
Yo entiendo algo del miedo a Joyce porque no me gusta el agua fría. En los días más tórridos del verano, cuando estoy en la orilla de la playa, con los pies ya metidos, me lo pienso y estoy por darme la vuelta. Pero siempre hay alguien que me grita desde dentro: “¡Métete, no tengas miedo, que está muy buena!”.
Lo mismo pasa con Joyce. Hay momentos en que uno dice: “Demasiado frío, demasiado esfuerzo”. Muchos tienen la certeza de que hay un libro que nunca leerán, entre los miles y millones de volúmenes que se guardan en las bibliotecas. Y no pasa nada. Se puede llevar una vida normal sin leer el Ulises. Y sin nadar.
El secreto del día a día
Sin embargo, hay algo que nos empuja mar adentro, que nos recuerda que el Ulises debe esconder algún secreto, puesto que en muchas encuestas resulta ser la novela más importante, esto es, ineludible, del siglo XX.
¿Y por qué está el agua tan fría? Una de las razones se entiende sin problemas hoy en día: la lectura de Ulises, como la nuestra en el presente, no es lineal. ¿Se imaginan hoy a alguien que no aparque ocasionalmente un libro para aclarar una duda en internet? ¿Que no use Google Maps? ¿O Wikipedia?
Necesitamos hipervínculos, porque unas cosas están conectadas con otras, como el periplo de Stephen Bloom por su ciudad con el viaje de Odiseo, o el Mediterráneo con el mapa de Dublín. A Joyce hay que leerlo usando más de un libro. Si no, uno se ahoga.

La otra razón tiene que ver con los detalles. “La vida,” decía Stephen, “son muchos días, día tras día,” cada uno de ellos tan específico que en el Ulises sólo da tiempo a contar lo que pasa en una jornada, el 16 de junio. Cómo se curva el filo de un riñón de cerdo cuando se quema. Cómo mira el gato cuando a uno le dan ganas de ir al baño. Cómo gestionar un trozo de filete que se hace bola en la boca. Cómo indicarle al conductor que uno se baja en la próxima. Dónde limpiarse después de… ya saben.
Joyce, el pendenciero
Gran parte del miedo (al agua fría) viene de la imagen pública de James Joyce. Joyce es uno de esos escritores que no querríamos tener por vecino. Se granjeó la enemistad de muchos de sus contemporáneos, como Virginia Woolf o D.H. Lawrence. Dijo de Yeats –luego lo suavizó– que era demasiado mayor como para que él pudiera influirle y, de Proust, que no le veía ningún talento especial.
Manipulaba a los amigos, les pedía dinero continuamente. Fue mal hijo. Mal hermano. Borracho. Insolente. Arrogante. Muchos aún se sienten heridos por aquel comentario suyo en el que declaró que había escrito Ulises para tener a los críticos ocupados durante trescientos años.
Así se explica fácilmente una hostilidad que, en muchos casos, sirve también de coartada para no leer su obra. Pero, a pesar de su personalidad, Joyce fue profeta. Hoy es bien conocida la “Joyce Industry:” críticos que escriben libros sobre libros de libros sobre su obra y la de muchos otros, con relación aparente o no. Y así seguiremos, probablemente, durante trescientos años y más.

El agua no está tan fría
Visto con un poco más de tolerancia, Joyce no da tanto miedo. Luchó por ser escritor en un país donde no resultaba fácil salir de la pobreza. Irlanda era, al final de la época victoriana, colonia del Imperio Británico y el último refugio, junto con España, del catolicismo.
Además, el incipiente nacionalismo promocionaba cierto folclore local que sofocaba a Joyce. Hizo suyo el lema satánico “non serviam”, y se convirtió en el artista rebelde y exiliado que conocemos. Lo cual, curiosamente, no le impidió ver el mundo desde la perspectiva de un criado. De hecho, se enamoró de una camarera de hotel, Nora, con quien compartió casi toda su vida.
Su único oficio conocido fue el de profesor de inglés. Daba clases particulares y en academias, sobre todo la “Berlitz” de Trieste y Zúrich. La bonanza económica le llegó a partir de los cuarenta años, ya en París, hacia 1922. Para 1940, casi veinte años después, cobraba 4.300 dólares al año, si bien los avatares de la guerra le impedían disponer del total.
El dinero venía de una generosa donación por parte de Harriet Shaw Weaver, su gran benefactora, y de los royalties de sus editoriales: Faber, John Lane en Inglaterra, Viking y Random House en Estados Unidos.

A pesar de haber salido de la pobreza, los últimos años de Joyce no retratan a un rebelde adolescente que impone respeto, sino a un escritor avejentado, asediado por la tragedia. Huyendo de París y los nazis, la familia se refugió cerca de Vichy en 1939. Su hija Lucía, sin embargo, quedó internada en un centro psiquiátrico de la zona ocupada. Por más que lo intentó, ya no pudo verla más.
George, su hijo, estaba en situación de “movilizable” tanto por el ejército italiano como por el británico. Samuel Beckett, amigo y compatriota, ilocalizable en París. Y Paul Léon, confidente y consejero, a punto de ser arrestado por las SS.
Su situación era similar a la de otros muchos desplazados por la guerra. Antonio Machado consiguió llegar hasta Colliure a principios de ese mismo año –por las fechas en que se se publicó Finnegans Wake– y Walter Benjamin, hasta la frontera española en Port Bou, donde acabó tomándose una sobredosis de morfina.
El mismo Joyce tuvo muchos problemas para entrar en Suiza. Las autoridades le tenían por judío, como Bloom, el protagonista de Ulises. Allí murió, en Zúrich, el 13 de enero de 1941. No llegó a su sexaségimo cumpleaños el 2 de febrero, fecha que recordamos quienes superamos el miedo al agua fría. Aunque es más conocida mundialmente por ser el “Día de la Marmota.”
Publicada originalmente en The Conversation
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