
Cuando abordamos estas cuestiones debemos pensar en la gestión del patrimonio cultural. Ello lleva a un gran reto, no solamente para el Estado, que es el principal guardián sino para los individuos del ámbito privado que quieran involucrarse en ello: empresas con real conciencia cultural (nos referimos a aquellas a las cuales realmente les importa la cultura), empresas con “conciencia del marketing” (aquellas a las que solamente les interesa ver asociada su marca a “buenas causas o sitios que frecuenta su target de mercado”), particulares, asociaciones y fundaciones de amigos. Una parte importante de este acervo se encuentra ubicado dentro los museos.
La conservación del patrimonio cultural no es solamente un deber estatal, sino que lo es de todos. Las colecciones a cargo del Estado como principal gendarme no son únicamente responsabilidad de este actor, sino que también debe involucrarse el sector privado. El mantenimiento de una colección, al igual que su acrecentamiento, requiere de profesionales idóneos, recursos y personas que amen esa tarea. Es importante tener en cuenta cómo se forma ese acervo: compras del Estado, donaciones de coleccionistas, donaciones institucionales y de artistas.
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Esas donaciones pueden provenir de alguna empresa que compra tal o cual obra o pieza y de los programas de compras de las asociaciones/fundaciones de amigos. También están las donaciones que realizan los artistas a los museos tanto sea por motu proprio como en el marco de algún premio que así lo exija. Tal es el caso del Premio Nacional a la Trayectoria Artística, en virtud del cual el Museo Nacional de Bellas Artes cuenta con la maravillosa obra Doble plataforma de la célebre Dalila Puzzovio, la Emperatriz del Di Tella, quien recibió dicho galardón en el año 2021.

El Estado Argentino a lo largo del tiempo y especialmente en las primeras décadas del siglo XX adquirió objetos a particulares y con ello, dependiendo del caso, reforzaron o comenzaron a crear las colecciones de muchos de los museos que hoy podemos visitar. Desde el Sector Público se han comprado incluso casas (por caso, el Palacio Errázuriz, sede del actual Museo Nacional de Arte Decorativo, la de Luzuriaga para el Museo del Traje, la de Enrique Larreta para el Museo que recuerda al escritor) o las ha recibido en donación en las cuales, hoy funcionan museos e incluso ha reacondicionado sitios para destinarlos a este fin (siendo un ejemplo de esto último, la antigua Casa de Bombas de Recoleta actual sede del Museo Nacional de Bellas Artes).
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Otro de los actores son los coleccionistas. Antes de referirse a ellos, se puede tender a pensar que alguien es el dueño de tal o cual colección (formalmente lo es, ya que forma parte de su patrimonio), pero si uno se sienta a reflexionar con él sentirá que no está hablando con el dueño sino con el guardián. Una importante parte de las piezas que integran el patrimonio del estado en materia museística provienen sin lugar a duda de donaciones de particulares, quienes luego de atesorarlas e ir reuniéndolas a lo largo del tiempo en compras -muchas veces realizadas en diferentes partes del mundo y exhibirlas en sus casas-, deciden que, al morir o antes, toda “su colección” sea donada a un determinado museo (con este enorme acto de generosidad, se excluyen a los herederos legítimos de esa persona privando a su descendencia de la misma, en pos del disfrute público de la gente que visitará el lugar en donde estará expuesta).
Vivimos un tiempo especial, ya que, los grandes mecenas de la cultura han casi desaparecido. Los museos pueden incrementar su patrimonio casi únicamente mediante donaciones, el Estado no suele realizar compras.
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Al recorrer un museo, tenemos que pensar que podemos disfrutar de mucho de los objetos que vemos, gracias a que algunas personas decidieron que tal jarrón o tal cuadro, en lugar de quedar en la casa de su hijo o de un amigo, pase a formar parte de la colección de esa institución. Asimismo, también están las donaciones realizadas por las asociaciones o fundaciones de amigos de los diferentes museos, a los que yo defino como su “club de fans” y, como tal, están dispuestos como dicen en España a “dejarse la piel” por el “amado Museo”. Estos “amadores museísticos”.
Quizás para alguien que no le interesen mucho los temas culturales o no los llegue a entender correctamente, las asociaciones de amigos tienen el mismo fanatismo por el museo con el que colaboran que un hincha de fútbol por su club. Uno podría decirle a un hincha de fútbol “¿qué te da tu club?” y la respuesta podría ser “Nada y todo a la vez” y es algo que no se puede poner en palabras, lo mismo se aplicaría a una asociación/fundación de amigos. Obviamente, las empresas también donan piezas que se suman a las colecciones.
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Dicho esto, no cabe duda de que el patrimonio cultural es el ADN de nuestra identidad como nación y si falta algo, ya nada es lo mismo. Cada persona tiene en su árbol genealógico, dos abuelas y dos abuelos, si alguno de ellos fuera reemplazado por otro hombre o mujer, el resultado sería diferente, ya que habría cambiado la genética y estaríamos hablando de una persona absolutamente diferente. Con el patrimonio cultural de un país sucede lo mismo, si no somos cuidadosos de su conservación, dejamos de ser la consecuencia de ese acervo cultural y nos convertimos en un país diferente.

La protección del patrimonio cultural no solamente requiere el cuidado de las piezas, sino que además requiere que estén a cargo de profesionales especializados en las diversas temáticas y en lugares apropiados y bien mantenidos. De la misma forma que nadie se subiría a un avión a cargo de un piloto inexperto, nadie debería dejar al mando de esos templos de la cultura, en donde se encuentra nuestro patrimonio, como lo son los museos, a gente que no esté a la altura de ello. Afortunadamente, también existe un inmenso ejército silencioso que lo protege formado por profesionales idóneos y fanáticos que velan por su cuidado.
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Creo que, como país, deberíamos pensar que si no cuidamos y protegemos nuestro joven patrimonio cultural (en una gran parte de una antigüedad de poco más de dos siglos), privaremos a las futuras generaciones de conocer su historia, sus raíces y su identidad. Qué hubiera pasado con la Historia de la Humanidad si en la actual Italia a los 200 años de la Caída del Imperio Romano hubieran empezado a demoler y saquear todo. La resultante es que hoy nada tendríamos.
Debemos fomentar desde el colegio, que nuestros niños conozcan el patrimonio cultural de nuestro país, debemos facilitar su presencia en museos y acercarles la cultura en un lenguaje entendible y acorde con su edad. Nadie ama lo que no conoce. Permitir que el ciudadano de a pie conozca más, de la misma forma que Francia lo hizo de la mano de su entonces ministro de cultura, André Malraux.
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Un lugar importante también se tiene que dar desde el mundo universitario, especialmente en aquellos ámbitos en donde se forman personas interesadas en las políticas públicas, la educación y la formación en finanzas públicas. No debemos dejar el manejo de la cultura en manos de unas pocas personas, debemos involucrarnos porque este acervo de bienes al cual nos referimos es de todos.
El patrimonio cultural de un país constituye, sin lugar a duda, la piedra angular sobre la cual se construye su identidad como nación. Solamente basta con pensar en dos artistas como Florencio Molina Campos (con sus trabajos costumbristas del campo argentino) y Benito Quinquela Martín (con sus paisajes de La Boca). Sin lugar a duda somos eso: una mezcla de barcos repletos de inmigrantes, gauchos y pueblos originarios (tal como son denominados desde hace algunos pocos años). De todo este crisol proviene Argentina.
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* Coleccionista e integra entidades dedicadas a la preservación del patrimonio.
[Fotos: Nicolás Stulberg; Franco Fafasuli; Télam]
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