
Hoy, cuando sean las cuatro de la tarde en Estocolmo -y ya haya caído la noche-, en una ceremonia imponente, en la Sala de Conciertos el rey Carlos Gustavo de Suecia le dará el Premio Nobel de Literatura a la escritora coreana Han Kang. El jueves pasado, en una gran ceremonia en Guadalajara, recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz la argentina Gabriela Cabezón Cámara. Salvo por algunos detalles podría haber sido al revés.
Se conozcan o no se conozcan -algunas se cruzan en festivales, algunas son amigas, otras no- Han Kang, las argentinas Cabezón Cámara, Mariana Enriquez, Ariana Harwicz, Samanta Schweblin y Selva Almada, la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, la mexicana Guadalupe Nettel, las chilenas Lina Meruane y Nona Fernández, las españolas Pilar Adon y Sara Mesa, y algunas otras, vienen avanzando. Ganando premios. Ganando lectores.
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¿Tienen algo en común? Parece que sí. Nacieron alrededor de 1970, casi todas vivieron una dictadura de chicas o más o menos chicas, varias tienen su país atravesado por el narco, casi todas por la pobreza. Unas cuantas viven en un país diferente a donde nacieron, saben en piel propia lo que ser migrante, otro, de segunda. Ninguna es indiferente al hecho de haber nacido mujer, lo que de alguna manera las ponía, de movida, un poco otras y de segunda.

Y, sobre todo, cuando se hicieron jóvenes, adultas jóvenes, los sueños de hacer un mundo mejor parecían ser cosa del pasado. Algo que ya había intentado una generación anterior... y así les había ido.
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En este clima, hicieron literatura. La hicieron -la hacen- en una época en que la literatura no es un fenómeno central, no mueve montañas, aunque las mueva en los corazones de los lectores. Casi no quedan ya esos grandes escritores-oráculo, que hablaban de lo divino y de lo humano, parados sobre cientos de miles de ejemplares. Quizás eso, también, les haya abierto camino, un camino lateral hacia el corazón de la cultura. Escriben, claro, pero como hay que parar la olla además dan clases, tienen talleres en las casas, trabajan en los medios. Como no son princesas hacen las compras, se ocupan de tener las cosas más o menos en orden, crian los chicos cuando los hay. Por la colectora, hasta el Premio Nobel.
Claro que el camino lateral tiene sus ventajas; la primera de ellas es la libertad. Porque nadie tuvo que venir a contarles las dificultades de un lugar algo marginal, estas escritoras -ojalá se me ocurriera un nombre tan genial como “el boom”-, hablaron, hablan, de cosas incómodas. De la trata de personas y todo lo que el poder tiene que ver con eso. De la contaminación que va deformando el planeta y a nosotros, de la prepotencia del Estado hacia los pobres, de la indefensión de quien anda flojo de papeles, de la necesidad de hacer unos pesos, de la audacia que a veces hace falta para lograrlo, de la certeza de que un paso en falso y terminás en una bolsa negra. Hablaron del miedo de no poder irse de donde una sabe que hay que irse. De las contradicciones de ser madre. Y del amor, claro, de la felicidad del amor y del dolor del amor, que también es físico, que también es sexo. Y del sexo sin amor, por qué no.
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El Premio Nobel 2024 lo ganó Han Kang, que tiene que ver con todo esto y viene de un país donde hasta ayer nomás -¿hoy no?- una mujer tenía que pedirle perdón a su suegra por haberle dado nieta y no nieto (qué humillación, ¿no? dos mujeres lamentando que haya nacido otra). Un país donde los varones comían primero en el colegio. Un país al que la democracia llegó recién en 1987 y que conoció -de eso se trata uno de sus libros, Actos humanos-, una represión militar de dimensiones latinoamericanas. Que hoy tiene un PBI per capita de 33.121 dólares, frente a los 13.730 de la Argentina o los 13.926 de México. Pero que carga con ese pasado y con una guerra civil que no está declarada pero que no termina y ha tajeado a tantísimas familias. De ahí viene Han Kang... y se nota.
Además de porque es una gran escritora, el Nobel -que todavía es el premio máximo de la literatura- ha mirado hacia Han Kang porque no había forma de no ver a estas chicas bravas que no cantan melodías armoniosas a “las cosas como son” sino que ven que son injustas y lo dicen de todas las maneras, exprimiendo el lenguaje, haciéndolo doler, haciéndolo hermoso, haciéndolo sonar como en el pasado, ser cálido o despojado. Que dicen lo que tienen que decir creando mundos en cada frase, porque es la única manera de ser escuchadas, en medio del ruido y la alienación.
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Hoy Han Kang tendrá en sus manos el Premio Nobel y enhorabuena. Podría haber sido Lina Meruane, Mariana Enriquez, Pilar Adon, Sara Mesa, Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón Cámara.. Y, quien sabe, mañana lo sean. Tienen con qué.
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