Fue largo el exilio español, los que se fueron, por ejemplo, a los 25 años, no tenían menos de 65, 66 cuando pudieron volver. ¿Se imaginan? Con sus hijos ya franceses, ya argentinos. Pero, en esta novela, siempre españoles.
-Yo nací en París.-, le dice una de las protagonistas, niña, a otros niños.
—Entonces eres francesa.—
No. Soy española. Mis padres son españoles, y mis abuelos también.
Los inmigrantes hablan del sol porque extrañan el sol de Madrid, tan limpio, tan presente. El sol será una referencia permanente en la novela.
Dice, por ejemplo: “Domingos de invierno en los que el cielo más bello del mundo elige amanecer en Madrid”. O: “A principios de marzos el sol sabe engañar, fingirse más maduro, más caliente en las últimas mañanas del invierno, cuando el cielo parece una fotografía de sí mismo, un azul tan intenso como si un niño pequeño lo hubiera retocado con un lápiz de cera, el cielo ideal, limpio, profundo, transparente, las montañas al fondo, los picos aún enjoyados de nieve y algunas nubes pálidas deshilachándose muy despacio, para afirmar con su indolencia la perfección de un espejismo de la primavera”.
Y también: “Habían pasado muchos años, más de veinte, desde que el irresistible esplendor de un cielo de domingo nos llevó a comer a Torrelodones por última vez”.
Todo el dolor del exilio aparece, tan sencillo, en un verbo sin circunstancial de lugar. “Volvemos”, dicen los españoles, por fin, en Francia. No hace falta decir adónde. Porque volver, aunque hayan pasado 40 años, se vuelve a un solo lugar, a casa.

Hay más, hay más, hay mucho amor a Madrid y a su gente que allá, en el exilio se hace llevar desde su tierra tesoros como “una caja enorme llena de pimentón dulce y picante, de latas de atún y de anchoas, de ñoras y de guindillas, de ajos morados, de orzas de lomo, de queso manchego, y un jamón entero, y chorizos de Salamanca, y morcillas de Burgos, y judías blancas, y garbanzos, y tocino, y dos garrafas inmensas de aceite de oliva”.
Lo que la guerra nos dejó
¿Ha terminado la guerra cuando el país está regado de las consecuencias de la guerra? Esa pregunta cabe en El corazón helado. ¿Ha terminado, cuando el próspero inversor de hoy hizo su dinero con la mugre de esos días? ¿Vale pensar que, como dice uno de los personajes, así, perderlo todo, es perder la guerra, y que si hubieran ganado los republicanos hubieran hecho lo mismo?
Almudena Grandes deja abiertas estas puertas mientras se ocupa de que hacer que la nieta de aquellos heroicos exiliados se dedique a las finanzas y esté planeando detalladamente una estafa. O que la pobre niña a la que una familia alberga termine traicionándolos de la peor manera.

Cuando se ven en el presente, los personajes se posicionan respecto del pasado: no hay escapatoria.
¿Cuándo termina la guerra, cuándo cada uno deja de estar beneficiado o perjudicado por lo que pasó, cuando dejamos todos de vivir en el país de los ganadores? Se lo pregunta y nos lo pregunta a lo lectores y la pregunta rebota como una lamparita llena de pintura roja contra una pared: ¿Hasta cuándo vamos a vivir en el país de los ganadores?
“Al final de la Segunda Guerra Mundial, los aliados volvieron a traicionar de una manera vergonzosa, por segunda y definitiva vez, a la democracia española en general y, en particular, a las decenas de miles de antifascistas españoles que habían combatido contra los nazis —sobre todo, pero no exclusivamente, en el sur de Francia— y que se encontraron con que su lucha, y su sacrificio, sólo habían servido para afianzar a Francisco Franco en el poder”, escribe Almudena Grandes en una larga nota al final de este libro en el que trata de no dejar cuenta sin ajustar.
El corazón helado dice que los buenos no ganan siempre pero que perder no ta hace malo ni te quita razón.
Termino con la carta de Teresa: “No hemos tenido suerte, hijo mío, no la hemos tenido, pero la guerra terminará algún día, y vencerá la razón, vencerán la justicia y la libertad, la luz por la que luchamos”.
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