
En su clásico ensayo La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica, el crítico y ensayista Walter Benjamin constata cómo, con el transcurso del tiempo y la transformación del modo de producción (del feudal al capitalista, digamos) la técnica avanza de la mano de la política en la democratización de las sociedades. En este punto, remarca cómo la posibilidad de reproducción casi al infinito (es un decir) de la obra de arte, en particular en el cine y en la fotografía, hace perder el aura que el arte anteriormente ostentaba, cuando se dedicaba a sacerdotes y reyes, y estos hacían uso privado de la producción artística.
Ese aura de la obra única se fue perdiendo con el avance de la tecnología, que permitía, por ejemplo, la reproducción de los films de Charles Chaplin, que eran vistos en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Argentina, al mismo tiempo, en salas multitudinarias.
En cierto momento estaba planteada la democratización del consumo de la obra de arte y su reproductibilidad, que permitía la pérdida del aura. Con el advenimiento del fascismo, el poder reaccionario se puso del lado de realizar una estetización de la política, una estetización (se puede recordar a los futuristas italianos y sus odas a la máquina bélica y a la guerra y, claro, la gran arquitectura nazi). Desde las fuerzas artísticas que se oponían al fascismo, se impulsaba la politización del arte. No es una sutil diferencia.

¿Y todo esto para qué? Para volver a discutir la cuestión del aura a través de una obra. Facundo de Zuviría, uno de los fotógrafos de arte más importantes de la actualidad (algunas piezas suyas fueron adquiridas por el MoMa de New York), propone una extraña y productiva intervención que remite a los inicios de la fotografía, a la memoria personal y un cierto “aura” que revive en el objeto libro, convertido en imagen.
Los libros presenta 43 cianóticos realizados con los ejemplares de su propia biblioteca, en cuyo reverso por medio de la escritura en lápiz, De Zuviría marca las posibilidades narrativas de esa técnica primitiva y produce una obra extrañísima, de esas que convocan a la presencia de la famosa ostranenie, es decir, el extrañamiento que produce el arte.
Debe aclararse que la cianotipia es una de las primeras técnicas creadas con el fin de capturar la imagen en un soporte dado, en este caso, el papel; una búsqueda que se efectuaba al mismo tiempo en Francia, Inglaterra e incluso Brasil, por parte de científicos que compartían sus hallazgos.

La cianotipia fue el procedimiento inventado en 1842 por el astrónomo inglés Sir John Herschel (que disputa la paternidad con el también inglés William Henry Fox Talbot) pero tuvo en la figura de la botánica británica Anna Atkins su mayor entusiasta. Por su serie y libro British Algae, de 1853, Atkins es considerada como la primera mujer fotógrafa.
¿Cuál es el procedimiento? Consistía en una mezcla de sales que, aplicadas a una hoja de papel, la hacían sensible a la luz, pudiendo crear de esta manera fotocopias en una gama monocromática de azul de Prusia. Herschel lo usaba para reproducir sus notas en lo que serían las primeras fotocopias. Atkins posaba algas sobre la hoja de papel procesada, la dejaba posar al sol, y quedaba entonces el registro de esas plantas acuáticas en ese azul potente, el cian, cercano al turquesa.
De Zuviría decidió volver a las fuentes bajo la pandemia y el enclaustramiento y, entre el 4 y el 20 de abril de 2020, reprodujo mediante cianotipia los libros más apreciados de su biblioteca personal. La técnica le ayudó a registrar las tapas de sus libros expuestas al sol durante quince minutos para trasladar la imagen al papel. Por cierto, cada imagen es solamente igual a sí misma, pero se puede señalar la concordancia estética entre los 43 ejemplares. Sin embargo, y aquí viene el aura ¿No se ve en la reproducción del volumen de cada tomo, un aura diferente, como si cada libro poseyera una energía particular?

Ciertamente, sería difícil reconocer el cianotipo de La Iliada, de Homero, del de Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda. Tal es el resultado de la cianotipia con libros que, en suma, se parecen por su forma vertical rectangular. Interviene, entonces, el fotógrafo, que no sólo cataloga cada libro (título, autor, editorial, lugar y año de edición) sino que anota por qué lo ha elegido. En orden cronológico, ordena sus recuerdos sobre los libros —la literatura— y escribe, por ejemplo, que su tía le leía La Ilíada en una versión infantil a principios de los años 60, en un verano en Miramar. En esa misma ciudad marina repitió con Robinson Crusoe que, según confiesa, es el libro más querido de su biblioteca. En Las enseñanzas de Don Juan, ya adulto, escribe una reflexión: “La otra realidad es, finalmente, ver la poesía del mundo, en lo cotidiano. Y fotografiarla”.
En las bibliotecas personales los libros reposan, listos para ser tomados por el lector. Y que las palabras cobren vida. Salvo que se los aprenda de memoria, en la memoria quedan rastros, sentidos, de una lectura, y la relación entrañable, o no, que se crea con el lector. El cianotipo de De Zuviría permite recuperar ese aura (no estamos hablando de Benjamin, claro) al recorrer cada estante y encontrar el objeto libro buscado. Su relato personal crea una narrativa, que puede ser emocionante. Así sucede con el libro de poesía Las cosas, de Helena Posse Molina, editado en Buenos Aires, en 1972. “Este libro es el único que publicó mi tía y madrina Helena, es quizás el que más he leído y leo, es su voz, que no consigo recordar y que aparece a través de sus palabras. Siempre la extraño, se fue muy joven y de manera trágica. Quedarán sus versos y su recuerdo”.
Esta serie de cianotipos, realizados en pandemia, con el sencillo proceso de la hoja sometida a los químicos correspondientes, el libro puesto encima de la hoja, y la acción de la luz solar, convocan a la memoria de varias maneras. A los orígenes de la fotografía, al rastro de los libros en el lector. Recién editado con una tirada de 300 ejemplares firmados por el autor, Los libros se puede apreciar y comprar en las librerías Norte, Malba, Poema XX y en Fundación La Riviere.
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